La Teología y el amor a Dios – Inicio de la Teología

Inicialmente, la Teología se elaboró con el objetivo esencial de alimentar en las almas el amor a Dios y el deseo de las cosas celestiales. En consecuencia, dicha teología “se convierte en meditación, oración y canto de alabanza, e incita a una sincera conversión."

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Hubo un tiempo en que la filosofía del Evangelio gobernaba los Estados. En aquella época la eficacia propia de la sabiduría cristiana y su virtud divina habían penetrado en las leyes, en las instituciones, en la moral de los pueblos, infiltrándose en todas las clases y relaciones de la sociedad. La religión fundada por Jesucristo se veía colocada firmemente en el grado de honor que le corresponde y florecía en todas partes gracias a la adhesión benévola de los gobernantes y a la tutela legítima de los magistrados. El sacerdocio y el imperio vivían unidos en mutua concordia y amistoso consorcio de voluntades.

Organizado de este modo, el Estado produjo bienes superiores a toda esperanza. Todavía subsiste la memoria de estos beneficios y quedará vigente en innumerables monumentos históricos que ninguna corruptora habilidad de los adversarios podrá desvirtuar u oscurecer”.1

Con estas luminosas palabras, León XIII quiso rendir tributo a la Edad Media, época histórica de cuyo auge podríamos decir que en ella la fe cristiana vivía una verdadera primavera reflejada tanto en la esfera religiosa como en el ámbito civil de la sociedad. Y, por supuesto, uno de esos “bienes superiores a toda esperanza”, de los que habla el célebre pontífice, es la teología.

Una “teología de rodillas”

“Teología de rodillas”,2 una feliz expresión de un Papa teólogo, Benedicto XVI, que indica una teología nacida del amor, de la piedad, de la contemplación de Dios y de sus misterios, pero al mismo tiempo en íntima unión entre la fe y la razón.

Sería un error pensar que los teólogos medievales vivían encerrados en una biblioteca, estrujándose los sesos, inmersos siempre en abstracciones para elaborar sus raciocinios y especulaciones teológicas, ajenos a las realidades de la vida. Todo lo contrario. Su teología fluía, como un río caudaloso, de una vida interior hermanada a su pensamiento.

Una feliz expresión de un Papa teólogo, Benedicto XVI, que indica una teología nacida del amor, de la piedad, de la contemplación de Dios

Esa teología denominada “teología monástica”, producida en la Alta Edad Media, nació a la sombra —o a la luz— de las abadías y monasterios, en los que no solo los religiosos, sino también los laicos se adentraban en el estudio de la Sagrada Escritura. En realidad, era una continuidad de la lectio divina, que se desarrollaba entre el canto de las salmodias, la reflexión sobre la Palabra de Dios y las enseñanzas de los Santos Padres. “El maestro procuraba verter en el alma de los discípulos el fruto no de una ciencia en sentido estricto, según los usos de la dialéctica aristotélica, sino como una ciencia del corazón”.3

Este auténtico progreso para la época tiene su raíz en el impulso dado por varios factores concomitantes. El primero de ellos fue la acción emprendida por el emperador Carlomagno y su consejero, Alcuino de York; un monje de origen inglés que dirigió la escuela palatina, ejerció una intensa actividad intelectual y escribió varios opúsculos teológicos.

Otros elementos fueron los inmensos beneficios espirituales de la reforma gregoriana y la expansión de Cluny, cuyo abad, San Odón, no sólo difundió la regla de San Benito, sino también algo que podríamos llamar el “espíritu monástico”, dando frutos de santidad y esplendor litúrgico, y despertando en toda Europa la apetencia de profundizar en la ciencia de Dios. No obstante, el alma de todos estos factores fue un “soplo” de gracias del Espíritu Santo que recorrió el continente entero.

Teología monástica y teología escolástica

Todavía no existían las universidades y los estudios se llevaban a cabo en dos ambientes: los monasterios y las scholæ, es decir, las escuelas de la ciudad. De aquí surge la diferenciación entre “teología monástica” y “teología escolástica”, como dos troncos de un mismo árbol.

La monástica, elaborada en los claustros por fervorosos religiosos, tenía como objetivo esencial alimentar en las almas el amor a Dios y el deseo de las cosas celestiales. En consecuencia, dicha teología “se convierte en meditación, oración y canto de alabanza, e incita a una sincera conversión. No pocos representantes de la teología monástica alcanzaron, por este camino, las más altas metas de la experiencia mística”.4

La teología escolástica, en cambio, “se practicaba en las scholæ, que surgieron junto a las grandes catedrales de la época, para la preparación del clero, o alrededor de un maestro de teología y de sus discípulos, para formar profesionales de la cultura, en una época en la que el saber era cada vez más apreciado”.5

El método de estudio de los escolásticos era la quæstio, es decir, el problema que se le propone al lector a la hora de analizar las palabras de las Escrituras y de la Tradición. El planteamiento de la cuestión suscita preguntas y crea el debate entre el maestro y sus alumnos, la disputatio. En la discusión nacen, por un lado, los temas de la autoridad y, por otro, los de la razón; entonces el debate se orienta a encontrar finalmente una síntesis entre autoridad y razón. La organización de las quæstiones lleva a la aparición de las summæ, que en realidad eran amplios tratados teológico dogmáticos surgidos de la confrontación entre la razón humana y la Palabra de Dios.

Diálogo entre fe y razón

Aquí se introduce la perenne lección de la teología monástica. Fe y razón, en diálogo recíproco, vibran de alegría cuando ambas están animadas por la búsqueda de la íntima unión con Dios. “Cuando el amor vivifica la dimensión orante de la teología, el conocimiento que adquiere la razón se ensancha. […] El conocimiento solo crece si ama la verdad. El amor se convierte en inteligencia y la teología en auténtica sabiduría del corazón”.6

Estas esclarecedoras palabras de Benedicto XVI fácilmente hacen comprensible cómo esa teología, que floreció en los siglos XI y XII, preparó el camino para el denominado “siglo de oro de la escolástica”: el siglo XIII, en el que brillaron con especial fulgor Santo Tomás de Aquino y San Buenaventura, entre muchos otros.

Habría que escribir numerosos volúmenes para dar una visión aproximada de los grandes santos teólogos surgidos en los monasterios de la Alta Edad Media. Entonces, nos limitaremos en este artículo a dar una visión à vol d’oiseau de dos de sus mayores exponentes, que marcaron para siempre la historia de la Iglesia y la teología: San Anselmo de Canterbury y San Bernardo de Claraval.

Extracto de la revista Heraldos del Evangelio, #146.

Notas


1 LEÓN XIII. Immortale Dei, n.º28.

2 BENEDICTO XVI. Discurso en la Abadía de Heiligenkreuz, 9/9/2007.

3 ILLANES, José Luis; SARANYANA, Josep Ignasi. Historia de la teología. Madrid: BAC, 1995, p.5.

4 BENEDICTO XVI. Teología monástica y teología escolástica. Audiencia general, 28/10/2009.

5 Ídem, ibídem.

6 Ídem, ibídem.

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