Porque de los que son como estos es el Reino de los Cielos

Para el Salvador, los pequeños son un modelo a imitar: «Dejad que los niños vengan a mí, y no se lo impidáis, porque de los que son como estos es el Reino de los Cielos»

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La Encarnación del Verbo es uno de los misterios más grandes de nuestra fe, más aún si se la considera a la luz de la Navidad. En efecto, ¿cómo circunscribir la infinitud divina a un cuerpo infantil?

Existe, no obstante, un profundo simbolismo en el hecho de que Dios se hiciera niño. Ante todo, porque los pequeños, para el Salvador, son un modelo a imitar: «Dejad que los niños vengan a mí, y no se lo impidáis, porque de los que son como estos es el Reino de los Cielos» (Mt 19, 14). Son ejemplo de candidez, inocencia y pureza.

Sin embargo, incluso cumpliéndose en Él todas las antiguas profecías y volviéndose tan accesible a los hombres, el Niño Jesús fue rechazado por sus propios compatriotas. Cuando estaba a punto de nacer, las casas de Belén le cerraron sus puertas (cf. Lc 2, 7). Y no pasó mucho tiempo para que la Inocencia encarnada fuera acosada por el déspota Herodes, supuestamente «el Grande», si bien tan pusilánime. Grande, en realidad, era su crueldad. Al desconocer el paradero del divino Infante, exiliado por entonces en Egipto y sin hogar, el tirano ordenó matar a todos los niños menores de dos años. Si es preferible morir que escandalizar a un solo pequeño (cf. Lc 17, 2), ¿qué decir de aquella terrible masacre de inocentes?

Se podría argumentar que fueron los protomártires de Cristo. Es cierto, y la Iglesia los considera santos. Pero si esos chiquillos no hubieran sido arrancados de sus familias y asesinados a filo de espada, ¿acaso no se habrían convertido en discípulos o apóstoles del Señor? ¿Qué destino les habría confiado la Providencia? En suma, ¿cuántas vocaciones no fueron segadas por el arbitrio de ese gobernante infanticida?

Si la muerte del inocente clama por la intervención divina contra su malhechor (cf. Gén 4, 10), más aún se puede conjeturar, con las debidas proporciones, acerca de la suerte de quienes escandalizan o desvían del buen camino a los pequeños, pues, como pregonó el Señor, se ha de temer más al que mata el alma que a los que matan el cuerpo (cf. Mt 10, 28).

Niñas venerando al Niño Jesús – Foto: María José Feli

A menudo, esa persecución al inocente es emprendida por la propia familia, como fue el caso de los jóvenes Tomás de Aquino, Francisco de Asís o Luis Gonzaga. Por otro lado, a manos del Estado, es elocuente el ejemplo de los tres pastorcitos de Fátima, encarcelados por el simple hecho de haber contemplado a la Virgen Inocentísima. Finalmente, la Historia es implacable, atestiguando que hasta eclesiásticos han perseguido a los pequeños, como los que frecuentaban los oratorios de San Felipe Neri y de San Juan Bosco.

En la actualidad asistimos a una auténtica matanza de los inocentes, pero también, y quizá peor aún, a una masacre de las inocencias, principalmente a través de la corrupción generalizada de las costumbres, favorecida por la influencia de los medios de comunicación, por el deterioro de la educación, por la carencia de una sólida catequesis infantojuvenil.

Así pues, en esta Navidad no podemos desear otra cosa, sino que prevalezca la paz entre los hombres de buena voluntad (cf. Lc 2, 14), a fin de que la Suprema Inocencia alcance a todos, en especial a los más pequeños, alejando de ellos toda clase de matanza. 

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