Cartas de Santa Teresita a sus «hermanos» espirituales – Lecciones de confianza y de sabiduría

Consumida de celo por la salvación de las almas, Santa Teresita nos dejó en sus cartas, felizmente guardadas por la Historia, valiosas enseñanzas.

A semejanza de una simple lámpara que arde día y noche ante el Santísimo Sacramento, ya sea en una humilde capilla rural o en una grandiosa catedral, el corazón de Santa Teresa del Niño Jesús, sencillo, pero lleno de fervor, crepitaba en todo momento de santos deseos ante el divino Huésped de su corazón.

Uno de esos anhelos era el de ser misionera y poder predicar el Evangelio por el mundo entero, incluso en las islas más lejanas. Tan ardiente era su caridad que parecía impulsarla, si fuera posible, a propagar el nombre de Cristo desde la Creación del mundo hasta el fin de los siglos.

Ahora bien, como la vocación de esta alma fogosa era vivir en el recogimiento del Carmelo y hacer brillar su heroísmo únicamente a los ojos de los ángeles y los bienaventurados del Cielo, el Buen Dios, que «no podría inspirar deseos irrealizables»,1 le había reservado una participación palpable y sensible en tal empresa.

Santa Teresa del Niño Jesús, en julio de 1896

Dos «hermanos» enviados por Dios

Un día, mientras estaba en el lavadero, ocupada en su faena, la santa carmelita fue llamada aparte por la Madre Inés de Jesús, quien le leyó una carta que acababa de recibir. Su remitente era un joven seminarista que, «inspirado por Santa Teresa, decía él, […] pedía una hermana que se dedicara especialmente a la salvación de su alma y que, cuando fuera misionero, ​​le ayudara con sus oraciones y sacrificios a salvar muchas almas».2 A cambio, le prometía que la tendría siempre presente en la celebración del santo sacrificio, tan pronto como fuera ordenado.

Concluida su lectura, ¡oh alegría!, la Madre Inés le reveló que la elegida para auxiliar al futuro misionero era ella. Aun sintiéndose indigna de esa tarea, lo aceptó con prontitud y así expresaba su satisfacción: «Expresaros mi dicha sería cosa imposible. Ver mi deseo colmado de una manera inesperada hizo nacer en mi corazón un gozo que yo llamaría pueril. […] Hacía muchos años que no experimentaba ese tipo de felicidad. Sentía que, en ese aspecto, mi alma se renovaba. Era como si alguien hubiera tocado en ella, por primera vez, las cuerdas musicales hasta entonces olvidadas».3

A partir de ese momento, Santa Teresita empezó a contribuir a la fidelidad de Maurice Bellière, por esa época seminarista y aspirante a misionero, el cual, en vísperas de la muerte de la religiosa, embarcó hacia Argelia.

Ahora bien, al cabo de unos meses, la Madre María de Gonzaga le hizo una segunda propuesta: encargarse también de los intereses espirituales y apostólicos de otro seminarista y futuro misionero, llamado Adolphe Roulland. Exultante de alegría, Santa Teresa ganó un nuevo «hermano».

La amistad enteramente sobrenatural de Teresa con los dos sacerdotes echó profundas raíces en su alma
A la izquierda, el P. Adolphe Roulland; a la derecha, el P. Maurice Bellière

Una unión sellada años antes

La unión entre Teresa y Roulland, no obstante, ya poseía en esa ocasión un bellísimo antecedente.

El 8 de septiembre de 1890, Teresa había abandonado definitivamente este mundo para convertirse en esposa del Rey de los Cielos, por su profesión religiosa. Ese día, con toda confianza, le pidió a su divino Esposo por un alma apostólica en particular, pues, al no poder ser sacerdote, quería que en su lugar un clérigo, participante de su sed de almas, recibiera gracias especiales.

Años más tarde, el ya entonces P. Roulland le contó a la santa carmelita que, precisamente en la fecha de su profesión, había tenido dudas en cuanto a su vocación y su entrada en el seminario mayor. Mientras rezaba en la capilla de Nuestra Señora de la Dèlivrande, de repente y de modo definitivo, se afirmó en el camino del sacerdocio.

He aquí que una punta del velo misterioso que esconde los secretos de la eternidad fue levantada: Teresa encontró a aquel por quien ardientemente había pedido y pudo, unida a él de forma concreta, partir hacia la conquista de almas. Como ella misma afirmaría más tarde, en esa unión el P. Rouilland realizaba el papel bíblico de Josué, que lideraba el combate en el terreno, mientras que ella se alegraba en ser su pequeño Moisés, cuyos brazos y corazón, sustentados por Cristo, estaban continuamente dirigidos hacia el Cielo a fin de obtener la victoria.4

De hecho, tan pronto como se enteró de que el P. Roulland, recién ordenado, había sido destinado a evangelizar la provincia de Su-Tchuen, en China, la carmelita colocó en la pared de la habitación donde trabajaba un mapa del territorio chino, para no olvidarse en ningún momento de su parte en esa obra.

En sus cartas, …

La amistad de Teresa con esos dos sacerdotes, enteramente sobrenatural, echó profundas raíces en su alma, nutriéndose de las frecuentes misivas que intercambiaban. Felizmente, estas fueron guardadas por la Historia y constituyen tesoros de santas enseñanzas.

Al escribirle al P. Roulland, la carmelita trataba de animarlo a soportar los sufrimientos de la labor apostólica, que variaban desde las molestias físicas hasta las persecuciones, siempre indicándole, con la sabiduría propia de los humildes, los altos designios de Dios ocultos tras dichas circunstancias. A veces, no dudaba en contarle a su hermano misionero algún hecho de su vida o de la convivencia en el Carmelo de Lisieux y también le hacía algunas peticiones insólitas, como, por ejemplo, que le enviara un mechón de su cabello, para guardarlo como reliquia cuando recibiera la palma del martirio…

Sin embargo, aún más conmovedora es la correspondencia con el P. Bellière. Al ser muy frágil y débil, no dudó en confiarse enteramente a la dirección de la Hna. Teresita y tenerla como guía espiritual. Ella, por su parte, percibiendo esa disposición de alma y conociendo a fondo el interior de su «hermanito» aún seminarista, lo hizo caminar bajo los dictados de su pequeña vía.

… ¡un tesoro de buenos consejos!

Una vez, este futuro sacerdote, ya consciente de que su hermana espiritual había contraído una grave enfermedad y pronto partiría hacia el Cielo, le expuso una dificultad que lo asaltaba: sin el contacto que mantenía con ella, se vería privado de apoyo para perseverar en el áspero camino de la cruz… Santa Teresita le respondió: «Cuando esté en el puerto, os enseñaré, querido hermanito de mi alma, cómo debéis navegar en el mar tempestuoso del mundo con el abandono y el amor de un niño que sabe que su Padre lo quiere y que no lo dejará solo en la hora del peligro».5

Trascendiendo los límites del tiempo, estas palabras de Santa Teresita también nos enseñan cuán necesario es tener una confianza filial y casi infantil en nuestro divino Redentor. De esta confianza nace esa serenidad que tanto necesita nuestra alma para superar las adversidades de la vida, y si la tenemos, aun exentos de ayuda humana, nada tendremos que temer.

En otra ocasión, el seminarista Bellière le confió a la santa religiosa que había desperdiciado «los hermosos años» de su juventud, «aquellos que Jesús ama sobre todo»,6 dedicando al mundo y a sus locuras los talentos que Dios le había prestado. Solo a los 18 años recibió la gracia de la conversión. Debido a estas faltas pasadas, el futuro sacerdote poseía cierta dificultad para creer en el amor misericordioso del Sagrado Corazón de Jesús, que lo lleva a perdonar y olvidar nuestros pecados.

Dios le mandó dos «hermanos», para atender su deseo de ser misionera
Santa Teresa del Niño Jesús, en julio de 1896

Este sentimiento quedó reflejado en varias de sus cartas. En una de ellas, al realizar un acto de fe de que, desde la gloria celestial, Santa Teresita estaría a su lado, hizo la siguiente salvedad: «A no ser que Jesús, irritado con mis quejas, no lo quiera».7 En una correspondencia posterior, además, le manifestó su miedo a que en el Cielo el Señor le contara a Teresa todas sus miserias y los disgustos que le había causado, disminuyendo con ello la ternura de la bienaventurada para con él.8

La falta de confianza en la misericordia de Dios atormentaba la vida espiritual del joven seminarista. Ahora bien, ese desastroso defecto también afecta a menudo a nuestras almas. Cuántas veces no nos demoramos en lamentaciones por los pecados que cometimos en la vida pasada, o incluso por nuestras faltas actuales, y nos entregamos a la desesperación o al desánimo… Si tales tentaciones llegaran a asaltarnos, quizá puedan consolarnos las mismas palabras que animaron al P. Bellière:

«Supongo a un padre con dos hijos traviesos y desobedientes y que, al ir a castigarlos, ve a uno temblando y alejándose de él con miedo, manteniendo en el fondo de su corazón, no obstante, el sentimiento de que merece ser castigado; y que su hermano, por el contrario, se arroja en los brazos de su padre diciéndole que se arrepiente de haberlo puesto triste, que le quiere y que, para demostrárselo, será bueno en adelante. Entonces este niño le pide a su padre que lo castigue con un beso; no creo que el corazón de ese dichoso padre se pueda resistir a la confianza filial de su hijo, cuya sinceridad y amor conoce muy bien. […] Sin embargo, no ignora que su hijo recaerá más de una vez en las mismas faltas; aunque estará dispuesto a perdonarlo siempre, si su hijo siempre le conquista su corazón…».9

Así también actúa el Buen Jesús con el alma miserable, pero sinceramente contrita, confiada y abandonada en sus brazos paternos. «No está siempre acusando ni guarda rencor perpetuo; no nos trata como merecen nuestros pecados ni nos paga según nuestras culpas. Como se levanta el cielo sobre la tierra, se levanta su bondad sobre los que lo temen; como dista el oriente del ocaso, así aleja de nosotros nuestros delitos. Como un padre siente ternura por sus hijos, siente el Señor ternura por los que lo temen» (Sal 102, 9-13).

Desde la eternidad, continuaría dictando palabras de confianza en el corazón de sus «hermanos»
Santa Teresita unos días antes de su muerte

Y si todavía persiste el temor de nuestras culpas, acordémonos de que María Santísima es nuestra Madre. Aun cuando tengamos la desgracia de caer en pecado, viéndonos aborrecidos por todos, hasta el punto de que incluso las criaturas insensibles, como el fuego, el aire y la tierra quisieran castigarnos vengando el honor de su Creador, si recurrimos a Nuestra Señora encontraremos el más acogedor, seguro y maternal refugio y el camino correcto para reconciliarnos con Dios.10

En lucha por las almas, ¡eternamente!

Las edificantes cartas de Teresa cesaron de ser escritas a mano el 30 de septiembre de 1897, pasando a ser dictadas directamente en el corazón de sus devotos, desde lo más alto de los Cielos. Desde allí, muy cerca de su divino Jesús, continúa para siempre su misión de conquistar almas, favorecida con especial poder impetratorio concedido por la Santa Iglesia, que la proclamó Patrona especial de los misioneros y las misiones.

En cuanto a nosotros, formemos parte o no de ese selecto batallón de obreros de la viña de Cristo, no dudemos en ponernos bajo la protección de la gran Santa Teresa del Niño Jesús. Roguémosle empeñadamente que conquiste por completo nuestras almas para el Señor y nos enseñe a ser en sus manos como niños y verdaderos herederos del Reino celestial (cf. Mt 19, 14). 

Extraído de la revista Heraldos del Evangelio, #227.


1 SANTA TERESA DE LISIEUX. Manuscritos autobiográficos [Historia de un alma]. Ms. C, 2v. In: Œuvres de Thérèse: www.archives-carmel-lisieux.fr.

2 Ídem, 31v.

3 Ídem, 32r.

4 Cf. SANTA TERESA DE LISIEUX. Carta al P. Adolphe Roulland, 1/11/1896. In: Obras completas. Textos e últimas palavras. Coimbra: Carmelo, 1996, p. 577.

5 SANTA TERESA DE LISIEUX. Carta al P. Maurice Bellière, 18/7/1897. In: SCIADINI, OCD, Patricio (Org.). Santa Teresinha do Menino Jesus escreve aos sacerdotes e seminaristas. 2.ª ed. São Paulo: Loyola, 2012, pp. 64-65.

6 BELLIÈRE, Maurice, apud SCIADINI, op. cit., p.58, nota 1.

7 Ídem, p. 63, nota 1.

8 Cf. Ídem, p. 67, nota 1.

9 SANTA TERESA DE LISIEUX. Carta al P. Maurice Bellière, 18/7/1897, op. cit., p. 65.

10 Cf. SAN ALFONSO MARÍA DE LIGORIO. Glórias de Maria. 21.ª ed. Aparecida do Norte: Santuário, 2010, p. 69.

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