Un mensaje recibido con amor y adhesión

Mientras anunciaba en Portugal el triunfo de su Inmaculado Corazón, la Santísima Virgen ya preparaba en Brasil la ejecución de ese grandioso y profético designio. Para ello, eligió a un niño.

Plinio en la Congregación Mariana del Colegio San Luis, en 1921

Cierto día, Plinio se encontraba en la clase de gimnasia en el Colegio San Luis, donde estudiaba,1 y se fijó en los bonitos bambúes que allí había: elegantes y alineados, plantados con método y simetría, cuyo suelo estaba cubierto de una arena blanquísima y pura.

Se quedó encantado al contemplar esa magnífica ordenación de la naturaleza y tuvo una extraordinaria sensación de disciplina, elevación y limpieza. Hasta el final de su vida guardaría en la memoria lo que sintió en esa ocasión.

«La analogía que me vino a la mente, contemplando el cañaveral de bambú, era la de un orden humano perfecto, como la alineación rectilínea de aquella pared vegetal. Sus puntas, moviéndose a gran altura, me parecían simbolizar el orden y la intransigencia. […] El cañaveral firme y erguido me daba la impresión de un escuadrón de guerreros ordenados en batalla, levantando sus inmensos sables y pareciendo tocar el azul del cielo. Y el sol admirativo y ceremonioso iba poniéndose sobre ellos, bajando lentamente y proyectando una sombra en el arenal del patio del recreo. […] Por otra parte, las luces vespertinas de la São Paulo de aquel tiempo tenían una belleza extraordinaria y una luminosidad triunfal, que me tocaban profundamente».

Alumnos haciendo gimnasia junto al cañaveral de bambú del patio del Colegio San Luis

Había otro elemento que aumentaba la belleza de la escena: «De vez en cuando, un sacerdote andaba por el colegio silencioso, rosario en mano, meditativo, con sotana y fajín negros, llevando la clásica birreta en la cabeza. Otro pasaba cerca de los bambúes, rezando su breviario encuadernado en negro, sosegado y tranquilo. Ambos se cruzaban en el patio, se saludaban y seguían su camino».

Todo aquello era digno y compuesto, contrario al desorden que reinaba allí cuando se encontraban los niños, en medio del correteo y del caos, de los malos tratos, del igualitarismo y de la brutalidad.

Cruzado del orden del universo

Plinio vio entonces el contraste entre el orden de la naturaleza y de la Iglesia, tan acorde con lo que él amaba, y por otro lado el mundo entero inmerso en el pecado. Y pensó: «¡Ese es el orden que Dios ha puesto en el mundo! Orden en la Iglesia: los jesuitas rezando, pausados y serios. Orden que Dios ha querido manifestarle al hombre a través de la naturaleza: el cañaveral, que también representa el pasado, pues las personas que aprendieron a plantar los bambúes en línea recta no eran como esta chiquillería… ¡Cuánto me gusta este orden!».

Llamado ya en la infancia a representar el orden del universo, entró en plena consonancia y se hizo uno con los reflejos que de él encontraba. Estando en aquel patio del colegio, suspirando por ese orden y deseando que todas las cosas estuvieran dispuestas según su finalidad, sintió la voz de la gracia en su interior y se dijo, lleno de convicción: «La humanidad está perdida y camina hacia una hecatombe. Vendrá el día en que la ordenación que hay en la Creación ya no soportará los pecados de los hombres y se levantará para castigarlos».

Recreo en el patio del Colegio San Luis, en la época en que Plinio estudiaba allí

Ahora bien, él no había concebido esta idea por haber escuchado alguna profecía, sino motivado por la noción del ser y el discernimiento de los espíritus. Fue su primera idea acerca de un futuro castigo universal y de una intervención de la Providencia, que estremeciese la naturaleza, transformase la humanidad e implantase el orden. E incluso vislumbró cómo sería la conclusión de esos acontecimientos que preveía: «Entendí que ese desenlace no sería propiamente el fin de los tiempos, sino que iniciaría una era en la que los hombres recibirían las últimas enseñanzas antes de que la Historia terminase; y me preguntaba lo siguiente: “¿Cómo será la tierra el día en que el pecado sea vencido y las personas vuelvan a tener cordura?”. Y reflexionaba: “Lo que existe ahora de bueno permanecerá, pero esta época será mucho mejor que todo esto, ya que constituirá la réplica de Dios contra el mal. ¡Y la Iglesia será la reina!”».

Y de inmediato se reafirmó en su decisión de luchar a favor del bien, como cruzado del orden del universo: «¡Dedicaré mi existencia a trabajar contra el caos, por el orden de Dios que será restablecido! ¡Seré el soldado de esta esperanza! Pero decir “esperanza” es quedarse corto. Para mí se trata de una certeza: ¡el orden del universo no se dejará aplastar por el mal!».

El grito de las criaturas por el orden de la Creación

Era un principio completamente teológico formulado por un niño, sin los conocimientos propios de un doctor, pero que tenía en su alma la inocencia, el sentido de la santidad y una profunda intuición sobrenatural sobre la armonía de la Creación.

En efecto, en las criaturas ese orden está constituido por Dios de tal manera que bastaría un solo pecado para que repercutiese en toda la naturaleza como algo parecido a un temblor de indignación, con tendencia a vengar la falta. Si los ángeles no retuviesen los astros, las aguas de los océanos, las arenas de los desiertos, los animales y los vegetales y no mantuviesen a la Tierra en su órbita, todo entraría en convulsión y sería impulsado a levantarse contra ese pecador para aniquilarlo, al haber quebrantado el orden que no debía ser alterado.2

Cuando el hombre abandona la fe, rebelándose contra Dios o dándole la espalda, y estableciendo una verdadera imagen del infierno en la tierra, tiene que llegar el momento en que el Creador, por así decirlo, retira su mano provocando la venganza de la naturaleza. Como resultado, las catástrofes comienzan a multiplicarse. El Dr. Plinio así lo afirmaría posteriormente: «La doctrina católica enseña el universo en orden. De ahí viene la certeza de que las cosas deben orientarse hacia ese orden o el mundo se acaba. Porque hay algo a manera de un grito de la naturaleza que ruge y le pide a Dios venganza cuando Él mismo es contrariado».

El mensaje recibido y entendido

Al narrar estos episodios, el Dr. Plinio no dudaba en reconocer el aspecto sobrenatural de lo que había sucedido ese día mientras contemplaba el cañaveral de bambú y de la penetración de sus previsiones acerca del futuro del mundo. «Percibo claramente que aquello era, sobre todo, un fruto de la gracia, pues para que un niño de esa edad llegase a conclusiones tan profundas, los meros recursos de la naturaleza no bastaban. Incluso soy propenso a aceptar que hubiera habido una acción de carácter místico».

De hecho, tan elevadas reflexiones no se explican sin una intensa acción de gracias místicas. En 1920 o 1921, poco después de las apariciones de Nuestra Señora en Fátima, en el patio del Colegio San Luis le era desvelado a un niño el secreto que nadie sabía, sobre el castigo que vendría y las condiciones para la implantación de una era histórica en la que Ella reinaría sobre la tierra. Es cierto que los tres pastorcitos le hablaron al mundo con declaraciones explícitas y le hicieron una invitación a la humanidad, pero también es verdad que este niño no estaba llamado solamente a dirigirse al mundo, sino a luchar por la construcción de un mundo nuevo.

Y el mensaje, cuyo significado tal vez los niños de Cova da Iria no entendiesen del todo, el niño de São Paulo lo comprendió perfectamente, ayudado por los dones con que la Providencia lo había colmado. Amó esas palabras interiores, adhirió con toda su alma a la Santa Iglesia, así como al orden del universo, atacado y herido por el pecado, y dijo una vez más: «¡Seré contra ese mundo!».

En otras palabras, podemos afirmar que, mientras en Portugal anunciaba el triunfo de su Inmaculado Corazón, Nuestra Señora ya estaba preparando en Brasil la ejecución de ese grandioso y profético designio. 

Extraído de la Revista Heraldos del Evangelio, #226.

Artículo extraído, con adaptaciones, de:
El don de la sabiduría en la mente, vida y obra de
Plinio Corrêa de Oliveira. Città del
Vaticano-Lima: LEV; Heraldos del Evangelio,
2016, v. I, pp. 328-334.


1 Los hechos narrados en este artículo ocurrieron cuando Plinio Corrêa de Oliveira tenía unos 12 años.

2 Sobre la incidencia del pecado en el orden universal, así se expresa el Papa Pablo VI: «Todo pecado lleva consigo la perturbación del orden universal, que Dios ha dispuesto con inefable sabiduría e infinita caridad, y la destrucción de ingentes bienes tanto en relación con el pecador como de toda la comunidad humana» (PABLO VI. Indulgentiarum doctrina, n.º 2). El gran doctor de la devoción mariana San Luis María Grignion de Montfort también menciona ese principio de los efectos del pecado sobre toda la Creación: «Todas las criaturas, hasta las más insensibles, gimen bajo el peso de los innumerables pecados de Babilonia y piden vuestra venida para restaurarlo todo: omnis creatura ingemiscit (cf. Rom 8, 22)» (SAN LUIS MARÍA GRIGNION DE MONTFORT. Prière Embrasée, n.º 5. In: Œuvres Complètes. Paris: Du Seuil, 1966, p. 677). Es muy elocuente, en ese sentido, un bello pasaje del Libro de la Sabiduría, cuando menciona la cooperación de las criaturas inanimadas en las obras de Dios: «El universo luchará a su lado contra los insensatos. Los rayos partirán como disparos certeros: de las nubes, como de un arco bien tenso, volarán hacia el blanco; una ballesta arrojará una furiosa granizada, las olas del mar se encresparán contra ellos y los ríos los sumergirán sin piedad» (5, 20-22).

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