Santas… ¡miserias!

Compártalo en las redes sociales

Dios no quita las miserias, sino que santifica al miserable. De esta manera, la obra de la gracia brilla más que si incidiera sobre alguien exento de defectos.

«¿Es que Dios nunca me va a tomar en cuenta?». Pregunta que de vez en cuando surge impetuosa en nuestro interior, especialmente en los períodos en los que rogamos con más insistencia que seamos limpios de nuestras miserias. Nos vemos libres de algún mal y enseguida se levanta otro en nuestro horizonte; o peor aún, nos esforzamos por vencer un defecto y, tan pronto obtenemos la victoria, percibimos la existencia de varios más. Para agravar el cuadro, en la convivencia diaria comprobamos que los otros también se encuentran en una situación parecida…

A fin de cuentas, ¿Dios escucha o no escucha nuestras peticiones?

La doctrina católica nos enseña que todo lo que pedimos en la oración, el Todopoderoso nos lo concede, siempre que concurra para nuestro bien, cuya culminación es la gloria eterna en el Paraíso.1 Ahora bien, en la mayoría de los casos, un gran mal nos sería hecho si la Providencia divina nos librara de nuestras miserias y debilidades.

¡¿Cómo?! Parece absurdo, pero no lo es.

Auxilio para no ser ingratos a Dios

Para que se entienda mejor el primer supuesto de tal afirmación, recurramos a un ejemplo doméstico. Imaginemos que una madre quiere prepararle a su hija una fiesta extraordinaria, para celebrar su ingreso en la universidad. Invita a los amigos de la joven, se esmera en los arreglos de la casa y, en secreto, prepara deliciosos platos.

El día fijado la joven se topa con la maravillosa sorpresa. Su progenitora también se lleva un sobresalto; pero desagradable. Su hija sencillamente no se sirve de nada de lo que había preparado. Sin apetito, no hace ni caso del cariño de aquella que tanto la ama.

¿Esa actitud no sería una enorme ingratitud?

Ya en el Evangelio encontramos antípodas de esa joven: los cojos, los pobres, los lisiados y los ciegos llamados por el hombre rico a participar de su fiesta (cf. Lc 14, 21), los cuales se sirvieron copiosamente de todas las iguarias, mostrando que cuanto más indigente es el invitado, más colmado de dádivas será.

De manera análoga, si nuestras lagunas físicas o espirituales fueran rellenadas por completo, correríamos el riesgo de juzgar engañosamente que nuestras necesidades estarían cubiertas y enseguida nos olvidaríamos de buscar la fuente de agua viva, el surtidor de los dones celestiales, el único que, de hecho, puede saciar nuestros anhelos: Dios. Y, al igual que la joven inapetente, fácilmente caeríamos en un abismo más terrible que el pecado: la falta de reconocimiento para con el Altísimo.

Un ciego que empieza a ver sin nervio óptico…

Ahora bien, el desacierto al hacer nuestras súplicas no será motivo para que Dios deje de concedernos su gracia. Si es verdad que Él siempre nos tomará en cuenta superando nuestros criterios humanos y mediocres, también es cierto que edificará, sobre el pantano de las malezas, indestructibles castillos.

Una breve historia podrá ayudarnos a entender mejor este segundo punto de nuestras consideraciones.

De un virtuoso matrimonio nació un hijo desde hacía mucho tiempo esperado, al cual sus padres no escatimaron ninguna muestra de afecto. Sin embargo, los meses iban pasando y notaron algo extraño en su retoño. Lo llevaron al médico y el diagnóstico fue desalentador: el niño era ciego, pues no tenía nervio óptico; mudo, porque había nacido sin cuerdas vocales; sordo, por tener dañado el conducto acústico interno. Desolados, ambos se preguntaban qué podrían hacer, pero el especialista sentenció: «¡No hay solución!».

De regreso a casa, el ánimo de los piadosos progenitores se mantenía en pie, porque una cosa no les faltaba: la fe. Colocando a su hijo sobre su regazo, el padre le impuso las manos en la cabeza y los dos esposos, con los ojos llenos de esperanza, miraron al Cielo y rogaron la curación de su amado pequeñín.

Inmediatamente, el niño adoptó distintas reacciones. Se cruzaron las miradas de los tres y esbozó una inocente sonrisa en sus labios pueriles. Convencidos del milagro alcanzado, los padres sólo pudieron exclamar: «¡Hijo!». Y el bebé respondió con un sonoro: «¡Pa!».

Dios que es Padre, también es Hijo y Amor. Había escuchado con agrado la oración de aquellos padres y prontamente les atendió su petición.

Sin dejarse tomar por la duda, la pareja salió corriendo de vuelta al médico para confirmar la intervención divina. El resultado los sorprendió: el niño veía sin nervio óptico, hablaba sin cuerdas vocales, oía sin canal auditivo. ¡Era un niño milagro!

La gracia realizará maravillas de santidad en nosotros

Sagrado Corazón de Jesús| Basílica de Ars-sur-Formans (Francia)

Ese hipotético caso ilustra algo de la realidad de aquellos a quienes Dios santifica. La gracia actúa en el alma, la cual se adorna de dones espirituales; pero los defectos no son extirpados de inmediato, ni cesan las luchas o los embates diabólicos. En suma, Dios no quita las miserias, sino que santifica al miserable.

De esta manera, la obra sobrenatural se vuelve más evidente, brillando con mayor fulgor que si incidiera sobre alguien exento de faltas. Así se explican los sufrimientos de tantos santos que, aun viviendo de modo edificante, se entregaban a penitencias y oraciones, derramando lágrimas y rogando a los Cielos fuerzas no sólo para enfrentar las adversidades exteriores, sino sobre todo para vencerse a sí mismos.

Una afirmación de San Pablo bien lo prueba: «Por la grandeza de las revelaciones, y para que no me engría, se me ha dado una espina en la carne: un emisario de Satanás que me abofetea, para que no me engría» (2 Cor 12, 7). ¿No parece raro que el demonio evite el engreimiento de alguien? Dios se sirve del mal para obtener un bien, como dice el Apóstol a continuación: «Tres veces le he pedido al Señor que lo apartase de mí y me ha respondido: “Te basta mi gracia: la fuerza se realiza en la debilidad”» (2 Cor 12, 8-9a).

Quizá por ese motivo María Santísima, en Lourdes, haya realizado curaciones similares a la del niño de nuestra historia y, para simbolizar tal verdad, Nuestro Señor Jesucristo haya querido permanecer con sus gloriosas llagas tras la Resurrección.

La alegría de ser miserable

Lo importante es que no nos desanimemos cuando nos encontremos con nuestras miserias, por muy reiteradas que se manifiesten; ni, de ninguna manera, capitulemos en el combate contra el demonio, el mundo y la carne.

Debemos tener paciencia y dedicación, seguros de que, si revestidos de confianza, la gracia nunca dejará de actuar en nosotros. María Santísima no es Señora de las obras inacabadas y, por su intercesión, Dios realizará maravillas en nosotros, pobres lisiados que esperan en su omnipotencia paternal.

Así pues, con propiedad podremos gritar al unísono con todos los justos de la Historia: «Muy a gusto me glorío de mis debilidades, para que resida en mí la fuerza de Cristo. Por eso vivo contento en medio de las debilidades, los insultos, las privaciones […]. Porque cuando soy débil, entonces soy fuerte» (2 Cor 12, 9b-10). 

Extraído de la Revista Heraldos del Evangelio, #218.


1 Cf. CCC 2738-2741.

¡Suscríbase a nuestros envíos!