María: esplendoroso desquite de Dios

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El monte Carmelo armoniza simbólicamente el pináculo de la respuesta divina contra el mal y la fe inquebrantable en la realización de la promesa más dulce y sublime: la Encarnación del Verbo en el seno purísimo de la siempre Virgen María.
Nuestra Señora del Carmen – Iglesia del Inmaculado Corazón de María, São Paulo (Brasil).
Al fondo, vista aérea del monte Carmelo (Israel)

Evangelio de la Fiesta de Nuestra Señora del Carmen

En aquel tiempo, 46 todavía estaba Jesús hablando a la gente, cuando su madre y sus hermanos se presentaron fuera, tratando de hablar con Él. 47 Uno se lo avisó: «Tu madre y tus hermanos están fuera y quieren hablar contigo». 48 Pero Él contestó al que le avisaba: «¿Quién es mi madre y quiénes son mis hermanos?». 49 Y, extendiendo su mano hacia sus discípulos, dijo: «Estos son mi madre y mis hermanos. 50 El que haga la voluntad de mi Padre que está en los Cielos, ese es mi hermano y mi hermana y mi madre» (Mt 12, 46-50).

I – El monte de la cólera y de la esperanza

El monte Carmelo, que da nombre a la devoción mariana que se celebra el 16 de julio, fue testigo de acontecimientos grandiosos protagonizados por San Elías.

El primero de ellos se produjo cuando el profeta ígneo purificó Israel del pecado de idolatría, tras desafiar a los cuatrocientos cincuenta sacerdotes de Baal y a los cuatrocientos profetas de Aserá, introducidos entre el pueblo elegido por Jezabel, esposa pagana del rey Ajab.

Emblema del castigo ejemplar, símbolo de la esperanza de Israel

Desafiados por el enviado de Dios a ofrecer un sacrificio a Baal que fuera consumido por el fuego sin intervención humana, los falsos sacerdotes y profetas no fueron escuchados por su ídolo y el novillo que habían preparado permaneció intacto a pesar de sus ridículas súplicas, cánticos y autoflagelaciones. Sin embargo, la oración de Elías, sencilla, pero llena de fe y de ardor, inmediatamente hizo que del cielo cayeran enormes llamas, que consumieron el holocausto, la leña, las piedras y hasta el agua que había sido derramada abundantemente sobre la víctima y llenaba la zanja dispuesta alrededor del improvisado altar (cf. 1 Re 18, 15-40).

Ante tal espectáculo, el pueblo de manera unánime aclamó a Yahvé como el verdadero y único Dios y, a la orden de Elías, dio muerte a los impostores. Israel regresaba al Señor; ya no cojeaba de ambos pies (cf. 1 Re 18, 21), persistiendo en un culto ecléctico y politeísta, abominable a los ojos del Altísimo.

Fue también en lo alto del Carmelo donde Elías contempló la nubecilla del tamaño de la palma de la mano, que presagiaba una lluvia generosa después de tres años y medio de sequía (cf. 1 Re 18, 44). En este hecho, la tradición ve un signo profético de la Redención: tras siglos de estiaje por la escasez de la gracia entre los hombres, la Santísima Virgen María, cual nube llena de bendiciones, traería a la tierra la abundancia de la vida al dar a luz al Salvador del mundo.

Origen de la Orden del Carmen

Novecientos años antes de Cristo, San Elías vivió en una de las más de mil cuevas que había en ese mismo monte, rodeado de otros profetas, discípulos suyos. Retomando esta bendita tradición, siglos más tarde algunos piadosos cruzados dedicaron allí su vida al recogimiento y la mortificación, bajo la especial protección de Nuestra Señora, a quien erigieron un santuario muy visitado.

El fundador de la primera comunidad del Carmelo fue San Bertoldo de Malafaida, guerrero de origen francés que reunió a su alrededor a algunos ermitaños dispersos en El Hader, región situada al norte del monte, cercano a Haifa. En los albores del siglo XIII, San Brocardo, su sucesor, le solicitó al Patriarca de Jerusalén que aprobara la Orden y las normas que guiaran la vida de soledad, ascesis y oración de sus integrantes. Este es el origen de la Regla del Carmen, aún vigente en nuestros días.

Tras la aprobación pontificia de la Orden, algunos de sus miembros se trasladaron a Occidente, debido a la fragilidad del dominio católico en Tierra Santa. En Europa, el pueblo de Dios recibió a los venerables eremitas como dádivas del Cielo y adoptó la costumbre de llamarlos Hermanos de la Bienaventurada Virgen del Monte Carmelo. Sin embargo, algunos príncipes y clérigos hostilizaron a los carmelitas, iniciando una terrible persecución contra ellos.

El escapulario, signo de predilección mariana

Alarmado por el peligro que corría el futuro de la Orden, su nono superior general, San Simón Stock, se dirigió a la patrona de la comunidad para implorarle especial protección y una garantía de benevolencia. He aquí la letra del himno que compuso para suplicarle a la bondadosa Señora que los distinguiera con muestras de su amor: «Flor del Carmelo, viña florida, esplendor del Cielo, Virgen fecunda y singular. Oh, Madre tierna, intacta de hombre, a los carmelitas, proteja tu nombre».

Sus ardientes oraciones fueron escuchadas. La Bienaventurada Virgen María se le apareció acompañada de legiones angélicas, llevando en sus benditas manos el escapulario del Carmen. Y Nuestra Señora les prometió a los que lo portaran con auténtica piedad la salvación eterna. En el transcurso de los siglos, esta devoción mariana se volvió tan universal como la propia Iglesia, hasta el punto de que un gran número de católicos usan el escapulario en señal de sumisión, reverencia y afecto para con la Madre Corredentora. Así pues, partiendo de lo alto del monte Carmelo las bendiciones marianas se esparcieron por la faz de la tierra.

Venganza y benevolencia: ¿es posible armonizarlas?

Santo Elias extermina um sacerdote de Baal – Igreja de São João da Cruz, Alba de Tormes (Espanha) – Foto: Francisco Lecaros

A la luz de esta historia tan real como admirable, cabría preguntarse: ¿por qué la Providencia, en su infinita sabiduría, quiso unir la más tierna de las devociones a una montaña marcada a fuego por la divina venganza? ¿No parece contradictorio? ¿Cómo se concilia el celo vengativo de Elías con la insuperable suavidad de la Virgen?

Santo Tomás de Aquino expone, en la Suma Teológica, las características de una virtud olvidada: la santa venganza. Sí, querido lector, cuando es practicada rectamente —he aquí la cuestión determinante— la venganza es una virtud evangélica, de la cual el mismo Jesucristo, nuestro Señor, nos dio ejemplo. De este modo, debe ser considerada hermana de las demás virtudes y con ellas armónica. Pero ¿en qué consiste esta virtud?

El Doctor Angélico explica que la venganza no es, en sí misma, mala o injusta. Y fundamenta su conclusión en el hecho de que el Altísimo, siempre bueno y justo, también se venga, conforme afirman las Escrituras: «Debemos esperar de Dios el poder vengarnos de los enemigos, pues en el Evangelio de Lucas leemos: “¿Dejará Dios de vengar a sus elegidos que claman a Él día y noche?” (18, 7), como si dijese: «Cierto es que los vengará».1

A continuación, Santo Tomás esclarece que hay que tener en cuenta las disposiciones de quien ejerce la venganza. Si lo que busca es el mal del pecador por odio a su persona y no como remedio para los efectos de su falta, la venganza es mala e ilícita. No obstante, «si lo que principalmente intenta el vengador es un bien, al que se llega mediante el castigo del pecador, por ejemplo, su enmienda o, por lo menos, el que se sienta cohibido, la tranquilidad de los demás, la conservación de la justicia y del honor debido a Dios, entonces puede ser lícita la venganza».2 Por consiguiente, «la venganza en tanto es lícita y virtuosa en cuanto que se ordena a la represión de los malos».3

Además, la virtud de la venganza no se contrapone a la paciencia en el sufrir las injurias, sino que se reconcilia con ella: «Los malos son tolerados por los buenos en lo de soportar pacientemente, como conviene que sea, las injurias propias; pero no así las injurias contra Dios o contra el prójimo. A este propósito dice Crisóstomo: “Ser paciente en las injurias propias es digno de alabanza; pero disimular las injurias contra Dios es demasiado impío”».4

Santo Tomás5 determina también las relaciones existentes entre la venganza y las virtudes de la fortaleza y del celo, siendo esta última hija de la caridad. La fortaleza predispone a la venganza apartando el temor del peligro inminente. Del celo, por cuanto supone fervor del amor, brota la raíz de la venganza contra las injurias hechas a Dios y al prójimo, consideradas como propias.

Por otra parte, a la venganza se le oponen dos vicios. El primero, por exceso, es la crueldad, en cuanto que se extralimita en el castigo; el otro, por defecto, en cuanto que es demasiado remiso en la aplicación del castigo debido, como señala el Libro de los Proverbios: «Quien no usa la vara odia a su hijo» (13, 24).6

Al entrar en contacto con tales comentarios, quizá el lector piense de manera precipitada que en el presente artículo se pretende exaltar algún tipo de venganza humana. Nada podría estar más lejos de la realidad, al ser ésta siempre susceptible de manifestar la miseria de las pasiones desordenadas tan comunes a nuestra naturaleza caída. Lo que se propone, eso sí, es realzar la belleza de una venganza que, por su propia esencia, es invariablemente perfecta y equilibrada: aquella ejercida por Dios contra sus enemigos, cuyo fiel reflejo se encuentra en la más excelsa de las criaturas.

En efecto, así entendida, la venganza tiene su morada en el Sapiencial e Inmaculado Corazón de María, como, por cierto, cualquier otra virtud. Aunque es la Madre de todas las dulzuras y suavidades, Nuestra Señora sabe actuar con prontitud y fuerza cuando las circunstancias lo exigen. Las victorias más grandes de la cristiandad han sido logradas por su intercesión, por eso la Iglesia la proclama la más implacable y eficaz enemiga de los que se levantan contra la fe: «La Virgen María, la amable Madre de Dios, por su descendencia aplastó la cabeza de la serpiente impía y sola destruyó todas las herejías».7

Contemplada en su santidad impar y en su providencial misión de Madre Corredentora y Medianera, Nuestra Señora es la venganza más hermosa de Dios contra el mal, el demonio y el pecado. Veamos por qué.

II – El sentido más alto de la Maternidad divina

En el capítulo 12 del Evangelio de San Mateo, el Señor les muestra a sus discípulos y a la opinión pública en general, la grandeza divina de su Persona. En medio de milagros en profusión y controversias con los fariseos sobre los exorcismos practicados por Él, el Redentor denuncia el pecado de aquella generación mala y adúltera: «Los hombres de Nínive se alzarán en el Juicio contra esta generación y harán que la condenen; porque ellos se convirtieron con la proclamación de Jonás, y aquí hay uno que es más que Jonás. Cuando juzguen a esta generación, la reina del Sur se levantará y hará que la condenen, porque ella vino desde los confines de la tierra, para escuchar la sabiduría de Salomón, y aquí hay uno que es más que Salomón» (12, 41-42).

La sabia insistencia acerca de su superioridad en relación con los grandes personajes del pasado, así como el hecho de señalar con severidad y truculencia la gravedad del pecado de rechazo cometido por los fariseos, forma parte de la insuperable didáctica empleada por Jesús en ese pasaje, a fin de desvelar poco a poco, delante del pueblo, su real identidad de Dios encarnado.

En ese contexto es en el que encaja la visita de la Santísima Virgen y de algunos parientes que la liturgia de hoy presenta, ocasión aprovechada por Nuestro Señor para poner de relieve la prominencia de los lazos sobrenaturales sobre los carnales. Se trata de un paso osado que da el divino Maestro en el camino que conduce a la manifestación del Padre eterno y de la filiación eterna de Jesús, así como de la participación en esa filiación de todos aquellos que, con fe auténtica, depositan su confianza en el Mesías.

Un vínculo sublime, pero ignorado

En aquel tiempo, 46 todavía estaba Jesús hablando a la gente, cuando su madre y sus hermanos se presentaron fuera, tratando de hablar con Él. 47 Uno se lo avisó: «Tu madre y tus hermanos están fuera y quieren hablar contigo».

Desde el principio, la venerable tradición de la Iglesia fundamenta todos los privilegios de Nuestra Señora en su Maternidad divina, debatida y dogmáticamente declarada en el Concilio de Éfeso. La Santísima Virgen es Madre de Dios y no de un simple hombre, lo que le confiere una singular relación con el Verbo hecho carne, hasta el punto de que eminentes teólogos se ocuparon de su participación en el plano hipostático. Su maternidad es, por tanto, al mismo tiempo natural y sobrenatural, y este último aspecto supera de manera infinita al primero, aunque ambos sean inseparables.

Sin embargo, la muchedumbre que seguía a Nuestro Señor ignoraba esta sublime realidad, al no ver todavía con la claridad de la fe la propia divinidad del Salvador. Para el público, aquella respetable mujer era tan sólo la progenitora de Jesús, considerado únicamente en su humanidad. Cuando el evangelista habla de «su madre y sus hermanos», supone esa visión terrena del auditorio.

Aunque los parientes de Jesús no siempre adhirieran con plena convicción a su doctrina y su modo de actuar, el hecho de que aparezcan en esta escena acompañados de Nuestra Señora sugiere que fueron movidos por una acción de la gracia. Por lo tanto, era la ocasión propicia para revelar la existencia de una nueva familia en el orden sobrenatural, lo que constituiría una venganza de Dios contra los pecados de sucesivas generaciones hebreas en la línea de rendir culto a falsas nociones de nacionalismo estéril, desvinculado de la fe. De hecho, los fariseos pusieron sus esperanzas en la filiación humana de los judíos en relación con Abrahán, así como en la circuncisión como rito carnal, pero no querían imitar la obediencia y la confianza del gran patriarca, virtudes que le obtuvieron la santidad y la salvación eterna.

Monte Carmelo (Israel)

La familia de Dios

48 Pero Él contestó al que le avisaba: «¿Quién es mi madre y quiénes son mis hermanos?». 49 Y, extendiendo su mano hacia sus discípulos, dijo: «Estos son mi madre y mis hermanos. 50 El que haga la voluntad de mi Padre que está en los Cielos, ese es mi hermano y mi hermana y mi madre».

La respuesta de Nuestro Señor sorprende a todos. Para Él los lazos de consanguinidad no representan nada comparados con la relación sobrenatural existente entre los que hacen la voluntad del Padre. Estos son los verdaderos hijos de Dios, pues viven en la gracia y en la obediencia a la fe. En consecuencia, el vínculo espiritual que une la Trinidad a sus hijos es mucho más consistente, perfecto y real que las ataduras derivadas de la simple naturaleza.

La explicación de la nueva familia divina conlleva la necesidad de una metanoia, de un cambio de mentalidad. Ubi maior, minor cessatdonde está el superior, el inferior cesa. Ante el inestimable don de ser hijo de Dios, los nexos humanos se eclipsan como la luz de una vela al amanecer. Jesús mismo afirma: «El que quiere a su padre o a su madre más que a mí, no es digno de mí; el que quiere a su hijo o a su hija más que a mí, no es digno de mí» (Mt 10, 37).

La profunda relación entre el Señor y María Santísima

¿Cómo se comprende entonces la relación entre el divino Redentor y su Madre? Lejos de proyectar una sombra sobre la vinculación íntima y estrecha entre Jesús y María, este Evangelio arroja luz para que entendamos hasta el fondo la belleza y la santidad de la unión existente entre ambos.

Nuestra Señora fue la criatura más obediente de todos los tiempos. El único anhelo de su Corazón Inmaculado era hacer la voluntad de Dios, el cual llevaba a cabo con irreductible determinación, adaptándose generosamente a los designios del Altísimo, por muy incomprensibles y dolorosos que fueran. Dócil al mensaje del arcángel Gabriel, la Santísima Virgen abrió las puertas de la justicia para que el Verbo descendiera a la tierra, y fue proclamada bienaventurada por su prima Santa Isabel por haber creído en lo que le había sido anunciado. Estaba dispuesta a cualquier sacrificio, incluso a ver morir a su Hijo en el patíbulo de la cruz, dando su «fiat» a cada paso.

A María le corresponde, como a ninguna otra criatura, el título de madre y hermana de Jesucristo en el sentido espiritual que le atribuye el pasaje comentado. Y desde ese prisma hemos de alabar con entusiasmo su Maternidad divina, vínculo indisoluble que la une a su amadísimo Hijo; vínculo natural, sin duda, pero que no significaría nada si no fuera asumido y perfeccionado por un vínculo sobrenatural de fulgor incalculable.

De este modo, la Virgen Madre es, en la acepción más elevada del término, la venganza divina contra la falta de Eva y contra quien la provocó creyendo que obtenía un triunfo definitivo. La malicia de esta primera virgen fue superada con creces por la santidad y felicidad de María, dando así a Dios una victoria gloriosísima en el orden de la Redención, ante el relativo fracaso causado por el pecado de los hombres en el orden de la Creación.

III – Nuestra Señora del Carmen hoy

La fiesta de Nuestra Señora del Carmen refulge en el calendario litúrgico con particular brillo por su vinculación con las cohortes proféticas del monte Carmelo y la espiritualidad ardiente de San Elías, así como por la difusión universal del santo escapulario mariano. No obstante, un halo de misterio envuelve este título tan especial.

La propia Santísima Virgen quiso promover esta devoción en sus apariciones más destacadas. En Lourdes, la última manifestación de la Bella Señora tuvo lugar el 16 de julio y, en Fátima, María se mostró a los tres pastorcitos vestida con el hábito del Carmen el 13 de octubre. Ambos acontecimientos revelan un horizonte grandioso que suscita un vivo interés.

Ante la apostasía general, una luz de esperanza

Estamos en una época de prevaricación que abarca a todos los pueblos, a las más variadas culturas e incluso la propia religión, lo que hace imperioso pensar que la misión de Elías debe renovarse con urgencia y redoblado celo. En tiempos de este varón providencial, Israel entero corría detrás de dioses falsos; hoy, sin embargo, se evidencia una situación aún peor. Siglos después de la Redención obrada por Nuestro Señor, la civilización cristiana es barrida por un torrente de apostasía que arrastra a ingentes multitudes. Por otro lado, la crisis enquistada en los medios católicos alcanzó tales proporciones que —¡oh, dolor!— vemos «la abominación de la desolación erigida en el lugar santo» (Mt 24, 15).

Ante este sombrío panorama, sólo hay una salida: la Virgen del Apocalipsis revestida de refulgente esplendor, con la luna bajo sus pies y una corona de doce estrellas sobre su cabeza (cf. Ap 12. 1). A Ella el Altísimo le encomendó la misión de Elías para los días que vivimos, misión ésta incalculablemente más heroica y grandiosa que la del profeta ígneo.

Nuestra Señora de Fátima revestida con el manto del Carmen

La Virgen florida del monte Carmelo, que en la plenitud de los tiempos fue el desquite de Dios a la desobediencia de Eva, será en estos últimos tiempos su más sublime venganza contra el pecado de aquellos que pisan la preciosísima sangre de Cristo. Por medio de sus hijos fieles derrumbará los ídolos hodiernos y librará a la Santa Iglesia de la cárcel oscura y purulenta donde sus enemigos pretenden retenerla, como emparedada viva, ya que no pueden destruirla en virtud de la promesa de inmortalidad que la sustenta (cf. Mt 16, 18).

De los purísimos labios de María se oirán exhortaciones al coraje en el santo combate de la fe, semejantes a las que se encuentran en el Apocalipsis de San Juan, hijo predilecto de la mejor de las madres:

«Vi otro ángel que bajaba del Cielo con gran autoridad, y la tierra se deslumbró con su resplandor. Y gritó con fuerte voz: “Cayó, cayó la gran Babilonia. Y se ha convertido en morada de demonios, en guarida de todo espíritu inmundo, en guarida de todo pájaro inmundo y abominable; porque del vino del furor de su prostitución han bebido todas las naciones, los reyes de la tierra fornicaron con ella, y los mercaderes de la tierra se enriquecieron con el poder de su opulencia”. Y oí otra voz del Cielo que decía: “Pueblo mío, salid de ella, para que no os hagáis cómplices de sus pecados y para que no os alcancen sus plagas; porque sus pecados se han amontonado hasta el Cielo, y Dios se ha acordado de sus crímenes. Pagadle con su misma moneda, devolvedle el doble de sus obras, mezcladle en la copa el doble de lo que ella mezcló. En proporción a su fasto y a su lujo, dadle tormento y duelo. Porque ella decía en su corazón: ‘Estoy sentada como una reina, no soy viuda y no veré duelo nunca’; por eso, en un solo día vendrán todas sus plagas, muerte, duelo y hambre, y será consumida por el fuego, porque es poderoso el Señor Dios que la condena”» (18, 1-8).

María Santísima, simbolizada por la nubecilla que anunció a Elías la proximidad de la lluvia, resplandecerá en lo alto del monte Carmelo alentando a las huestes del bien y dispersando a los enemigos de Dios, a fin de instaurar el Reino de Cristo sobre la tierra, como lo anunció en Fátima: «¡Por fin, mi Inmaculado Corazón triunfará!». Con los ojos puestos en Nuestra Señora del Carmen, procuremos con fidelidad y celo luchar por la causa de Dios, seguros de la victoria. El día de la santa venganza no tardará, alegrémonos y exultemos, pues nuestra liberación está cerca. 

Extraído de la revista Heraldos del Evangelio, #228.


1 SANTO TOMÁS DE AQUINO. Suma Teológica. II-II, q. 108, a. 1.

2 Ídem, ibídem.

3 Ídem, a. 3.

4 Ídem, a. 1, ad 2.

5 Cf. Ídem, a. 2, ad 2.

6 Cf. Ídem, ad 3.

7 SAN PÍO V. Consueverunt Romani Pontifices, n.º 1.

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