El hombre no puede realizar ninguna gran obra sin antes contemplarla interiormente. Con mayor razón, la Redención, un acto eminentemente divino, fue concebida primero por el Dios-Hombre en su Corazón. Dentro de este santuario íntimo, experimentó todo el desprecio, la angustia y las humillaciones asociadas a ella, y las deseó plenamente. Solo entonces, «como un guerrero, como un hombre de guerra» (Isaías 42:13), emprendió la gloriosa hazaña para la cual había venido al mundo. Esto comenzaría en la Última Cena con la afectuosa despedida que les dirigió a sus amados.

El contraste entre la efusión de amor divino de Nuestro Señor en este sublime misterio y el estado de ánimo de los Apóstoles es elocuente. Sí, incluso antes de sentir el arduo peso de la Cruz, Jesús experimentaría en su Sagrado Corazón la frialdad de aquellos más cercanos a Él y a quienes había obrado con especial bondad. Y no solo frialdad: la indiferencia e incluso la envidia, la rebeldía y el odio lo afligirían, como lo demuestra la terrible traición de Judas.

Una prueba similar afligiría a Nuestra Señora al entrar en aquellos días dolorosos y trascendentales: la dura impresión de que tanto los Apóstoles como el mismo Cielo presenciarían aquel drama sin manifestar oposición alguna, en una actitud de neutralidad. Esta ausencia de consuelo sensato le causaría innumerables tribulaciones, como se verá. Sin embargo, en su fidelidad intachable, se convertiría de manera eminente en la Corredentora de la humanidad por su plena unión con la Pasión de su Hijo.1

La despedida más sublime

Debido al amor infinito que sentía por su Santísima Madre, Nuestro Señor no quiso privarla de participar en esos momentos memorables, por lo que la invitó a pasar la Pascua con Él en Jerusalén.

Todos los Apóstoles se reunieron en el Cenáculo para la cena. María, en una habitación contigua con algunas de las Santas Mujeres, acompañó en su Inmaculado Corazón todo lo que ocurría con su Hijo en la sala principal. La culminación de la celebración sería la institución de la Sagrada Eucaristía, un misterio revelado a Ella y a San José por su Hijo durante los coloquios de su infancia. Desde entonces, María anhelaba recibir este Sacramento y se preparaba para él mediante innumerables comuniones espirituales.

¡Qué gozo experimentó cuando Nuestro Señor, después de haberse recibido en la Comunión,² se dirigió a la habitación donde Ella seguía discretamente el sublime desarrollo de aquel banquete y le dio el trozo de pan transustanciado en su Cuerpo, Sangre, Alma y Divinidad! En la Última Cena, María fue la primera en recibir la Comunión de manos de Jesús. Y desde ese momento, las Sagradas Especies jamás se consumirían en Ella,³ permitiéndole participar, de una manera mística y completamente única, en la Pasión de su Divino Hijo.⁴

“Ha llegado la hora”

Es fácil imaginar el dolor que sintió María cuando, en cierto momento de la Última Cena, Judas se levantó para consumar la traición entregando a su Divino Hijo al Sanedrín. Nuestra Señora rogó a aquel hombre miserable que abandonara su malvada intención, pero él no respondió a la voz de la gracia y se sumergió en la oscuridad que envolvía Jerusalén.

Tras la retirada del traidor, Nuestro Señor pronunció el sublime discurso de despedida que el Discípulo Amado recoge en su Evangelio (cf. Jn 14-17), al término del cual todos se levantaron para dirigirse al Huerto de los Olivos. El Divino Maestro se acercó a la Virgen María y, mirándola con extrema ternura, parafraseó las palabras que había pronunciado previamente ante sus amados: «Madre, ha llegado la hora» (cf. Jn 17,1), la temida hora de su dolorosa Pasión. Antes de marcharse, le preguntó si consentía en aquella inmolación.

María conocía perfectamente el plan de Dios para la Redención, pero el inmolado sería su propio Hijo… ¡Cuánto deseaba ocupar su lugar, evitarle esos horrores! Sin embargo, una vez más pronunció con firmeza su «fiat», presintiendo que la espada del dolor se acercaba para traspasar su Inmaculado Corazón sin piedad, tal como Simeón había profetizado el día de la Presentación en el Templo (cf. Lc 2,35).

La Santísima Virgen permaneció en el Cenáculo. Se retiró a una de las habitaciones del edificio y comenzó a acompañar místicamente al Salvador. Todo lo que le sucedía tenía en ella un efecto inefable, debido a la Presencia Eucarística que palpitaba en su sagrado seno. Había llegado el momento señalado por el Padre para que ella comenzara su participación efectiva en la Redención.

St. Gabriel, detail of the Annunciation by Fra Angelico – Detroit Institute of Arts (USA)
San Gabriel, detalle de «La Anunciación» de Fra Angelico

El ministerio angelical más “doloroso”

Justo antes de que comenzara la Pasión, el Altísimo llamó a San Gabriel. Además de encomendarle que impidiera que el diablo aprovechara la situación para causar daño físico a la Virgen María, le mostró los tormentos que Jesús sufriría y le confió, como guardián y representante divino de María, la tarea de obtener su consentimiento para cada uno de ellos. El Arcángel se encontró, pues, en la posición contradictoria de, sin abandonar la misión de defenderla, ser al mismo tiempo portador de la espada destinada a traspasar su dulcísimo Corazón.

Entonces comenzó un arduo diálogo interior que continuaría durante toda la Pasión. Mientras San Gabriel le presentaba cada sorbo del cáliz que debía tomar, la Virgen lo analizaba, aceptando el sufrimiento que causaría a Jesús y ofreciéndolo a Dios, manifestando así su profundo y purísimo consentimiento para que este tormento se efectuara en Él. Ni una gota de sangre, ni una herida, ni una ofensa escaparon a esta suprema regla impuesta por el Padre Eterno para el desarrollo del martirio del Dios-Hombre. Puede decirse que María sufrió dos veces —primero en el plano místico, luego en el físico— para que, de alguna manera, su Hijo sufriera un poco menos…

Del sueño a la huída

Al comenzar este diálogo sublime y doloroso, el Divino Redentor llegó con sus discípulos al Huerto de los Olivos. Allí invitó a San Pedro, San Juan y Santiago a velar con él, y se alejó un poco más para orar, con el alma «muy afligida, hasta la muerte» (Mc 14, 34).

Postrado rostro en tierra, Jesús tenía conocimiento de los sufrimientos que había de padecer, pues ya llevaba en su alma los dolores que sentiría en su santísima carne. A esto se sumaba la visión de la ingratitud de la humanidad a lo largo de la historia, que despreciaría la Preciosa Sangre que estaba a punto de ser derramada por una locura de amor. Jesús sopesó la aparente inutilidad de este sacrificio y su angustia aumentó, agravada por la apatía de los tres elegidos, que habían caído en un profundo sueño, fruto del egoísmo aún arraigado en sus almas.

Nuestra Señora se angustió profundamente al darse cuenta de que Jesús conocía su consentimiento a tales tormentos, lo cual provocó en su naturaleza humana, dotada del más perfecto espíritu filial, la sensación de ser abandonado por su Madre. Esta tentación persistiría de diversas maneras durante la Pasión como uno de sus mayores dolores.

En profunda angustia, Nuestro Señor suplicó: «Padre, si quieres, aparta de mí esta copa; pero no se haga mi voluntad, sino la tuya» (Lc 22,42). María, al ver los sufrimientos que su Hijo padecería, se unió a esta petición. Y su súplica fue respondida: un ángel le entregó a Jesús un cáliz que contenía un líquido misterioso que le dio fuerzas para seguir adelante.

«¡Levántense, vámonos! ¡Miren, mi traidor está cerca!» (Mt 26:46), exclamó a los tres elegidos, sumidos en un sueño profundo y melancólico. Ante la advertencia del Maestro, despertaron sobresaltados, pues ya se oía el clamor de la multitud que se acercaba para arrestarlo. Los apóstoles y discípulos huyeron, aterrorizados. Solo San Juan no abandonaría a Jesús, cumpliendo así su misión de acompañar a la Santísima Virgen María durante la Pasión.

Una vez dictada la sentencia, el Sanedrín necesitaba la aprobación del poder romano para ratificarla, ya que no tenían derecho a ejecutar a un prisionero. El sol comenzaba a asomar en el horizonte y Jesús debía ser llevado al Pretorio.

The Last Supper, by Fra Angelico – San Marco Museum, Florence (Italy)
La Última Cena, de Fra Angelico

El Santo fue objeto de burla.

Los Evangelios nos dicen que, aunque Pilato, convencido de la inocencia de Nuestro Señor, no creyó las falsas acusaciones contra Él y estaba decidido a liberarlo, la insistencia de los acusadores puso de manifiesto su cobardía, y el gobernador romano accedió a castigarlo.

Con las manos atadas, llevaron a Jesús para azotarlo y, «oprimido […] pero no abrió la boca; como cordero llevado al matadero» (Is 53:7). Los verdugos lo desnudaron, lo ataron a una columna y lo flagelaron con una crueldad inaudita. Mientras los azotes golpeaban el cuerpo sagrado de Jesús, María sintió los mismos golpes en su corazón, sufriendo hasta casi desmayarse.

Así como Nuestro Señor había revelado su realeza, también quisieron burlarse de Él precisamente por eso. En otra zona del palacio, aquellos hombres brutales lo vistieron con el manto púrpura de la burla e hicieron con Él lo que quisieron: lo abofetearon, le escupieron en la cara y lo empujaron hasta que cayó al suelo. Su depravación alcanzó su punto álgido cuando, en una parodia de coronación, le colocaron en la cabeza una especie de casco tejido con ramas llenas de espinas enormes.

En ese instante, la terrible diadema traspasó místicamente el Corazón de María, haciéndole experimentar los mismos dolores y humillaciones que su Divino Hijo.

El camino al Calvario

The Crucifixion – Museum of Fine Arts, Cordoba (Spain)
La Crucifixión – Museo de Bellas Artes de Córdoba (España)

Ni siquiera el desgarrador espectáculo del Ecce Homo conmovió los corazones del pueblo, instigado por sus líderes. Temeroso de comprometer su prestigio ante el augusto emperador, Pilato condenó al Inocente.

Cuando le presentaron la cruz, Jesús la recibió con emoción, la besó y se apresuró a cargarla sobre sus hombros para emprender el camino al Calvario. La multitud que lo rodeaba profería gritos infernales; muchos se reían, le arrojaban piedras o lo empujaban, provocando que cayera con la cruz, mientras los soldados lo golpeaban sin cesar.

En medio de aquel caos, la Virgen María recorría las calles de Jerusalén, intentando acompañar a Jesús de cerca. Al ver que su Hijo, oprimido por el peso de la Cruz, había caído por primera vez con el rostro en tierra, corrió a consolarlo. En ese instante, no solo ángeles y hombres, sino el universo entero se detuvo para contemplar una de las escenas más conmovedoras de la historia: el encuentro de la Madre con el Hijo caído al pie de la Cruz.

Cuando se levantó, con el rostro ensangrentado, la miró con una expresión de profundo dolor y dulzura. La adoración de la Virgen, impregnada de veneración y ternura, fue un precioso bálsamo que calmó el corazón del Redentor y le dio fuerzas para reanudar su camino. Otras caídas del adorable Hijo de María siguieron en el camino al Calvario, pero ella comprendió que era la voluntad divina que ya no interviniera.

La primera estigmatista

Cuando Jesús llegó a la cima del Calvario, se postró mansamente en la cruz, manifestando su disposición a ser clavado en ella. A continuación, se desencadenó una escena espantosa. Un soldado sacó los clavos de una bolsa, agarró el brazo izquierdo de Jesús y tomó el martillo para clavar el primero. La Santísima Virgen sintió que no podía soportar semejante espectáculo y apartó el rostro. El sonido de aquellos golpes y los suaves gemidos de su Divino Hijo resonaron cruelmente en el Corazón maternal de María, que se estremeció violentamente.

Para clavar el brazo derecho de Jesús, cuyos músculos se habían contraído debido a la perforación del otro brazo, los torturadores tuvieron que estirarlo con tanta fuerza que la mano izquierda estuvo a punto de desgarrarse o dislocarse. Finalmente, al clavarle ambos pies, ¡el dolor que sufrió la Virgen María alcanzó tal magnitud que no existen palabras humanas para describirlo!

Puede decirse que María tiene precedencia entre todos los santos de la historia que recibieron los estigmas de la Pasión, aunque en Ella fue un fenómeno estrictamente espiritual. Tales fueron sus sufrimientos en unión con su Hijo a causa de esas heridas.

La firmeza de María

Desde lo alto de la Cruz, Jesús contempló a la multitud que lo rodeaba y, en el centro, a su Madre. Con una compasión inefable, ella permaneció de pie (cf. Jn 19,25), con San Juan a su lado. ¿No habría sido más hermoso si María hubiera estado postrada en el suelo o arrodillada? No, porque ella participó en aquella inmolación. Su postura significaba que vivió la Pasión junto a su Hijo, como partícipe privilegiada de la Redención.

La actitud de Nuestra Señora fue un gran consuelo para el Dios-Hombre: su compasión lo fortaleció, sus lágrimas calmaron su Sagrado Corazón, su firmeza lo animó a perseverar hasta el final. En Ella vio la perfecta correspondencia con todo lo que había dado a la humanidad desde la Encarnación. En Ella, su Sangre fue plenamente fecundo. Pero, sobre todo, en el Inmaculado Corazón de María encontró reflejada su propia Pasión. Ambos Corazones, que forman uno solo, fueron clavados juntos en la Cruz.

En ese momento de máximo dolor, Jesús miró con amor a María y, dirigiéndose al discípulo que la sostenía, dijo: «Mujer, ahí tienes a tu hijo» (Jn 19:26). Luego se la entregó a San Juan como Madre: «Ahí tienes a tu madre» (Jn 19:27). Su intención era clara e indicaba la profunda relación maternal que ella tendría con todos los elegidos.

El misterio del abandono de un Dios

Al mediodía, densas nubes comenzaron a cubrir el firmamento; el sol se oscureció y anocheció. La soledad que rodeaba a Jesús se intensificó y las últimas y más difíciles tentaciones se presentaron ante Él.

Cuando el León de Judá clamó: «Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?» (Mt 27:46), demostró que sufría el peor de todos los tormentos: ¡sentirse abandonado por Dios! Este misterio resulta incomprensible incluso para los ángeles, pues, siendo Dios, ¿cómo podía sentirse abandonado por Él? A esto se sumaba la perplejidad de creerse, en cierta medida, abandonado por la Virgen María, a pesar de su plena certeza de que Ella jamás lo traicionaría.

En esta fase final, una angustia indescriptible invadió el alma santísima de María. Su sufrimiento supremo consistió en sentir su propia axiología desgarrada al discernir estas pruebas en la mirada divina de su Hijo, incapaz de acercarse a Él para consolarlo, aliviar sus dolores, asegurarle que ni Dios ni Ella lo habían abandonado, y aun así tener que aceptar lo contrario. Sin embargo, la Madre Dolorosa supo cómo mantener la esperanza contra toda esperanza, confiar en lo absurdo, seguir adelante en medio de la contradicción.

The burial of Christ, by Fra Angelico – San Marco Museum, Florence (Italy)
The burial of Christ, by Fra Angelico – San Marco Museum, Florence (Italy)

“Está consumado”

Finalmente, cuando Nuestro Señor comprendió que su hora había llegado, exclamó: «¡Consumado es!» (Jn 19:30). Y tras lanzar un grito de dolor que resonó por todo el universo, concluyó con voz suave: «¡Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu!» (Lc 23:46). Inclinando la cabeza, expiró.

Devastada por el dolor y derramando preciosas lágrimas ante la consumación del holocausto divino, la Virgen María estuvo a punto de perder el conocimiento. Pero, una vez más, permaneció de pie junto a la Cruz, como un estandarte victorioso que proclamaba la fe en las glorias de la Resurrección.

Dios Padre le pidió a la Virgen María un último sacrificio. Cuando el Cuerpo divino ya no pudo derramar más sangre para la redención de los hombres, Longino hirió el costado de Jesús con su lanza, atravesando el Sagrado Corazón y, por consiguiente, también el Inmaculado Corazón de María. Las lágrimas que María derramó con este último dolor se unieron a la sangre y la linfa del Salvador, dando origen a la Santa Iglesia.

Corredentora de la humanidad

Tras haber contemplado diversos aspectos de la compasión —etimológicamente, sufrir con— de Nuestra Señora, comprendemos la magnitud de su cooperación en el misterio de la Redención, eminente entre todas las demás e incluso, por voluntad divina soberana, necesaria.

La Cruz, consuelo para los católicos de todos los tiempos, fue el mayor dolor de María. Si bien es cierto que la Virgen María no sufrió físicamente —en lo que respecta a su cuerpo virginal, sin considerar su extrema sensibilidad—, soportó una plenitud de sufrimiento espiritual inalcanzable para cualquier ser humano.

Además, ella penetró en el alma de su Divino Hijo y discernió la inmensidad de su sufrimiento al sopesar los pecados de la humanidad derivados del rechazo de sus tormentos. Deseando aliviar al máximo este dolor, en su amor maternal por la humanidad, intercedió por todos los que vendrían en el futuro, uniendo sus oraciones y lágrimas a la Preciosísima Sangre Redentora. Por eso podemos afirmar con seguridad que los beneficios que recibimos en el plan de la gracia también fueron obtenidos por la Madre Lacrimosa.

Dr. Plinio in 1983 Foto: Sergio Miyazaki
Dr. Plinio en 1983 Foto: Sergio Miyazaki

Otro aspecto a considerar respecto a la participación de la Virgen María en la Pasión es una realidad mencionada al inicio de este artículo. Cuando recibió la Comunión en la Última Cena, las Sagradas Especies permanecieron en su seno y nunca la abandonaron. Con la muerte de Jesús, se produjo un profundo misterio que nuestra inteligencia no puede comprender: a pesar de la separación del alma del cuerpo, ambos permanecieron unidos a la divinidad en la Persona del Verbo. Este fenómeno tuvo lugar en la Eucaristía que se encontraba en María, de modo que no solo toda la Pasión, sino incluso la muerte de Nuestro Señor, se realizaron en su seno.

Respecto a este punto, el Dr. Plinio señala con toda razón: «Esto forma un hermoso contraste y afirma la victoria de Nuestro Señor sobre el diablo de una manera indescriptiblemente gloriosa. Pues, durante la Pasión, mientras estaba atado al pilar, cargando la Cruz, siendo crucificado e incluso muriendo, se encontró en su Paraíso, que es Nuestra Señora, y así triunfó en medio de la derrota».5

Por estas razones, el autor eleva su petición a Nuestro Señor Jesucristo para que llegue el día en que la Iglesia, en su infalibilidad, declare solemnemente el dogma de la Corredención de la Santísima Virgen María.

Traducción del artículo sin previa revisión del autor.
Contenido originalmente adaptado de:
María Santíssima! O Paraíso de Deus revelados aos homens.
[¡María Santísima! El paraíso de Dios revelado a los hombres.]
São Paulo: Arautos do Evangelho, 2020, v.II, p.451-492

Notas


1 Respecto a la participación de Nuestra Señora en la Redención, Benedicto XV declara: «Los Doctores de la Iglesia enseñan comúnmente que la Santísima Virgen María, que parecía ausente en la vida pública de Jesucristo, por disposición divina estuvo a su lado cuando fue ejecutado y clavado en la cruz. En comunión con su Hijo sufriente y agonizante, soportó el dolor y, en cierto modo, murió con Él; renunció a sus derechos maternales sobre su Hijo por la salvación de los hombres; y, para aplacar la justicia divina en la medida de lo posible, inmoló a su Hijo, de modo que puede afirmarse con razón que, con Cristo, redimió al género humano» (BENEDICTO XV. Inter sodalicia: AAS 10 [1918], 182). En el mismo sentido, Pío XI afirma: “La augusta Virgen, concebida sin pecado original, fue elegida como Madre de Cristo precisamente para participar en la Redención de la humanidad” (PIUS XI. Auspicatus profecto: AAS 25 [1933], 80); y Pío XII: «Fue Ella, la segunda Eva, quien, libre de todo pecado, original o personal, y siempre íntimamente unida a su Hijo, lo ofreció en el Gólgota al Padre Eterno por todos los hijos de Adán, manchados por el pecado de su infeliz caída, y los derechos y el amor de su madre fueron incluidos en el holocausto […]. Finalmente, soportando con valentía y confianza la tremenda carga de sus dolores y desolación, Ella, verdaderamente la Reina de los Mártires, más que todos los fieles, “completó lo que faltaba de los sufrimientos de Cristo… por su Cuerpo, que es la Iglesia” (Col 1,24)» (PIUS XII. Mystici Corporis Christi, n.106: AAS 35[1943], 247-248).

2 Cfr. CALLE. TOMÁS DE AQUINO. Suma teológica. III, q.81, a.1.

3 Es doctrina común entre los mariólogos más prestigiosos que Nuestra Señora ha recibido, en grado eminente, todas las gracias concedidas a los santos a lo largo de la historia y que le correspondían. Este principio parece confirmar la concesión de la permanencia eucarística a la Santísima Virgen (cf. ALASTRUEY, Gregório. Tratado de la Virgen Santísima. 4.ª ed. Madrid: BAC, 1956, pp. 687-688; GARRIGOU-LAGRANGE, OP, Réginald. La Mère du Sauveur et notre vie intérieure. París: Du Cerf, 1948, pp. 135-136).

4 Como explica Santo Tomás, en la Eucaristía, el Cuerpo de Jesús se encuentra tal como está en el momento, de modo que los participantes en la Última Cena fueron los únicos que lo recibieron en la Comunión mientras estaba en un estado pasible, capaz de sufrir (cf. SANTO TOMÁS DE AQUINO, op. cit., a.3).

5 CORRÊA DE OLIVEIRA, Plinio. Palavrinha. São Paulo, 18 de abril de 1981.