Beata Margarita Pole – El precio de la integridad

Margarita brilló en la Historia de Inglaterra por su virtud y su fe, aun cuando el injusto odio del cismático Enrique VIII encontró en ella una víctima y enemiga a la que destruir.

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Al rayar el alba del 27 de mayo de 1541, avisaron a la condesa de Salisbury de que su última hora había llegado. Su largo e injusto cautiverio en la temible Torre de Londres se terminaba. En defensa de su inocencia, su sentido de justicia la inducía a protestar contra la crueldad del rey Enrique VIII; pero ignorada, se dirigió con paso firme y decidido al lugar de su ejecución.

Cerca de ciento cincuenta personas se encontraban allí para presenciar el lúgubre espectáculo. Sin perder la compostura de su nobilísimo linaje ni la dignidad propia de los blancos cabellos de una septuagenaria, la prisionera, tras encomendar su alma a Dios, se inclinó sobre un rudo tronco de madera.

El verdugo, no obstante, joven inexperto y torpe, inepto para tal oficio, golpeó con el hacha los hombros de la víctima de una manera repugnante, lo que no hizo más que aumentar su postrer sufrimiento. Dilacerada por el dolor, la desafortunada dama se levantó instintivamente e intentó correr alrededor de la tarima, siendo detenida enseguida. Finalmente, después de inhábiles y repetidos hachazos, la decapitaron.

El asombro que provoca esta narración sugiere naturalmente que la encausada habría cometido alguna particular atrocidad o bellaca traición. Sin embargo, no existía ningún justo motivo para su condenación… y quizá esa fuera la verdadera razón de tamaña violencia.

Sí, porque suele ocurrir que los peores castigos del mundo son aplicados no al crimen, sino a la inocencia. Prueba de ello, por encima de innumerables ejemplos, es la Pasión y Muerte del Inocente, Jesucristo, víctima insuperable de la larga historia de la crueldad humana.

Así, siguiendo los divinos pasos del Redentor, esta mártir inglesa, la Beata Margarita Pole, supo sobrellevar con grandeza de alma una deshonesta persecución, que había empezado mucho antes de su asesinato.

Suele ocurrir que los peores castigos son aplicados no al crimen, sino a la inocencia…
Y eso es lo que pasó en la temible Torre de Londres, en 1541

Torre de Londres (Inglaterra)

En el seno de la casa real

Margarita Pole nació el 14 de agosto de 1473. Era hija del duque de Clarence, Jorge Plantagenet —hermano de los reyes Eduardo IV y Ricardo III de Inglaterra—, y de Isabel Neville, hija del conde Edmundo Warwick, del linaje de York. Tal ascendencia hacía que perteneciera a la antigua casa real inglesa, siendo la última Plantagenet, pues con ella se terminaba esta dinastía, reinante entre 1154 y 1399.

Debido a la prematura muerte de sus padres, se educó con sus primos, los hijos de Eduardo IV. A los 21 años se casó con sir Ricardo Pole, con quien tuvo cinco hijos: Enrique, Godofredo, Arturo, Reginaldo —que llegó a ser cardenal, legado papal y más tarde arzobispo de Canterbury— y Úrsula. Los crio sola, tras haber enviudado en 1505.

En 1509, el entonces joven Enrique VIII ascendía al trono inglés en lugar de su fallecido hermano mayor, Arturo. Los lazos de sangre lo convertían a él y a Margarita en parientes cercanos. En efecto, la futura mártir era prima de Isabel de York, madre del monarca.

Durante un cierto período, el soberano alimentó nobles sentimientos hacia ella. La consideraba la «mujer más santa de su reino»1 e incluso le devolvió la posesión de los derechos de su familia, confiscados desde la muerte de su hermano Eduardo. En 1513, la nombró condesa de Salisbury.

Y como prueba de más afecto y reconocimiento todavía, junto con su esposa Catalina de Aragón, le encomendó la educación de su hija, la princesa María Tudor. La condesa fue madrina de Bautismo y de Confirmación de la que un día sería reina de Inglaterra e Irlanda.

Ahora bien, si el corazón de este soberano parecía, al principio, repleto de buenas intenciones, pronto se reveló soberbio y ambicioso. A pesar de haber luchado por los intereses de la Santa Iglesia contra el protestantismo y recibido del sumo pontífice el honroso título de Defensor de la fe, se creyó con derecho a sepultar en el cisma a la nación inglesa, a fin de justificar su abyecta lujuria…

Categórico rechazo al error

De hecho, Enrique VIII, envilecido por sus malas pasiones, se dejó seducir por Ana Bolena, una de las damas de la corte. Entonces empezó a buscar la manera de anular su legítimo matrimonio con Catalina de Aragón, aduciendo, entre otros, el pretexto de que ella no había podido engendrar a un hijo varón que llegara a heredar el trono.

Al encontrar una evidente resistencia por parte de las autoridades eclesiásticas, se proclamó oficialmente como único jefe de la Iglesia en Inglaterra: había sido declarada la ruptura con Roma. A partir de entonces, la historia inglesa quedaría indeleblemente manchada por la rubra sangre de innumerables católicos que osaron resistirse a los frenéticos arrebatos de impudicia y capricho de un rey.

«La condesa Margarita Pole», por su parte, «siempre considerada como una mujer santa, de profunda y arraigada fe, con gran fortaleza y acostumbrada a sufrir»,2 enfrentó esa tortuosa situación junto con Catalina de Aragón y María Tudor, sumisa a la Iglesia verdadera y reprobando de forma categórica las locuras del monarca.

Comienza la persecución

Margarita se convirtió en el blanco de la ira de Enrique VIII por significar, con su mera presencia, una condenación a su conducta adúltera
Enrique VIII con Juana Seymour, la tercera de sus seis mujeres, y su hijo Eduardo – Palacio de Hampton Court (Inglaterra)

Constante en su resolución de fidelidad, Margarita se convirtió en el blanco de la enemistad y el odio de Enrique VIII, no porque representara una amenaza para sus pérfidos intereses, sino por el hecho de que la mera presencia de esa noble y virtuosa dama se había vuelto la más tenaz condena de su conducta.

El Libro de la Sabiduría denuncia con profético acierto el raciocinio de los malos cuando se hallan ante la integridad: «Acechemos al justo, que nos resulta fastidioso: se opone a nuestro modo de actuar […]. Es un reproche contra nuestros criterios, su sola presencia nos resulta insoportable» (2, 12.14). Sin duda, «todo el que obra el mal detesta la luz» y trata destruirla «para no verse acusado por sus obras» (Jn 3, 29). Lo mismo haría el rey de Inglaterra con aquella de quien antes afirmaba amar y honrar como a su propia abuela.

Al no poder librarse de ella de inmediato, como deseaba, sin que suscitara inconvenientes y encendidas protestas, Enrique VIII actuó con cautela y discreción. Su primer golpe fue apartarla de las funciones de institutriz y excluirla de la corte, en 1533. Con ello pretendía alejar a María Tudor de la influencia de Margarita, pues le atribuía a ésta las resistencias que notaba en la princesa.

La separación hizo que ambas, que se querían como madre e hija, sufrieran profundamente.

Venganza contra la familia Pole

En 1536, cuando Ana Bolena había sido rechazada por el rey, Margarita fue reincorporada a la corte. Si bien que la furia de Enrique VIII contra ella no disminuyó nada; por el contrario, se exasperó aún más al enterarse de que Reginaldo Pole —hijo de la condesa y firme opositor de su conducta— había sido llamado a Roma para ser nombrado cardenal por el Papa Pablo III.

Como si eso no bastara, en 1540 cayó en manos del monarca el tratado Pro ecclesiaticæ unitatis defensione,3 cuyo autor era el propio purpurado, en el cual se evidenciaba la falacia de sus argumentos. Entonces el rey decidió llevar a cabo su extrema venganza contra la familia Pole.

El cardenal hacía años que se había mudado a Italia, a causa de su desacuerdo con el soberano, y se negaba a regresar a tierras inglesas. Esto fue lo único que lo libró de la muerte; sin embargo, no pasó lo mismo con sus allegados. El 3 de noviembre de 1538, dos de sus hermanos y algunos familiares más fueron encarcelados acusados de alta traición. Su verdadero crimen, según informes de la época, había sido el de ser consanguíneos del cardenal… Todos, a excepción de uno, fueron asesinados al cabo de dos meses.

Hasta los corazones más endurecidos hallarían suficiente en demasía la tortura infligida a una madre cuyo hijo había sido decapitado y varios parientes asesinados; no así, empero, el rencoroso y voluptuoso Enrique, que aún buscaba desquitarse.

El 13 de noviembre de 1538, la valiente condesa fue arrestada en su propia casa y sometida a un amplio y taimado interrogatorio. Esperaban encontrar razones para acusarla de fomentar sublevaciones populares contra la Corona y de contemporizar con las maquinaciones revolucionarias de sus hijos.

Pese a todo, lo único que sus detractores pudieron afirmar fue que «nunca habían visto ni oído a una mujer tan decidida, tan sólida, tan precisa en gestos como en palabras» y que sus honestas respuestas sólo les permitían concluir dos cosas: «O bien que sus hijos jamás le habían contado el secreto de la conspiración, o bien que ella era la traidora más arrogante y astuta que haya existido».4

Condenada por su brillante inocencia

A la heroica Margarita, a pesar de ello, le confiscaron sus bienes y la llevaron prisionera a Cowdray Park, donde la trataron sin la mínima civilidad. Su casa, minuciosamente registrada en busca de pruebas, también testimonió su inocencia, ya que no encontraron nada que la inculpara.

La sometieron, entonces, a un nuevo interrogatorio y se vieron obligados otra vez a reconocer su virtud: «Podemos llamarla un varón fuerte y firme, más que una mujer. Ante todos nuestros intentos, siempre se ha mostrado honrada, valerosa y correcta».5

Durante meses la obligaron a vivir en reclusión y aislamiento. En cierto momento, una arbitraria sentencia vino a acrisolar su prueba. De mayo a junio de 1539, la Cámara de los Lores y la Cámara de los Comunes, mediante un acto legislativo, condenaron a muerte a dieciséis personas, sin ningún tipo de juicio previo o posibilidad de defensa. Un auténtico abuso de poder… Y entre las víctimas estaba la condesa de Salisbury.

¿Qué pruebas presentaron contra ella? Una túnica de seda blanca en la que estaban bordadas las cinco llagas, símbolo que juzgaron vincularla a la llamada Peregrinación de Gracia, un movimiento de protesta contra el cisma del monarca inglés, en el que estaban implicados nobles y gente del pueblo. Además, se supone que había sido hecha por uno de sus acusadores con el fin de condenarla.

El 28 de junio, Margarita fue trasladada a la Torre de Londres para iniciar allí la última y más dolorosa etapa de su calvario.

En esa prisión pasó casi dos años, antes de que fuera ejecutada su sentencia, padeciendo las inclemencias del invierno con escasa ropa. La privación de casi todo lo necesario preparó su alma, ya tan paciente, para aquel fatídico y glorioso 27 de mayo, en que, víctima del odio injusto de un reino, pudo presentarse victoriosa y sin mancha al Rey de los Cielos.

Conmoción general por su muerte

En su martirio, Margarita brilló como un
ejemplo de integridad a imitar

Beata Margarita Pole – Iglesia de Nuestra Señora y de los Mártires ingleses, Cambridge (Inglaterra)

Cuando se consumó su martirio en 1541, los malos tratos que había sufrido se convirtieron en blanco de reprobación universal. El embajador francés Marillac le escribió al rey Francisco I contándole que el episodio «más merece compasión que largas cartas» y añadía: «La condesa de Salisbury fue decapitada […], en presencia de tan poca gente que hasta la tarde se dudó si había sido verdad. […] La manera de proceder en su caso parece indicar que tenían miedo de matarla públicamente y la ejecutaron en secreto».6

Chappuys, embajador del emperador Carlos V, afirmó que aquella fue «la más extraña y lamentable ejecución», porque siendo «casi septuagenaria y que, según el curso natural de las cosas, ya no le quedaba mucho tiempo de vida, no había razón que pudiera legitimar esa precipitada muerte».7

También el cardenal Pole, transido de dolor por lo ocurrido, lamentó: «El rey hizo decapitar a mi madre por su constancia en la fe católica, a pesar de que tenía setenta años y era, después de sus propios hijos, su pariente más cercana. Esta es la recompensa que ha tenido a bien darle por el cuidado que puso en la educación de su hija y por los largos servicios que le ha prestado».8

Reconocimiento de sus virtudes

«Bienaventurados los que sufren persecución por causa de la justicia», fueron las últimas palabras de esta mártir. Y bien pueden ser consideradas como la justa definición de su vida. Al decir de uno de sus biógrafos, «se esfumó, víctima inocente de Enrique VIII, sin ser desmentida ni un momento en su negativa a confesar crímenes que no había cometido. […] Así terminó la vida singularmente dolorosa de la última descendiente directa de una estirpe real al lado de la cual los Tudor no eran más que advenedizos».9

La condesa de Salisbury brilló ante Dios como una heroína y su fidelidad otrora desconocida fue proclamada al mundo entero por el sumo pontífice en 1886, con ocasión de su beatificación.

Contra el mal, ¡integridad e indignación!

El martirio de la Beata Margarita Pole es un maravilloso ejemplo de integridad a ser imitado. Frente a la insaciabilidad del mal, manifestada allí por el odio de un rey corrompido —que no cede, no descansa, no perdona ni tiene compasión; que impone la muerte, la destrucción y el deshonor; que se venga de todo y desprecia a quien se opone, con hechos o de palabra, a sus objetivos—, esta alma intrépida supo levantar el estandarte de la integridad, de la rectitud y de la fe católica.

Así pues, la sangre de esta mártir, tan generosamente ofrecida, sube al Cielo como una oración de noble valor: «¡Ojalá mataras, oh Dios, a los malvados! Apártense de mí los sanguinarios, pues hablan de ti dolosamente, y tus adversarios cuchichean en vano. ¿No odiaré a quienes te odian, Señor?, ¿no detestaré a quienes se levantan contra ti? Los odio con odio sin límites, los tengo por enemigos» (Sal 138, 19-22). 

Extraído de la revista Heraldos del Evangelio, #226.


1 BIRON, Reginald; BARRENES, Jean. Reginald Pole. Un prince anglais, Cardinal-Légat au XVIᵉ siècle. Paris: Librairie Generale Catholique, 1922, p. 152.

2 ECHEVERRÍA, Lamberto; LLORCA, SJ, Bernardino; REPETTO BETES, José Luis (Org.). Año Cristiano. Madrid: BAC, 2004, v. V, p. 639.

3 Del latín: En defensa de la unidad de la Iglesia.

4 BIRON; BARRENES, op. cit., p. 142.

5 ECHEVERRÍA; LLORCA; REPETTO BETES, op. cit., p. 642.

6 Ídem, pp. 644-645.

7 BIRON; BARRENES, op. cit., p. 154.

8 Ídem, p. 155.

9 Ídem, p. 154.

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