Al recibir un signo de su Pasión inminente, Jesús vio que había llegado la hora de su glorificación.
La Liturgia selecciona el Evangelio de este domingo como preparación para la Pasión de nuestro Salvador. A medida que se acerca la Muerte de Jesús, comienzan a brillar los primeros rayos de su glorificación posterior. “¡Per crucem ad lucem!” — por la Cruz, alcanzará el fulgor del triunfo.
Analicemos el relato de San Juan Evangelista.
Algunos griegos quieren conocer a Jesús
“Unos griegos que habían subido a Jerusalén para adorar durante la fiesta se acercaron a Felipe, que era de Betsaida de Galilea, y le dijeron: ‘Señor, queremos ver a Jesús’. Felipe fue a decírselo a Andrés; y Andrés y Felipe se lo dijeron a Jesús” (Jn 12, 20-22).
Según muchos comentaristas, este episodio está relacionado con la entrada triunfal de Jesús en Jerusalén. Todo sugiere que Nuestro Señor aún estaba con los discípulos en el llamado Atrio de los Gentiles.
El grupo que se acercó a Felipe estaba compuesto por gentiles griegos, no por judíos procedentes de Grecia. Sin embargo, eran prosélitos, o al menos personas fuertemente inclinadas hacia la religión hebrea, al punto de subir al Templo para adorar al Dios verdadero.
La presencia de griegos con Nuestro Señor indica la inminente conversión de los gentiles. Serán invitados a unirse al triunfo mesiánico de Cristo, pasando a formar parte de su rebaño. El contexto del Evangelio de San Juan transmite que su deseo de conocer al Divino Maestro no se debía simplemente a la curiosidad. Es probable que hubieran oído noticias de las maravillas obradas por Jesús y ecos de su doctrina divina. Llenos de admiración, anhelaban conocerlo y quizás hacerle las preguntas que suelen surgir en los nuevos conversos. Posiblemente ya habían tenido algún contacto con los Apóstoles. Felipe, como subraya el Evangelista, era de Betsaida, un lugar donde los griegos eran numerosos. Por eso se sintieron más cómodos hablándole a él.
Al oír la petición, Felipe no la rechazó. Esto es otro indicio de que los conocía y los consideraba dignos de acercarse al Señor. Pero se encontró en un dilema, porque había presenciado reacciones poco favorables del Maestro hacia los gentiles—como en el episodio con la mujer cananea. Ella, por su humilde insistencia, logró que el Señor atendiera su ruego: “Entonces Jesús le respondió: ‘¡Oh mujer, grande es tu fe! ¡Que se cumpla lo que deseas!’ Y su hija quedó curada desde aquel momento” (Mt 15,28). Quizá por temor a lo que pudiera suceder, el joven Apóstol creyó mejor buscar el apoyo de Andrés. Así, ambos fueron juntos a presentar a Jesús la solicitud de aquellos griegos.
¿Fueron recibidos por el Maestro? ¿Y si fue así, qué se habló? San Juan no nos lo dice, pues su Evangelio suele pasar por alto los detalles concretos para centrarse en el contenido moral.
El signo esperado por Nuestro Señor
“Jesús les respondió: ‘Ha llegado la hora de que sea glorificado el Hijo del hombre’” (Jn 12,23).
A lo largo del Evangelio, la naturaleza humana de Nuestro Señor se subraya con frecuencia, mientras que en otras ocasiones resalta su divinidad. En este episodio, Él reacciona como Hombre ante la petición de aquellos griegos, que lo impresionó profundamente. ¿Por qué? Porque estaba esperando un signo claro de que su hora había llegado. El acercamiento de estos gentiles, comenta San Agustín, era ese signo, pues indicaba que pueblos de todas las naciones llegarían a creer en Él después de su Pasión y Resurrección. Señalaba, por tanto, el carácter universal de su predicación y misión, y la llegada del tiempo en que sería glorificado.
Así, el presagio de la glorificación se mezcla con el de los terribles tormentos que tendría que sufrir: “‘Y cuando yo sea levantado de la tierra’ —dirá más adelante— ‘atraeré a todos hacia mí’. Esto lo decía indicando de qué muerte iba a morir.” Jesús alude a su Muerte, subrayando siempre el triunfo y la glorificación que traerá consigo. Busquemos comprenderlo más a fondo.
Se acerca la hora de su glorificación
Sabemos que la humildad es una virtud elevada, cuyo ejercicio el Divino Maestro impuso a todos: “Porque todo el que se ensalza será humillado, y el que se humilla será ensalzado” (Lc 14,11). En el Magníficat, Nuestra Señora entona: “Desplegó la fuerza de su brazo, dispersó a los soberbios de corazón; derribó a los poderosos de sus tronos y exaltó a los humildes” (Lc 1,51-52).
La condenación de los soberbios se encuentra prácticamente desde el principio hasta el final de la Sagrada Escritura, con un lenguaje tan decisivo como el de estos dos pasajes.
Pero aquí nuestro Redentor afirma: “Ha llegado la hora de que sea glorificado el Hijo del hombre.” En otra ocasión, Jesús había dicho: “Yo no busco mi gloria; hay quien la busca y Él es el que juzga” (Jn 8,50). Y cerca ya de la Pasión: “Así habló Jesús, y alzando los ojos al cielo, dijo: ‘Padre, ha llegado la hora: glorifica a tu Hijo, para que tu Hijo te glorifique a Ti […]. Ahora, Padre, glorifícame cerca de Ti con la gloria que yo tenía contigo antes que el mundo existiera’” (Jn 17,1.5).
¿Cómo explicar esta aparente contradicción?
En realidad, aparte de la vanagloria, existe una gloria verdadera. Así, Jesús no buscaba su propia gloria, pero tampoco dejó de afirmar la suprema excelencia de su naturaleza divina y de manifestarla cuando las circunstancias lo exigían. Existe, por tanto, una exaltación y una gloria que son buenas. ¿Cómo distinguirlas de la vanagloria? Con su reconocida claridad, Santo Tomás de Aquino aborda este problema en la Suma Teológica.
Gloria y vanagloria
El Doctor Angélico comienza preguntando si el deseo de gloria es un pecado. Para responder, recuerda que, según San Agustín, “ser glorificado es lo mismo que ser esclarecido”. Y continúa: “La claridad y la hermosura implican cierta manifestación: por eso la palabra gloria denota propiamente la manifestación de algo en cuanto aparece bello a los ojos de los hombres […]. Y como lo que es claro puede verse por muchos y aun por los que están lejos, la palabra gloria significa que el bien de alguien es conocido y aprobado por muchos.”
Definido el concepto de gloria, afirma: “No es pecado conocer y aprobar el propio bien.” Igualmente, “no es pecado querer que otros aprueben las obras buenas: pues está escrito (Mt 5,16): ‘Brille así vuestra luz delante de los hombres.’ Por tanto, el deseo de gloria no implica en sí mismo pecado.”
En el extremo opuesto, Santo Tomás explica que la apetencia de vanagloria es un vicio y ocurre en tres circunstancias: cuando se busca gloria por algo inexistente o indigno; cuando se busca la aprobación de personas con mal juicio; y cuando el deseo de gloria no se orienta hacia su fin propio, que es el honor de Dios o la salvación del prójimo.
En la continuación de su razonamiento, Santo Tomás afirma: “Asimismo, uno puede buscar rectamente su propia gloria por el bien de otros, según Mateo 5,16, ‘para que vean vuestras buenas obras y glorifiquen a vuestro Padre’.” La gloria que podemos recibir de Dios no es vana, y está prometida como recompensa por las buenas obras.
Es legítimo desear la propia gloria
El resultado es que uno puede desear la alabanza —continúa el santo— “en cuanto sea útil para algo: ya para que Dios sea glorificado por los hombres, ya para que los hombres mejoren al conocer el bien que hay en otro, o para que el hombre, conociendo por el testimonio de la alabanza ajena el bien que hay en él, se esfuerce en perseverar y mejorar.”
Por lo tanto, la vanagloria y la verdadera gloria son diametralmente opuestas, y esta última es virtuosa mientras su intención sea la alabanza de Dios, el bien del prójimo y la propia santificación.
Santo Tomás concluye su análisis hablando de la necesidad de que cada uno cuide vigilante su buen nombre, afirmando: “Es laudable que el hombre cuide de su buena fama y que procure lo que es bueno ante Dios y ante los hombres; pero no que halle un placer vacío en los elogios humanos.”
En vista de ello, procurar el honor personal es una obligación. El Libro del Eclesiástico nos exhorta: “Cuida tu nombre, que permanecerá más que mil tesoros de oro. Los días de una vida buena son contados, pero un buen nombre permanece para siempre” (41,12-13). Y en Proverbios: “Más vale buen nombre que muchas riquezas, y la buena fama más que plata y oro” (22,1). San Pablo, por su parte, aconseja: “Procurad lo bueno ante todos los hombres” (Rom 12,17).
Sacrificio indispensable
Consideremos ahora las bellísimas palabras de Jesús, pronunciadas como respuesta a la petición de aquellos griegos: “En verdad, en verdad os digo: si el grano de trigo no cae en tierra y muere, queda solo; pero si muere, produce mucho fruto” (Jn 12,24).
Como el grano de trigo, Él debe morir, y morir en la Cruz. Frente a este sacrificio supremo, se percibe la fragilidad de la naturaleza humana asumida por el Verbo de Dios. Sus declaraciones parecen querer confirmar su decisión, aunque ya está tomada: “El que ama su vida la pierde, y el que odia su vida en este mundo la guardará para la vida eterna. El que quiera servirme, que me siga, y donde Yo esté, allí estará también mi servidor. A quien me sirva, el Padre le honrará” (Jn 12,25-26).
Quien se entrega a la práctica del vicio y el pecado ama su vida en este mundo, explica San Juan Crisóstomo. Es resistiendo las pasiones como la conserva para la vida eterna.
Getsemaní
“Ahora mi alma está turbada. ¿Y qué diré? ‘Padre, líbrame de esta hora’? ¡Pero si he llegado a esta hora para esto! Padre, glorifica tu nombre” (Jn 12,27-28a).
El soliloquio de Nuestro Señor continúa, cada vez más personal, sublime y conmovedor. Sus palabras están intercaladas con silenciosas pausas de contemplación. El Redentor se estremece ante la vista de la Cruz, y su turbación —comenta San Juan Crisóstomo— nos muestra cuán plenamente había asumido la naturaleza humana, siendo Él la Segunda Persona de la Santísima Trinidad.
El misterio del contraste simultáneo de sentimientos en una sola Persona es inefable e insondable para nuestra inteligencia: mientras su naturaleza divina estaba permanentemente llena de gozo, su naturaleza humana lo llevaría a sudar sangre en Getsemaní. Sin embargo, con corazón noble, reaccionaba a veces ante los tormentos, para luego volver a la plena paz, como comenta el célebre exegeta Louis Claude Fillion.
Se oye la voz del Padre
“Padre, glorifica tu nombre.” Con su Muerte, Jesús busca ante todo la gloria del Padre, que escucha su oración: “Entonces vino una voz del cielo: ‘Lo he glorificado y de nuevo lo glorificaré’. La multitud que estaba allí y lo oyó decía que había sido un trueno; otros decían: ‘Un ángel le ha hablado’. Respondió Jesús: ‘No por mí ha venido esta voz, sino por vosotros’” (Jn 12,28-30).
Esta fue una de las tres ocasiones en que el Padre se manifestó públicamente según el Evangelio —las otras dos son el Bautismo del Señor y la Transfiguración—, siempre con el efecto de glorificar al Hijo. Aquí se dirige a todos los hombres, anunciando el triunfo del Verbo Encarnado y permitiendo a Jesús contemplar, con luz divina, los frutos de su Pasión: “‘Ahora es el juicio de este mundo; ahora el príncipe de este mundo será echado fuera. Y cuando Yo sea levantado de la tierra, atraeré a todos hacia mí.’ Decía esto indicando de qué muerte iba a morir” (Jn 12,31-33).
Aquí “el juicio de este mundo” designa —comenta San Agustín— cómo el poder del demonio sobre los redimidos será quebrado por Jesús. Y Fillion añade: “El Salvador contemplaba su futura victoria sobre todos sus enemigos como algo ya consumado. Ve al mundo perverso —ese poderoso adversario suyo— ya juzgado y condenado; ve al ‘príncipe de este mundo’, es decir, a satanás, expulsado de gran parte de sus dominios por la conversión de los gentiles. […] [Jesús] olvida ahora las humillaciones y sufrimientos de la Crucifixión, para pensar sólo en sus felices consecuencias.”
Dos lecciones
El Evangelio de hoy nos trae dos hermosas e importantes lecciones:
Primero, por la gloria de Dios, debemos no sólo aceptar el sacrificio de nuestra propia vida, sino también huir de la vanagloria.
Segundo, debemos, si es necesario, buscar la gloria verdadera por el bien de los demás y por nuestro propio bien.
“Christianus alter Christus — El cristiano es otro Cristo.” Es nuestro deber ser otros Cristos en lo que respecta al fin último para el que fuimos creados y redimidos: ad maiorem Dei gloriam, para la mayor gloria de Dios, como expresó San Ignacio de Loyola en el lema elegido para su Compañía de Jesús. ◊