Polvo, ceniza y nada

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Tres sencillas palabras, grabadas en una lápida romana, nos invitan a considerar de frente y con humildad nuestra existencia en este mundo y a depositar nuestra esperanza en la gloria futura.

Imposición de la ceniza durante una Misa en la basílica de Nuestra Señora del Rosario, Caieiras (Brasil)

Quien pasea por las sinuosas callejuelas de Roma a veces tiene la impresión de estar visitando una necrópolis. En el antiguo Campo de Marte, por ejemplo, destaca el imponente mausoleo de Augusto, que conserva los restos de la dinastía julio-claudiana. Más allá de las murallas romanas se encuentran las catacumbas, pobladas de reliquias de mártires. En las iglesias, tumbas de Papas, cardenales y diversos clérigos disputan el espacio con las imágenes sagradas.

Una característica concorde en los epitafios, sea de patricios, sea de eclesiásticos, es la exposición de su linaje, sus funciones y honorificencias, así como la fecha de fallecimiento. Esta antigua forma de obituario podía variar mucho en dimensiones, dependiendo de la fama —real o supuesta— del difunto.

No obstante, en contraste con los frecuentados cafés de la Vía Veneto, despunta la iglesia de Nuestra Señora de la Concepción de los Capuchinos. Allí se puede visitar la impactante cripta de la Orden, donde se conservan las osamentas de más de 4000 religiosos. Su común epitafio está estampado en la famosa frase que da la «bienvenida» al visitante: «Fui quien tú eres; tú serás lo que yo soy» (cf. Eclo 38, 23). Cada uno de nosotros es, de hecho, un «cadáver aplazado»…1

Nave central de la iglesia de Nuestra Señora de la Concepción de los Capuchinos, Roma, con la lápida del cardenal Antonio Barberini en primer plano- Foto: Paolo Romiti / Alamy Foto de stock

En la nave del templo, frente al altar mayor, está enterrado el cardenal Antonio Barberini, OFM Cap. En su lápida, sin embargo, no están grabadas las numerosas funciones que ejerció en la curia romana, ni los títulos nobiliarios de su influyente familia. En realidad, eligió el más universal de los epitafios: «Hic iacet pulvis, cinis et nihil» — Aquí yace polvo, ceniza y nada. Aún así, hasta este mensaje es efímero, pues, como advierte Ausonio, «los monumentos se deterioran y la muerte también les llega a los mármoles y a los nombres».2

La inscripción está inspirada en la exhortación litúrgica propia al Miércoles de Ceniza: «Acuérdate de que eres polvo y al polvo volverás» (cf. Gén 3, 19). De hecho, los vivos son polvo tanto como los muertos. Dirá el P. Antonio Vieira que los primeros son polvo levantado; los últimos, polvo caído. Unos, polvo que anda; otros, polvo que yace. La vida es un soplo y la muerte tan sólo el instante entre esos dos géneros de polvo…

Además, somos y seremos ceniza. No solamente como residuo material, sino también como color que lleva ese nombre. Ceniza en esta vida, porque nuestra existencia a menudo está cubierta por nubes plomizas. Ceniza porque nuestros cabellos se vuelven de color gris, como muestra de que no viviremos para siempre.

Ceniza seremos, pues la muerte nos despoja de todos los colores. A siete palmos de la tierra, ya no se distinguirá la púrpura cardenalicia del blanco de la sotana pontificia. Ya no existirá el colorido de las insignias políticas, militares o nobiliarias. Todo será ceniza… los gusanos no hacen acepción de personas.

Cripta de la iglesia de Nuestra Señora de la Concepción de los Capuchinos- Foto: Joel snuck (CC by-nd 2.0)

Finalmente, somos y seremos nada. Como enseña San Juan de la Cruz,3 toda criatura comparada con Dios es nada. Toda belleza, gracia, bondad y sabiduría de este mundo son vacuas cuando se las iguala con los atributos de la divinidad. La libertad del mundo es esclavitud; sus deleites, tormentos; sus riquezas y gloria son suma pobreza y miseria, cuando se las coteja con la divina sublimidad. Tampoco nos llevamos nada de esta vida, a no ser la vida que llevamos… Todo pasa en esta vida, pero nada pasa en las cuentas a rendir.

En este sentido, el epitafio del purpurado italiano no nos invita al nihilismo, sino a la humildad. De hecho, es significativo que el vocablo humildad se origine del latín humus —tierra—, que, por su parte, también engendra la palabra hombre. Efectivamente, el hombre fue formado de la tierra (cf. Gén 2, 7) y a ella regresará.

Pero ese no es su final. San Pablo enseña que, si morimos en Cristo, en Él resucitaremos (cf. Rom 6, 8). Por lo tanto, cuando suene la trompeta y los muertos resuciten incorruptibles (cf. 1 Cor 15, 52), se podrá proclamar de modo inverso: «Acuérdate, oh polvo, que volverás a ser hombre. Acuérdate, oh ceniza, que retomarás la colorida gama de dones que perdiste en el paraíso. Acuérdate, en fin, oh nada, que serás todo, siempre que estés unida al Todopoderoso». 

Extraído de la revista Heraldos del Evangelio, #224.


1 PESSOA, Fernando. Mensagem. São Paulo: Companhia das Letras, 1998, p. 37.

2 AUSONIO. Epigrammata, n.º 37, 9-10. In: GREEN, R. P. H. (Ed.). The Works of Ausonius. Oxford: Clarendon, 1991, p. 76.

3 Cf. SAN JUAN DE LA CRUZ. Subida del Monte Carmelo. L. I, c. 4, n.os 3-8. In: Obras completas. 2.ª ed. Madrid: BAC, 2005, pp. 264-266.

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