1 de noviembre – Solemnidad de Todos los Santos
(Ap 7, 2-4.9-14; Sal 23; 1 Jn 3, 1-3; Mt 5, 1-12)
Quien tiene un proyecto y se lanza a llevarloa cabo siempre alberga una cierta idea del resultado final. Durante su ejecución, el autor comprueba constantemente si la obra se acerca a su intención original.
La Sabiduría eterna no podía eludir esta regla de sabiduría práctica al crearnos, teniendo como meta nuestra plena santificación. Pero ¿en qué consistela santidad consumada? En la beatitud celestial, a la que se llega precisamente a través de las ocho bienaventuranzas proclamadas en esta solemnidad.
En el momento en que nacemos, Dios nos entrega, por así decirlo, un «boceto» de un cuadro maravilloso, que deberá ser completado a lo largo denuestra vida —o incluso después de su final, en el Purgatorio— hasta su acabado perfecto. Quien, en la hora de la muerte, presenta su cuadro completamente terminado es declarado «bienaventurado»—por ocho títulos— por el divino Juez.
Por ejemplo, los puros de corazón lograrán la visión clarísima de Dios, promesa que Él cumple enla vida eterna, pero que ya ha comenzado en estavida. Como explica Santo Tomás, «esas recompensas, a las que el Señor alude aquí, se pueden obtenerde dos maneras: de forma perfecta y consumada, y, por tanto, sólo en la patria; o de forma incipiente e imperfecta, y, por tanto, por aquellos que están en camino —in via—. De ahí que los santos ten-gan un cierto comienzo de esa bienaventuranza».1
Quien no alcance el nivel de esta bienaventu-ranza específica no tendrá un elevado «grado devisión», según ellumen gloriæ. En la casa del Padre hay muchas moradas: unos verán más perfectamente, otros menos. Según San Buenaventura,2 nuestra naturaleza está deformada por la culpa, pero reformada por la gracia, de modo que debemos purificarla para ascender a Dios.
El mismo principio se aplica a las demás bienaventuranzas. Los afligidos —Jesús se refiere a losque padecen aflicción por amor a Dios, es decir, aquienes se afligen al verlo ofendido, al no verlo amado como merece— serán consolados en esta vida y enla otra, por una confianza a toda prueba. Su corazón «descansa en Dios». Nada los inquieta, pues, como afirma San Agustín, «nos has hecho para ti y nuestro corazón está inquieto hasta que descanse en ti».3
Así, el Evangelio de las bienaventuranzas nos anima a confiar en Dios y suplicarle, con el salmista: «El Señor completará sus favores conmigo»(Sal137, 8) y «No me arrebates en la mitad de misdías» (Sal 101, 25). Ésa es la petición que debemos hacer durante toda nuestra vida al divino Espíritu Santo, por intercesión de la Santísima Virgen.
He aquí la realidad: en su infinita bondad, el Creador nos ofrece a cada instante el auxilio de su gracia, siendo por ello el verdadero Autor de nuestra santificación. La «obra de arte» espiritual que debemos completar antes de ser llamados a rendir cuentas es tanto obra suya como nuestra. A nosotros nos corresponde, sencillamente, dejar que el divino Pintor use el «pincel» de nuestra alma segúnsu santísima voluntad.
- Santo Tomás de Aquino.Super Evangelium S. Matthæilectura, c.v, lect.2, n.º 413
- Cf. San Buenaventura. Itinerarium mentis in Deum, c.i, n.º 6
- San Agustín Confesiones. L. I, c. 1, n.º 1. In: Obras. Madrid: BAC, 1989, t.ii, p. 73.