Santa María Magdalena- Un alma transformada por el Amor

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¿Qué vio ella en la mirada de Jesús? ¿Reproche? Sí, pero también una compasión inmensa. Y enseguida la vida de pecado se le volvió insoportable.

«Dos amores fundaron, pues, dos ciudades, a saber: el amor propio hasta el desprecio de Dios, la terrena, y el amor de Dios hasta el desprecio de sí propio, la celestial».1

Santa María Magdelana – Casa Monte Carmelo, Caieiras (Brasil)

Al discurrir sobre los dos amores, San Agustín lo hacía con conocimiento de causa, porque había experimentado en sí el dinamismo de ambos. En su juventud había comprobado cómo el alma egoísta no busca otra cosa sino gloriarse, prendiéndose a los bienes corporales y llegando al extremo de despreciar a Dios. Tras su conversión, sin embargo, su meta pasó a ser la de adorar a Dios, honrarlo y apoyarse solamente en Él.

No obstante, siglos antes la Historia ya había contemplado otra alma que también conoció la lucha de los dos amores, de manera quizá aún más elocuente que el Obispo de Hipona: María Magdalena, discípula de Jesús.

A falta de documentos históricos que nos transmitan detalles de su vida, tejeremos algunas consideraciones sobre ella con base en las visiones de la mística alemana Ana Catalina Emmerick,2 beatificada por San Juan Pablo II en octubre de 2004.

En la infancia, elogios y mimos

Según las revelaciones recibidas por esta Beata, María pertenecía a una familia pudiente, propietaria de muchos terrenos de Judea. Uno de ellos se sitúa junto al Templo de Jerusalén, el sitio principal de peregrinación del pueblo judío y, en consecuencia, el lugar donde circulaba constantemente gran número de personas.

La pequeña María era muy hermosa y su madre la mimaba hasta el punto de exponerla en una ventana, sentada sobre cojines y revestida de bellos trajes, para que fuera mirada y elogiada por los transeúntes. Esto contribuyó a que el gusano de la vanidad se desarrollara en el alma de la niña, llevándola a entregarse al orgullo y a la autocontemplación desde temprana edad…

Otro factor influenció de manera determinante el rumbo de su vida: la muerte de sus padres cuando aún era muy joven. Tras el reparto del patrimonio entre los herederos —Lázaro, Marta y otra hermana, cuyo nombre el Evangelio no menciona— le correspondió a ella un palacio en la aldea de Magdala, en Galilea. Hacia allí se dirigió con sus criados; tenía tan sólo 11 años. Sin un ideal que le indicara el norte en sus decisiones y poco aficionada a seguir los consejos de los que intentaban orientarla hacia el bien, María acabó hundiéndose en los peores vicios, buscando siempre atender los desvaríos de su amor propio.

Su encuentro con el Maestro

Mientras Magdalena desperdiciaba el tiempo y su fortuna en diversiones fútiles, sus hermanos Lázaro y Marta se acercaban cada vez más a Jesús. Como ambos poseían un espacioso palacio en Betania, próximo a Jerusalén, le ofrecieron hospedaje al Maestro cuando se dirigía a ser bautizado por Juan el Bautista. En esa ocasión fue cuando Marta habló por primera vez con Jesús respecto de María, manifestándole su preocupación. Nuestro Señor la animó a que se mantuviera firme en las oraciones por su hermana, fortaleciéndola en la esperanza de que se enderezaría.

Transcurrido cierto tiempo, Marta logró convencer a María a que fuera a conocer a Jesús, que por entonces se encontraba en Jezrael, en Galilea. Sin embargo, como el paso del divino Redentor por esa ciudad no duró más que unas horas, las hermanas no lograron verlo.

Poco después, nuevamente instada por Marta, la joven accedió y la acompañó a una localidad donde Jesús se había detenido con sus discípulos para predicarle al pueblo y realizar milagros. En determinado momento, María se asomó a la ventana de la casa donde se hospedaban para observar a los que transitaban y vio al Maestro que caminaba con los suyos. «Él la miró con aire serio mientras pasaba y su mirada penetró su alma».3

Con acierto comenta una autora contemporánea: «¿Qué había en aquellos ojos? ¿Reproche? Sí, reproche; pero también compasión, una compasión inmensa. La vida se le hizo insoportable». A partir de ese instante, «cada pecado grababa más hondo en su recuerdo aquella mirada».4

Pasó algún tiempo hasta que, ante la insistencia de su hermana, María acabó cediendo otra vez y se dirigió al lugar donde el Señor iría a predicar. «Interiormente estaba confusa y sometida a una lucha mental».5 ¡La gracia la estaba llamando! «Cuando Jesús apareció y empezó a hablar, sus ojos y su alma se centraron únicamente en Él».6 Oír las palabras del Señor y presenciar las curaciones que obraba ablandaron aquel duro corazón, que de ahí en adelante, sin saber exactamente por qué, buscaba aproximarse al Maestro.

Jesús en la casa de Simón, el fariseo – Iglesia de San Quintín, Tournai (Bélgica)

«Sus muchos pecados han quedado perdonados»

La ocasión propicia surgió cuando un fariseo convidó a Jesús a un banquete en su casa (cf. Lc 7, 36-50). Conforme narra la vidente, María percibió que el Redentor no había recibido, ni antes ni durante la comida, gesto alguno de honra, ninguna atención respetuosa comúnmente dirigida a los invitados.7 Esto la llevó a tomar la actitud que refiere el evangelista: «Vino trayendo un frasco de alabastro lleno de perfume y, colocándose detrás junto a sus pies, llorando, se puso a regarle los pies con las lágrimas, se los enjugaba con los cabellos de su cabeza, los cubría de besos y se los ungía con el perfume» (Lc 7, 37-38).

María quiso exteriorizar su arrepentimiento y suplicar el perdón, pero no pudo hacerlo. Las palabras se ahogaban en las lágrimas. Sólo consiguió besar los pies de su Salvador y llorar, no sabía con seguridad si de amor o de dolor.

Con la mirada baja, oyó que el Señor le decía al fariseo: «Un prestamista tenía dos deudores: uno le debía quinientos denarios y el otro cincuenta. Como no tenían con qué pagar, los perdonó a los dos. ¿Cuál de ellos le mostrará más amor?» (Lc 7, 41-42).

¡Cómo deben de haber repercutido en el alma de la Magdalena esas palabras!

Ella entonces osa levantar la vista… y encuentra aquella mirada, que otrora la había reprendido, transformada en un océano de candor y bondad. Y, volviéndose a ella, Jesús le dice al fariseo: «¿Ves a esta mujer? He entrado en tu casa y no me has dado agua para los pies; ella, en cambio, me ha regado los pies con sus lágrimas y me los ha enjugado con sus cabellos. Tú no me diste el beso de paz; ella, en cambio, desde que entré, no ha dejado de besarme los pies. […] Por eso te digo: sus muchos pecados han quedado perdonados, porque ha amado mucho» (Lc 7, 44-45.47).

¡Oh, maravilla! Mientras María lavaba los pies del Salvador, su alma era purificada; a medida que los ungía con bálsamo, el agradable olor del perdón divino la inundaba por completo. Y el Señor confirma todo lo que ella sentía en su alma, diciéndole: «Han quedado perdonados tus pecados. […] Tu fe te ha salvado, vete en paz» (Lc 7, 48.50).

La primera en anunciar la Resurrección

“Noli me tangere”, por Fra Angélico – Convento de San Marcos, Florencia (Italia)

A partir de entonces, Magdalena «seguía a Jesús allá donde quiera que fuera, se sentaba a sus pies, permanecía cerca o lo esperaba en todos los lugares. Solo pensaba en Él, solo estaba Él ante sus ojos y solo consideraba a su Redentor ante sus propios pecados».8 Ella lo acompañó hasta la hora suprema de su Pasión y Muerte: «Junto a la cruz de Jesús estaban su madre, la hermana de su madre, María, la de Cleofás, y María, la Magdalena» (Jn 19, 25). Y después del «consummatum est» permaneció junto al cuerpo del Maestro hasta el momento de auxiliar a Nuestra Señora, con todo esmero y delicadeza, a embalsamarlo y sepultarlo, separándose del sepulcro nada más que a causa de los peligros de la noche.

Sin embargo, abrasada de amor por el Señor, María Magdalena no podía contener su deseo de estar junto a su sagrado cuerpo para embalsamarlo una vez más.9 Por eso al día siguiente del entierro, aún de madrugada (cf. Jn 20, 1), se dirigió a la tumba. Pero cuál no fue su asombro al constatar que el cuerpo había sido «robado»… Era la consumación de la separación, que llevaba consigo un exceso de dolor.

El P. Antonio Vieira comenta al respecto, con su característica genialidad: «¿Es más grande el dolor de considerar a Cristo robado que el dolor de ver a Cristo difunto? Sí, porque el dolor de verlo, o no verlo, robado, era un dolor de ausencia: Et hic dolor maior erat. Fijaos: tan muerto estaba Cristo robado como difunto: pero difunto estaba menos ausente que robado, ya que aquí la muerte era media ausencia, le llevó el alma y le dejó el cuerpo. El robo era una ausencia total; le llevó el cuerpo después de haber sido llevada el alma. Y como el robo era la mayor ausencia del amado, por eso era mayor el dolor del amante».10

Tal era su ímpetu por encontrar el cuerpo que, incluso al ser interrogada por los ángeles, no se le ocurrió que pudieran ser espíritus celestiales los que hablaban con ella; lo único que desea saber es dónde está el Amado: «Porque se han llevado a mi Señor y no sé dónde lo han puesto» (Jn 20, 13). María nada teme y está dispuesta a pasar por encima de cualquier dificultad. Y lo demuestra en su respuesta a aquel que le pregunta: «Mujer, ¿por qué lloras?, ¿a quién buscas?», sin haber reconocido que era el Maestro: «Señor, si tú te lo has llevado, dime dónde lo has puesto y yo lo recogeré» (Jn 20, 15).

Pero cuando Él la llama por su nombre —«¡María!» (Jn 20, 16)—, le asaltan a la memoria una serie de recuerdos, impresiones, gracias, encantos. ¿Cuánta nostalgia no tendría de oír ese «María»?

Tal era su intimidad con el Señor que su primer impulso fue arrojarse a sus pies y abrazarlos. Jesús no necesitaba mostrarle las manos y el costado, como hará a continuación con los discípulos, para probarles que no era un fantasma (cf. Lc 24, 37). «María ni se plantea la cuestión de que hubiera muerto y resucitado: era Él, el Maestro».11

Al ver su robusta fe y sin querer quitarle el mérito,12 el Redentor no le permite que lo toque, sino que la envía como el primer heraldo de la Resurrección: «Anda, ve a mis hermanos y diles: “Subo al Padre mío y Padre vuestro, al Dios mío y Dios vuestro”» (Jn 20, 17).

«¡Levántate, amada mía, y ven!»

Escenas de la vida de Santa María Magdalena – Catedral de Notre Dame, Coutances (Francia)

Después de la Resurrección, los evangelistas ya no mencionan a María Magdalena. No obstante, «una abundante tradición la lleva al desierto y hasta la hace arribar con la diáspora judía en las playas de Marsella».13 Según se narra, con motivo de las persecuciones que sobrevinieron en los años posteriores a la Ascensión del Señor, María Magdalena, junto con sus hermanos Marta y Lázaro, fueron metidos en un barco y dejados a la deriva en alta mar para que naufragaran y las aguas los sepultaran. Dios, sin embargo, dispuso que aportasen en Francia.14

Estando en Marsella, Santa María Magdalena predicó ardorosamente el nombre de Jesús. Tras haber convertido a muchos a la religión cristiana, no había nada que le atrajera en este mundo. Lejos de su amado, cualquier rincón de la tierra era para ella el exilio. ¿Cómo sanar esa nostalgia y acortar la gran distancia que la separaba del Cielo?

En el desierto fue donde María encontró el camino. Hacia allí se dirigió y estableció su morada en un lugar preparado por los propios ángeles. Y permaneció incógnita durante treinta años.15

Al cabo de ese largo período de convivencia celestial y penitencia por los pecados de su vida pasada, ya no le quedaba a Magdalena más que realizar su antiguo deseo: arrojarse una vez más a los pies de Jesús, abrazarlos y besarlos con todo el amor. Con ocasión de la Resurrección el Señor se lo había impedido alegando que todavía no había subido al Padre (cf. Jn 20, 17). No obstante, ahora el problema era otro: Jesús ya estaba junto al Padre; era preciso que ella fuera a su encuentro.

Cuentan que los espíritus angélicos la llevaron hasta el obispo San Maximino, quien le dio la sagrada comunión. A continuación, habiéndose tumbado ante el altar, María Magdalena entregó su alma a Dios y entonces ya pudo estar junto a su Amado para siempre.16 

Extraído de la Revista Heraldos del Evangelio, #216.


1 SAN AGUSTÍN. De Civitate Dei. L. XIV, c. 28. In: Obras. Madrid: BAC, 1958, v. XVII, p. 985.

2 Cf. BEATA ANA CATALINA EMMERICK. Maria Madalena. 2.ª ed. São Paulo: MIR, 2015.

3 Ídem, p. 17.

4 LUCA DE TENA Y DE BRUNET, María Luisa. Santa María Magdalena. In: ECHEVERRÍA, Lamberto de; LLORCA, SJ, Bernardino; REPETTO BETES, José Luis (Org.). Año Cristiano. Madrid: BAC, 2005, v. VII, p. 589.

5 BEATA ANA CATALINA EMMERICK, op. cit., pp. 31-32.

6 Ídem, p. 32.

7 Cf. Ídem, p. 37.

8 Ídem, p. 60.

9 Cf. CLÁ DIAS, EP, João Scognamiglio. Lo inédito sobre los Evangelios. Città del Vaticano-Lima: LEV; Heraldos del Evangelio, 2013, v. I, p. 270.

10 VIEIRA, Antônio. Obra Completa. Parenética. Tomo II. São Paulo: Loyola, 2015, v. IV, p. 313.

11 CLÁ DIAS, EP, João Scognamiglio. Homilía en la Memoria de Santa María Magdalena. Mairiporã, 22/7/2005.

12 Cf. CLÁ DIAS, João Scognamiglio. Lo inédito sobre los Evangelios. Città del Vaticano-Lima: LEV; Heraldos del Evangelio, 2013, v. VII, p. 365.

13 LUCA DE TENA Y DE BRUNET, op. cit., p. 597.

14 Cf. DE VARAZZE, Jacopo. Legenda áurea: vidas de Santos. São Paulo: Companhia das Letras, 2003, p. 545.

15 Cf. Ídem, p. 549.

16 Cf. Ídem, pp. 550-551.

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