La caridad es amistad

Los dos preceptos que resumen el decálogo contienen la plenitud de la ley evangélica. Quien los practique al extremo será verdadero amigo de Dios y con Él gozará por toda la eternidad.

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Evangelio del XXX Domingo del Tiempo Ordinario

En aquel tiempo, 34 los fariseos, al oír que había hecho callar a los saduceos, se reunieron en un lugar 35 y uno de ellos, un doctor de la ley, le preguntó para ponerlo a prueba: 36 «Maestro, ¿cuál es el mandamiento principal de la ley?». 37 Él le dijo: «“Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma, con toda tu mente”. 38 Este mandamiento es el principal y primero. 39 El segundo es semejante a él: “Amarás a tu prójimo como a ti mismo”. 40 En estos dos mandamientos se sostienen toda la Ley y los Profetas» (Mt 22, 34-40).

I – La verdadera amistad

El Evangelio del trigésimo domingo del Tiempo Ordinario nos presenta como ápice de los mandamientos el amor a Dios y, en un grado inferior, el amor al prójimo. La caridad, como afirma San Pablo (cf. 1 Cor 13, 13), es la virtud más perfecta porque, al contrario de la fe y de la esperanza, atraviesa el umbral de esta vida y permanece, en su máxima expresión, para la eternidad. Sin embargo, ¿en qué consiste? Para Santo Tomás de Aquino,1 la caridad es la amistad entre el Padre y las criaturas racionales, y de ella depende la salvación de los hombres y la instauración del Reino de Dios en la tierra. Por lo tanto, debemos al menos esbozar la noción de amistad a fin de entender la invitación que el Señor nos hace al mandarnos amarlo sobre todas las cosas y al prójimo como a nosotros mismos.

En Ética a Nicómaco, Aristóteles2 aborda el tema con la fineza y la clarividencia que le son característica, pero de los comentarios de Santo Tomás a esa obra es de donde recogeremos la doctrina del Estagirita iluminada por la luz del santo Evangelio y expuesta con la capacidad de síntesis y el espíritu de fe del Aquinate.

El deseo de hacer el bien

La amistad es un intercambio de bienes entre personas, que pueden ser de tres géneros: útiles, placenteros u honestos. La relación resultante del interés utilitario o de cualquier tipo de fruición sólo accidentalmente merece el nombre de amistad, pues una vez que acaba el provecho o el gozo que unía a los amigos, cesa de inmediato. El ejemplo del hijo pródigo lo ilustra muy bien: estimado por todos mientras despilfarraba la herencia de su padre en diversiones licenciosas, cuando cayó en la pobreza fue abandonado por quienes se decían amigos suyos.

La única amistad que verdaderamente merece este título es aquella fundada en el bien honesto, de carácter espiritual y fruto de la virtud. Por lo tanto, sólo una vida guiada por la recta razón, con la indispensable ayuda de la gracia, da paso a una amistad sólida, noble y duradera. Dos personas que así se atan pueden considerarse amigos en el pleno sentido del término.

Santo Tomás añade además que el alma de todas las virtudes, ya sean teologales o cardinales, es la caridad. Considerada por San Pablo como vínculo de la perfección (cf. Col 3, 14), esta virtud-reina se presenta como la única capaz de generar una amistad santa, es decir, aquella que apunta a Dios. Entonces, ¿en qué sentido podemos afirmar que nos corresponde a nosotros establecer una relación de amistad con el Creador y con el prójimo? Antes de responder a esta pregunta, es necesario escudriñar el texto sagrado con veneración y respeto, analizando con atención cada uno de sus pormenores, a fin de aclarar los debidos supuestos.

II – El mandamiento principal

San Mateo y San Lucas presentan al doctor de la ley que se dirige a Jesús como alguien que deseaba «ponerlo a prueba» (Lc 10, 25). San Marcos, no obstante, añade que tras oír la certera respuesta del divino Maestro reaccionó con sincera admiración: «Muy bien, Maestro, sin duda tienes razón» (12, 32), hasta el punto de que el Señor le dice: «No estás lejos del Reino de Dios» (12, 34a).

No es difícil concluir que San Marcos tuviera acceso a información privilegiada sobre el episodio, que le permitía narrarlo de manera más completa, pero sin contradecir los demás sinópticos. Por el contexto se percibe que la pregunta fue planteada con intención insidiosa, ya sea por parte de los fariseos en general como del escriba en particular. Sin embargo, el brillo de la ciencia divina resplandeció de tal manera en la respuesta que reavivó algunas brasas de rectitud e inocencia aún escondidas en el corazón de su interlocutor, dando paso a una reacción de buen espíritu.

Oportet hæreses ese, afirma San Pablo. En efecto, tiene que haber herejes, y este pasaje prueba su providencialidad ya que, gracias a la maliciosa indagación hecha, un asunto esencial quedaría sellado para siempre por la palabra inmutable del Señor. La idea de la primacía de la caridad sobre los demás mandamientos, como consta en el Deuteronomio (cf. Dt 6, 4-5), era algo nebuloso, e incluso confuso, pues los fariseos enseñaban que para vivir según la ley era necesario cumplir sus 613 preceptos, de los cuales 365 eran negativos y 248 positivos, con todas las absurdas interpretaciones inventadas por ellos. En medio de tal maraña de normas —difíciles de memorizar, mucho menos de poner en práctica—, los israelitas se sentían perdidos o desanimados. Pero Jesús, al ser la Verdad, con sencilla grandeza disipa la niebla de la mentira con tal fuerza que desde ese momento «nadie se atrevió a hacerle más preguntas» (Mc 12, 34b).

Si bien que, más allá de la disputa con los fariseos, el contenido fundamental de este Evangelio consiste en la revelación de la caridad como el principal y primer mandamiento. En su epístola, San Juan nos enseñará que «Dios es amor» (1 Jn 4, 8). Así se entiende que refulja sobre todas las leyes aquella que más caracteriza la naturaleza del propio Creador. Por lo tanto, la posesión de la caridad hace que el corazón humano sea semejante al del Altísimo. De ahí nace necesariamente una relación de afecto y de intimidad con Él, ya que la semejanza constituye la base de la amistad, como reza el aforismo latino: Similis simili gaudet.

La fatua audacia de los fariseos

En aquel tiempo, 34 los fariseos, al oír que había hecho callar a los saduceos, se reunieron en un lugar 35 y uno de ellos, un doctor de la ley, le preguntó para ponerlo a prueba:…

El fundamento moral de la personalidad de los fariseos —así como de los saduceos, a quienes Jesús había silenciado— era la confianza en sí mismos, escondida bajo una fachada de religiosidad. Por el hecho de esforzarse en cumplir una interminable letanía de normas espurias y de haber adquirido cierta ciencia escudriñando las Escrituras con ciega pertinacia, pensaban que poseían la supremacía sobre todos. De este modo, ante la Sabiduría Encarnada se atreven a ponerla a prueba, pensando que lo lograrían, a diferencia de sus adversarios saduceos, aliados sólo en la lucha contra el Señor.

La audacia, cuando es hija del orgullo, es fatua, como lo demostrará el desenlace de este episodio. De la petulancia inicial no quedará nada al final de la disputa, salvo algunos rastros de asombro. La altanera, luminosa y segura respuesta del divino Maestro triunfará sobre la presunción de esa raza llena de sí misma y, por tanto, completamente vacía.

Una cuestión esencial

36 «Maestro, ¿cuál es el mandamiento principal de la ley?».

Se hizo famosa la pregunta de Pilato referida en el Evangelio de San Juan: «¿Qué es la verdad?» (18, 38), siempre considerada por los estudiosos como indicativa de la grosera desorientación del paganismo antiguo. Perder la noción de lo que es la verdad significa navegar en alta mar sin brújula y sin estrellas, propiamente a la deriva. Pues bien, de manera análoga podemos preguntarnos qué sentido tiene que un maestro de la ley le cuestione en público a Jesús algo tan básico. Sin duda, su interrogación denota la confusión religiosa instaurada por el legalismo imperante, compuesto de hipocresía y de afán por destacar.

Se puede concluir que la filosofía farisaica constituía una especie de ateísmo seudorreligioso, en el que unos hombres utilizaban la figura de Dios para beneficio personal, en un demencial intento de autopromoción. Los fariseos pretendían ostentar una falsa divinización de su propia persona, siguiendo los pasos de Eva al dejarse seducir por el demonio que prometía ser como el Altísimo sin estar sometida a Él (cf. Gén 3, 5). De este horroroso pecado resulta necesariamente el extravío de la razón, no iluminada ya por la fe, sino oscurecida por un egoísmo ridículo y primario.

Claridad divina

37 Él le dijo: «Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma, con toda tu mente».

A diferencia de los fariseos, que vivían a la sombra de una engañosa duplicidad, el Señor es la manifestación más fulgurante y bella de la verdad. Con una convicción irresistible, el Verbo Encarnado proclama el primado absoluto del amor a Dios, primado vivido y puesto en práctica, en su plenitud, por Él mismo. En efecto, Jesús, en su santísima humanidad, llevó al cenit su amor al Padre con su santidad de vida, con su albísima virginidad y con su dedicación extrema, «hecho obediente hasta la muerte, y una muerte de cruz» (Flp 2, 8).

Cristo crucificado – Colección privada

Por lo tanto, no sólo enseña la verdad con los labios, sino que la hace presente en cada gesto o pormenor de su fascinante vida. A la luz de su doctrina y de su ejemplo, es menester que meditemos pausadamente sobre este mandamiento de capital importancia, tan olvidado por los hombres.

Antes que nada, debemos considerar que el amor de amistad no busca recompensa para sí mismo, sino el bien de aquel a quien ama. Para realizar el hermoso ideal de una amistad sin fingimiento y desinteresada con Dios, es necesario eliminar los obstáculos que nuestro egoísmo interpone, a fin de querer únicamente su bien, es decir, su gloria, y con un desvelo continuo.

Teniendo en cuenta que el mayor interés de Dios es que las almas se salven y de la mejor manera, volvemos a encontrarnos con el luminoso ejemplo del Redentor. Su caridad llegó hasta el punto de ofrecerse por entero, sin reservarse nada para sí, ávido de glorificar al Padre con un celo perfecto y ardentísimo. ¿Seremos también antorchas que arden exclusivamente en alabanza al Altísimo? ¿O mezclamos en nuestro apostolado el execrable fermento de la vanidad, del deseo de proyección personal y de mando?

El amor a las criaturas debe ordenarse en función de Dios

Debemos recordar, por consiguiente, que el Señor es un Dios celoso y no tolera que el afecto humano se desborde de forma apasionada y confusa sobre las criaturas, atribuyéndoles un valor absoluto que no poseen. El hombre está llamado a amarlo todo por Él y para Él, sin anteponer jamás nada a su Creador. Y si no lo hace hasta las últimas consecuencias, merecerá las llamas purificadoras del purgatorio, si no una eternidad tenebrosa en las profundidades del infierno.

Por otra parte, este amor extremo a Dios fortalece al hombre, como leemos en el Cantar de los Cantares: «Es fuerte el amor como la muerte» (8, 6). ¿No fue así la caridad de Jesús? La sapiencial locura de la cruz lo demuestra. El amor derriba cualquier obstáculo y no conoce el miedo. Siguiendo el ejemplo del Redentor, incluso niñas en tierna edad, animadas por la caridad, dieron su vida con formidable valentía en diversos tipos de martirio.

Entonces, hay que concentrar por completo toda nuestra energía, nuestro empreño y nuestro deseo en la práctica de este primer mandamiento, que brilla sobre los demás con un esplendor incomparable.

El primer mandamiento es el alma de la ley evangélica

38 «Este mandamiento es el principal y primero».

La centralidad de Dios en la vida de los bautizados queda consagrada con esta declaración del Señor. Cuántos hay en nuestros días, incluso en las filas de la Iglesia, que proponen una fe laica, basada en obras de filantropía desprovistas de significado teológico. Dogmatizan el amor del pobre por el pobre, del marginado por el marginado, olvidándose de que nada tiene valor si no se hace por Dios, para Dios y con Dios, y privando tristemente de su enorme mérito sobrenatural importantes obras de misericordia corporales.

Será el propio San Mateo quien dejará meridianamente clara esta verdad en el capítulo vigésimo quinto de su Evangelio, al describir el grandioso juicio de los gentiles. Las obras de caridad que en él se exponen deben realizarse en función de Cristo: «Y el rey les dirá: “En verdad os digo que cada vez que lo hicisteis con uno de estos, mis hermanos más pequeños, conmigo lo hicisteis”» (25, 40).

Así pues, bien podemos concluir que el primer mandamiento es el alma de la ley: sin él, la religión se vacía de contenido, no quedando más que una vaga «antropofilia» de carácter laicista, que en la mayoría de los casos no pasa de ser un sofístico recurso usado por una demagogia inútil populista sin ningún valor.

Los variados ejemplos de los santos patentizan esta verdad ineludible para un auténtico discípulo del divino Maestro, ya que ninguno de ellos actuó motivado por afectos estrictamente horizontales y humanos. Al contrario, la verticalidad sobrenatural del amor precedió siempre a cualquier obra realizada, incluso las de caridad material, promovidas sin descanso por la Iglesia a lo largo de los siglos.

Nuestro prójimo es semejante a Dios

39 «El segundo es semejante a él: “Amarás a tu prójimo como a ti mismo”».

Dios es el mejor amigo de los hombres porque siendo el Bien supremo sumamente deseable creó a Adán y a Eva —y a la descendencia que de ellos nacería— a su semejanza, para que refulgieran como un sol por toda la eternidad, logrando una similitud perfecta con el Creador, dentro de los límites permitidos a una criatura.

De modo que cada hombre está llamado a ser miembro, a pleno título, de la familia divina y, por ello, debe tener para con el prójimo análogos cuidados a los que dedica al propio Señor de su vida. Se entiende entonces el razonamiento teológico de valor absoluto hecho por San Juan en su epístola:

«Este es el mensaje que habéis oído desde el principio: que nos amemos unos a otros. […] Nosotros sabemos que hemos pasado de la muerte a la vida porque amamos a los hermanos. El que no ama permanece en la muerte. El que odia a su hermano es un homicida. Y sabéis que ningún homicida lleva permanentemente en sí vida eterna. En esto hemos conocido el amor: en que Él dio su vida por nosotros. También nosotros debemos dar nuestra vida por los hermanos. Pero si uno tiene bienes del mundo y, viendo a su hermano en necesidad, le cierra sus entrañas, ¿cómo va a estar en él el amor de Dios? Hijos míos, no amemos de palabra y de boca, sino de verdad y con obras. En esto conoceremos que somos de la verdad y tranquilizaremos nuestro corazón ante Él» (1 Jn 3, 11.14-19).

Respecto al prójimo, se hace necesario cultivar un amor de amistad espiritual y santa, basado en la consideración de su vocación a la vida sobrenatural de la gracia, mediante la cual es realmente hijo de Dios. En función de este vínculo, establecido a partir de la relación con la propia Trinidad, se comprende el empeño que cada bautizado ha de poner en la salvación de los demás, aunque esto le cueste la sangre. Así actuó, como el mejor de los amigos, el divino Redentor: para rescatarnos de las garras del demonio y de la muerte, se ofreció como víctima de propiciación por nuestros pecados.

En esta tierra no puede haber mayor unión que la de dos hijos de la luz unidos por un amor sincero y desinteresado a Dios y al prójimo. De este nexo espiritual nace una amistad indestructible que, además de pura, trae una alegría inconcebible y una paz interior que nada la apaga. ¡Los amigos paradigmáticos son los santos!

¡El amor lo es todo!

40 «En estos dos mandamientos se sostienen toda la Ley y los Profetas».

Concluyendo su discurso de forma perentoria, el Señor asevera con la más sólida resolución la primacía de la caridad, virtud por la cual los hombres se unen a Dios.

Nada mejor que el genio de San Pablo para ilustrar este versículo con palabras que han atravesado los siglos, inspirando verdaderas manifestaciones de amor a Dios en la tierra:

«Si hablara las lenguas de los hombres y de los ángeles, pero no tengo amor, no sería más que un metal que resuena o un címbalo que aturde. Si tuviera el don de profecía y conociera todos los secretos y todo el saber; si tuviera fe como para mover montañas, pero no tengo amor, no sería nada. Si repartiera todos mis bienes entre los necesitados; si entregara mi cuerpo a las llamas, pero no tengo amor, de nada me serviría.

»El amor es paciente, es benigno; el amor no tiene envidia, no presume, no se engríe; no es indecoroso ni egoísta; no se irrita; no lleva cuentas del mal; no se alegra de la injusticia, sino que goza con la verdad. Todo lo excusa, todo lo cree, todo lo espera, todo lo soporta. El amor no pasa nunca. Las profecías, por el contrario, se acabarán; las lenguas cesarán; el conocimiento se acabará» (1 Cor 13, 1-8).

Se percibe con claridad que Santo Tomás tenía razón: el apogeo de la vida espiritual consiste en la perfección de la caridad, que, como enseña el mismo Doctor Angélico, es amistad. Por lo tanto, ser santo no significa otra cosa que ser un buen amigo de Dios.

III – Dios quiere nuestra amistad

Al comentar el Evangelio hemos podido comprobar la altura, anchura y profundidad del amor del Señor, el mejor de los amigos, por haber dado su vida en rescate por sus hermanos. San Pedro nos enseña que hemos sido comprados a un precio muy alto: la preciosa sangre de Cristo, el Cordero sin mancha (cf. 1 Pe 1, 18-19). ¿Y por qué pagó un costo tan elevado? El secreto está en el destino reservado a los elegidos. De hecho, al dirigirse a los cristianos, San Pablo los llama partícipes de la vocación que los destina a la herencia del Cielo (cf. Heb 3, 1). Así, por haber sido llamados al Paraíso, para vivir allí en eterna amistad con Dios, el Redentor se aniquiló a sí mismo, volviéndose inferior a un esclavo. Sí, por el desmedido deseo del Padre de convocar a una multitud incontable de amigos a su banquete celestial fue que el Verbo se hizo carne y habitó entre nosotros.

Detalle de «La Última Cena», de Giotto di Bondone – Capilla de los Scrovegni, Padua (Italia)

Es conmovedor constatar el deseo de la Santísima Trinidad de comunicar al género humano la felicidad infinita que las tres Personas encuentran en su eterna e inmutable convivencia. ¡Dios quiere hacernos dichosos por todos los siglos en su amistosa compañía!

¡Cuánta bondad hay en este designio divino de elevar a simples criaturas, limitadas y débiles, a la visión beatífica, mediante la cual el Señor, en cierto modo, se entrega a los bienaventurados, dándose a conocer como Él se conoce y haciéndose íntimo de cada uno, para llenar sus corazones de un gozo insuperable.

El amor con amor se paga, se suele decir. Ante las riquezas de la gracia que el Padre ha derramado profusamente sobre nosotros, en torrentes de sabiduría y de prudencia (cf. Ef 1, 8), ¿cuál debe ser nuestra respuesta? Amarlo sobre todas las cosas y al prójimo como a nosotros mismos. Si llevamos ambos mandamientos a la máxima expresión de su radicalidad, seremos buenos amigos de Dios, dignos de sus recompensas.

Tratemos de imitar a Jesús, que en su humanidad santísima nos enseñó, con palabras y ejemplos, a poner en práctica estos dos preceptos. Seamos almas sacrificadas, luchadoras y generosas, como el divino Cordero, y entonces podremos vivir en perfecto vínculo de amistad con Dios y con los bienaventurados. 

Extraído de la revista Heraldos del Evangelio, #243.

Notas


1 Cf. SANTO TOMÁS DE AQUINO. Suma Teológica. II‑II, q. 23, a. 1. Todo el desarrollo teológico sobre el tema expuesto en las presentes líneas se basa en este artículo de la Suma.

2 Cf. ARISTÓTELES. Ética a Nicómaco. L. VIII.

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