… que el Santo Leño estuvo oculto durante siglos?

Durante siglos, Judea, territorio dominado por el Imperio romano, guardó un profundo secreto: el paradero de la cruz de Cristo. No fue hasta el año 326 cuando Santa Elena, madre del emperador Constantino y fervorosa cristiana, decidió emprender una peregrinación a Tierra Santa, al frente de una expedición, en busca de la más preciada reliquia de la cristiandad.

Los trabajos de excavación fueron arduos. El monte Calvario había sido soterrado y nivelado por los romanos al convertir aquel lugar sagrado en una explanada. Sin embargo, tras semanas de intensa labor, el equipo de obreros finalmente reveló la topografía original. La sorpresa llegó a continuación: al profundizar en la investigación, ¡se encontraron tres cruces! Quedaba por saber cuál era la prenda de nuestra salvación…

En medio de la conmoción general, el obispo de Jerusalén, San Macario, suplicó a Dios que enviara una señal: «¡Danos a conocer, Señor, de forma evidente, cuál de estas tres cruces sirvió para tu gloria!». Ahora bien, había en la ciudad una mujer enferma, desahuciada por los médicos. Al ser tocada con las dos primeras cruces, no ocurrió nada. Pero al entrar en contacto con la tercera, la mujer recuperó instantáneamente la salud. El prodigio no dejaba lugar a dudas: ¡la verdadera cruz había sido hallada!

Santa Elena dividió después la valiosa reliquia, destinando partes a Roma, Constantinopla y Jerusalén. Dada la devoción de los fieles, esas porciones fueron posteriormente fragmentadas, permitiendo que reliquias del Santo Leño se extendieran por todo el orbe cristiano. De manera simbólica, pues, la cruz sigue en pie mientras el mundo gira: stat crux dum volvitur orbis. ◊

… por qué rezamos con las manos juntas?

Las manos juntas, palma con palma, ante el pecho, en actitud de oración: he aquí una de las posiciones más habituales y expresivas de la plegaria cristiana. Ya sea el sacerdote durante el sacrificio de la misa, el estudiante angustiado antes de un examen o la madre intercediendo por sus hijos, esa postura trasciende generaciones y fronteras. Y con toda razón, dados los orígenes de dicha tradición.

Esta específica actitud de súplica surge en la Edad Media. Era la época del feudalismo, en la que, con una promesa de ayuda mutua y completa fidelidad, los hombres se unían jerárquicamente, no por fríos y protocolarios contratos de letra muerta, sino mediante una entrega personal. Un caballero que se ofrecía al servicio de un señor feudal — fuera éste un rey u otro superior— prestaba juramento de fidelidad ante su señor con las manos juntas sobre el pecho.

Oraciones después de la misa – Basílica de Nuestra Señora del Rosario, Caieiras (Brasil)

También los soldados de Cristo —«miles Christi» (2 Tim 2, 3)— comenzaron a dirigirse así al divino General en sus oraciones, costumbre que se hizo muy popular a partir del siglo xii. A la par del movimiento generalizado a favor de esta práctica, la propia Iglesia se la recomendó a sus hijos: en el Sínodo de Oxford (1222), por ejemplo, el cardenal Langton indicó que los fieles mantuvieran las manos juntas durante la elevación de la hostia. Con el tiempo, el gesto cobró protagonismo en las ceremonias sagradas y, con el uso, acabó siendo la posición de oración más común en la liturgia.

Al juntar las manos para rezar, recordemos la profundidad de este acto: le declaramos a Dios que somos sus vasallos y guerreros. Que tal hábito nos inspire a pedir con humildad la fortaleza necesaria para servirle con lealtad y valor. ◊