Evangelio del X Domingo del Tiempo Ordinario1

23 Sucedió que un sábado atravesaba Jesús un sembrado, y sus discípulos, mientras caminaban, iban arrancando espigas. 24 Los fariseos le preguntan: «Mira, ¿por qué hacen en sábado lo que no está permitido?». 25 Él les responde: «¿No habéis leído nunca lo que hizo David, cuando él y sus hombres se vieron faltos y con hambre, 26 cómo entró en la casa de Dios, en tiempo del sumo sacerdote Abiatar, comió de los panes de la proposición, que sólo está permitido comer a los sacerdotes, y se los dio también a quienes estaban con él?». 27 Y les decía: «El sábado se hizo para el hombre y no el hombre para el sábado; 28 así que el Hijo del hombre es Señor también del sábado».

3,1 Entró otra vez en la sinagoga y había allí un hombre que tenía una mano paralizada. Lo estaban observando, para ver si lo curaba en sábado y acusarlo.

Entonces le dice al hombre que tenía la mano paralizada: «Levántate y ponte ahí en medio». Y a ellos les pregunta: «¿Qué está permitido en sábado?, ¿hacer lo bueno o lo malo?, ¿salvarle la vida a un hombre o dejarlo morir?». Ellos callaban. Echando en torno una mirada de ira y dolido por la dureza de su corazón, dice al hombre: «Extiende la mano». La extendió y su mano quedó restablecida. En cuanto salieron, los fariseos se confabularon con los herodianos para acabar con Él (Mc 2, 23-3, 6).

I – ¿Dónde encontrar al Absoluto?

¿Quién de nosotros no ha hecho, durante su infancia, el experimento de plantar, por ejemplo, una habichuela y cubrirla con una caja de cartón a la cual se le abre un orificio en el lado opuesto adonde está plantada la semilla? De vez en cuando —dependiendo del grado de curiosidad de cada niño— se levanta un poco la caja, se riega un tanto y, sobre todo, se verifica si está naciendo algo o no… Poco a poco, la legumbre germina, aparece el primer brote y —¡oh, sorpresa!— el tallo, que se erguía recto, se inclina buscando la luz. Y, con el paso de los días, se tiene la alegría de ver cómo la nueva planta dio una larga vuelta para encontrar la abertura de la caja y salir.

En botánica, a este fenómeno se le denomina heliotropismo, término de origen griego que significa movimiento en busca del sol. Esto es más fácil de comprobar en el hemisferio norte, donde las estaciones del año son muy definidas. Cuando llega la primavera, basta que la tierra se incline un poco en dirección al sol para que todos los árboles, resecados por el frío del invierno, reverdezcan y el follaje comience a desarrollarse con exuberancia. Éste se mantiene siempre orientado hacia la luz, para recibir los rayos del astro rey, y es curioso notar que no hay ninguna hoja caprichosa o rebelde que se esconda de su influjo.

Creados para amar y conocer al Infinito

Ahora bien, Dios puso ante nuestros ojos al reino vegetal tan ordenado para simbolizar una aspiración —mucho más elevada y noble— que existe tanto en el ángel como en el alma humana, y a la que podríamos llamar «teotropismo», orientación hacia Dios. En efecto, desde los primeros destellos de la razón, la mirada del hombre está a la búsqueda del Absoluto. Usando un lenguaje metafórico, diremos que nuestro corazón está creado con una ventana abierta hacia el infinito, que lo impele continuamente hacia la verdad, el bien y lo bello; de lo contrario, nos sería imposible pretender cualquier fin sobrenatural.

Hecho para conocer y amar al Infinito y ser conocido y amado por Él, el hombre sólo obtendrá la felicidad plena en la entrega a Dios

El Señor nos hizo así para que sintamos nuestra insuficiencia y reconozcamos que estamos sujetos a alguien muy superior. Y por más que haya quien se declare ateo, no es real que se baste a sí mismo hasta el punto de vivir totalmente desconectado de ese deseo de Dios. Siempre que el hombre no ponga obstáculos y sea fiel a esa apetencia natural, será justificado, es decir, logrará efectos idénticos a los del Bautismo sacramental.2 Es lo que encontramos en la historia de ciertos santos, entre ellos la africana Santa Josefina Bakhita: ignorando la religión católica durante el primer período de su existencia, se preguntaba quién sería el Creador del sol, de la luna y de las estrellas, y se alegraba en rendir homenaje a ese gran «patrón»3 del universo, como ella lo llamaba. Hechos para conocer y amar al Infinito y ser por Él conocidos y amados, sólo obtendremos la felicidad plena en la entrega a Dios, porque ninguna otra criatura a la que amemos ni actividad que desempeñemos nos colmará de satisfacción.

¿Cómo se explica entonces que sean tantos los que se precipitan en los abismos del pecado? Eso se debe a una ilusión, pues, de sí, el hombre es incapaz de practicar el mal por el mal o el error por el error.4 Cuando una persona se abandona a un placer pecaminoso —por lo tanto, prohibido por la ley de Dios—, o hasta cuando comete un delito, en el fondo juzga que por ese medio está alcanzando algún tipo de felicidad.

Dos caminos ante el hombre

Hay un momento determinado en nuestra vida en el que se abren dos caminos delante de nosotros: transformar en ídolo aquello que es relativo —la carrera, el dinero, las relaciones sociales—, o abrazar al Absoluto verdadero, que es Dios, confesando nuestra contingencia con relación a Él. He aquí lo que mantiene la salud del alma, e incluso la del cuerpo…

En el campo sobrenatural, cuanto más amo, más se dilata mi apetito, hasta alcanzar dimensiones inimaginables. Así sucedió con María Santísima, en quien el incendio de amor divino ya no tenía proporción con esta tierra y pasó de esta vida para la otra.

Ante nosotros hay dos caminos: transformar en ídolo aquello que es relativo o abrazar al Absoluto verdadero, que es Dios, confesando nuestra contingencia con relación a Él

En el extremo opuesto, cuando alguien retira a Dios del centro de sus pensamientos y de su afecto y toma a una criatura como absoluto, pierde el equilibrio, el corazón se hace insensible a Dios, la inteligencia se ofusca y la persona se dedica únicamente a lo concreto y material. La gula insaciable de gloria, de satisfacer la vanidad personal, de llamar la atención sobre sí mismo, de gobernar, de ser elogiado y aplaudido proporciona una felicidad fragmentada, pero igualmente acaba introduciendo en el alma una enfermedad espiritual que, tarde o temprano, acabará en frustración. Le sucederá como a San Pedro al andar sobre el mar: por pensar en sí mismo comenzó a hundirse en las aguas agitadas por el viento (cf. Mt 14, 30).

Esto es lo que veremos reflejado, en el Evangelio del noveno domingo del tiempo ordinario, en la actitud de los fariseos frente al Señor. Se preocupaban con la ley y se olvidaban de mirar hacia Dios, ante quien estaban. ¿Por qué? Porque el cumplimiento de los preceptos les favorecía, ya que les garantizaba un estatus y les ofrecía la ocasión de ser los primeros de la sociedad. Por consiguiente, no era ni siquiera la ley lo que colocaban en el centro, sino a sí mismos. Es el típico caso de absolutismo espiritual que Jesús va a castigar, usando su divina palabra con violencia.

II – ¿Adorar el sábado o adorar al Señor en sábado?

23 Sucedió que un sábado atravesaba Jesús un sembrado, y sus discípulos, mientras caminaban, iban arrancando espigas.

El Evangelio nos presenta la poética escena del Señor paseando por un trigal con los Apóstoles, y a éstos en una situación de necesidad: no tenían víveres. El divino Maestro se desplazaba de una aldea a otra, predicando y curando a todos, y sus discípulos, como estaban constantemente alrededor de Él, siendo formados en su escuela, se veían rodeados por la multitud y ni siquiera encontraban tiempo para comer (cf. Mc 3, 20; 6, 31). Para quien viajaba a pie era difícil llevar provisiones y, a veces, se olvidaban de este menester (cf. Mc 8, 14).

En esas circunstancias era legítimo —y hasta permitido por la ley—, al atravesar una plantación, servirse de algo con moderación, sin causar perjuicio al dueño de la propiedad. Si era un campo de trigo, se podían coger espigas sin usar la hoz, y arrancarlas con la mano (cf. Dt 23, 25-26). Consumido habitualmente en Oriente Medio, el trigo integral y crudo es un alimento completo, ya que posee ciertas sustancias que se pierden cuando se produce la harina blanca. Masticar aquellos granos aliviaba un poco el tormento del hambre y daba el vigor suficiente para proseguir el camino, recorriendo muchos kilómetros.

Ante Cristo, antipatía o deseo de seguirlo…

24 Los fariseos le preguntan: «Mira, ¿por qué hacen en sábado lo que no está permitido?».

El sábado, como consta en la primera lectura (Dt 5, 12-15) de este domingo, era un día santo, o sea, «consagrado al Señor» (Dt 5, 14), y por eso todo israelita debía descansar y abstenerse de trabajar. Sin embargo, los escribas y fariseos habían añadido varias normas que no constaban en la ley de Moisés, entre ellas la prohibición de treinta y nueve tareas.5 Si bien que la ley ordenaba reposar el séptimo día, «incluso en la siembra o en la siega» (Éx 34, 21), para los rígidos criterios rabínicos coger unas pocas espigas o hasta unos pocos granos ya significaba violar el sábado.6

Predicación de Jesús – Iglesia de San Swithun, East Grinstead (Inglaterra)

Al ver a los Apóstoles haciendo eso, los fariseos se quedaron horrorizados, cuando, en realidad, aquella forma de proceder era enteramente normal. Con respecto a esto, San Cirilo de Alejandría llega a ridiculizar a los fariseos, al exclamar: «¿Acaso tú mismo fariseo cuando te sientas a la mesa el sábado, no partes el pan? ¿Por qué entonces acusas a los demás?».7 En el fondo, la dificultad de éstos tenía un origen muy anterior a los hechos y no era contra los discípulos, sino contra el Maestro… Al acusarlos, criticaban a Jesús —pues no tenían el coraje de hacerlo directamente—, insinuando que debía tomar medidas para que sus seguidores no cometiesen tal infracción.

Los discípulos habían aceptado la divinidad del Señor, y al juzgar que Él era superior a todo, consideraban el resto —las espigas, la ley sabática, los fariseos…— como algo secundario

Ahora bien, no podemos atribuirles a los Apóstoles un espíritu beligerante, pensando que actuaban de esa manera por el placer de provocar a los fariseos. Preferían no irritarlos ni discutir con ellos, pero en esa ocasión se vieron apremiados por el hambre. Durante sus obligaciones de apostolado habían gastado muchas energías, y ciertamente ya habían excedido la cantidad de pasos estipulada por el código farisaico, según el cual no era legítimo andar fuera de la ciudad, los sábados, más de dos mil codos, es decir, poco más de un kilómetro.8 Por lo tanto, estaban en su derecho, al cruzar aquel lugar donde había trigo, recuperar las fuerzas, conforme la costumbre admitida para los demás días de la semana.

Además, por la fe, los discípulos habían aceptado la divinidad del Señor, y al juzgar que Él estaba por encima de todo, consideraban el resto —las espigas, la ley sabática, los fariseos…— como algo secundario. Les movía un entusiasmo sincero por seguir a quien era lo más importante, asimilar su doctrina y estar en consonancia con su modo de ser. Por ese motivo engañaban al estómago con aquellos granitos de trigo para, libres de las preocupaciones materiales, acompañar a Jesús bien de cerca, a veces lado a lado, con verdadera familiaridad, y no perder ninguna de sus palabras, actitudes o gestos.

El divino Maestro pone a los fariseos en contradicción

25 Él les responde: «¿No habéis leído nunca lo que hizo David, cuando él y sus hombres se vieron faltos y con hambre, 26 cómo entró en la casa de Dios, en tiempo del sumo sacerdote Abiatar, comió de los panes de la proposición, que sólo está permitido comer a los sacerdotes, y se los dio también a quienes estaban con él?».

En cuanto Dios, Jesús ya había visto esta escena desde toda la eternidad y, además, conocía todo lo que está en las Escrituras, pues es su propio inspirador. Señor de la historia y también divino Instructor, permite el desarrollo de los acontecimientos para enseñar a los hombres. Con ese propósito, la actitud de David estaba destinada a servirle a Él para poner a los fariseos en contradicción consigo mismos en ese momento. Y dejó que los Apóstoles quebrantaran el descanso del sábado para causar un choque y provocar una reacción por parte de los fariseos, que diera lugar a proclamar la verdad, en oposición a la religión inventada por ellos, tan alejada de la auténtica piedad.

Así como los pueblos antiguos adoraban ídolos, los fariseos habían caído en la insensatez de erigir lo relativo en absoluto, endiosando pequeñas reglas

No obstante, no imaginemos que el Señor buscaba provocar a los fariseos y a los maestros de la ley para condenarlos; antes bien quería convertirlos y se mostraba caritativo —¡Él es la caridad!—, con la finalidad de curarlos de la terrible enfermedad que padecían: el orgullo. Está claro que poseían una visión limitada de la realidad y bien se les podía aplicar el antiguo adagio oriental: «Cuando el sabio señala la luna, el necio mira al dedo». Así como los pueblos antiguos adoraban ídolos de madera o de metal, ellos caían en la insensatez de erigir lo relativo en absoluto, endiosando aquellas pequeñas reglas, en vez de elevar los ojos y contemplar a Dios. Por eso, el divino Maestro los refutó de manera más incisiva que en otras circunstancias, dándoles un argumento de autoridad, al recordarles un hecho innegable que no querría escuchar en ese momento. Citó el episodio histórico de David, figura máxima para ellos, modelo de rey santo y de profeta.

Detalle de «Jesús entre los doctores», de David Teniers el Joven – Museo de Historia del Arte, Viena

Cuando David huyó de la ira de Saúl, se dirigió con sus soldados a la ciudad sacerdotal de Nob, donde se encontraba por entonces el Tabernáculo. Al ver que sus compañeros no tenían qué comer, David entró en la casa de Dios y pidió provisiones al pontífice (cf. 1 Sam 21, 16). Sólo había los panes de la proposición ofrecidos al Señor y reservados a los sacerdotes (cf. Lev 24, 59). David, sin embargo, no tuvo reparos ni la más mínima duda: los panes eran de Dios, él y su gente también pertenecían a Dios, ¡todo es de Dios! Al ser un asunto de fuerza mayor, en el que entraba en juego la subsistencia de sus hombres, asumió la responsabilidad y distribuyó los panes. ¿Habría cometido un sacrilegio, un pecado terrible, del que, por cierto, no consta que después hiciese penitencia? Y, sin duda, comer los panes sagrados era más grave que coger unos granitos de trigo por el camino un día de sábado… Jesús dejaba claro que si en una necesidad extrema, como la de conservar la propia vida, era lícito omitir el cumplimiento de la ley del culto, con más razón lo era en relación con el sábado.

«El hombre ha sido hecho para mí…»

27 Y les decía: «El sábado se hizo para el hombre y no el hombre para el sábado; 28 así que el Hijo del hombre es Señor también del sábado».

Esta afirmación del Señor contiene un interesante principio de moral, que muestra cómo las enfermedades del alma han de ser, en cierto sentido, tratadas como las físicas. Según la sabia tesis de la homeopatía, no existen enfermedades, sino enfermos. Cada individuo es irrepetible y tiene que ser estudiado en función de su organismo, psicología y reactividad. En la moral hay, sin duda, reglas fijas e inmutables, pero es necesario analizar bien los hechos y las circunstancias. Un confesor con experiencia, por ejemplo, es aquel que, con su discernimiento de espíritus, penetra y sabe tratar la conciencia del penitente como si fuese única, distinguiendo cuál es la orientación conveniente y la ocasión propicia para ello.

En concreto, el caso de los Apóstoles arrancando las espigas debía ser considerado excepcional, porque estaban sirviendo al autor y Señor de la ley, el Creador del trigo, de ellos mismos y hasta de los fariseos: Jesucristo, la segunda Persona de la Santísima Trinidad. Al ser Él la justicia y la ley en sustancia, era el criterio absoluto, y debían actuar de acuerdo con la moral que Él les prescribía en ese momento. ¿Por qué tenían que cumplir las reglas prescritas por los fariseos?

Esto muestra la inimaginable libertad de que gozan los justos al entrar en el Cielo, pues allí no sólo están ante la humanidad santísima de Cristo, sino que ven a Dios cara a cara, «tal cual es» (1 Jn 3, 2). Por la visión beatífica participan de la propia libertad de Dios, pues Dios es la libertad, conforme escribe San Pablo: «donde está el Espíritu del Señor, hay libertad» (2 Cor 3, 17). Comprendamos, también nosotros, que para ser plenamente libres es necesario llegar a la gloria de la contemplación divina. Locos son aquellos que buscan la libertad «como tapadera para el mal» (1 Pe 2, 16), pues abrazan, eso sí, la esclavitud que conduce al infierno.

Aquellos que recriminaban a los Apóstoles cometieron un verdadero delito: negaron al Señor rechazando los evidentes signos de que Él era el Mesías

Cuando declaró a los fariseos: «El sábado se hizo para el hombre y no el hombre para el sábado», era como si les dijese: «El hombre ha sido hecho para mí y no para el sábado». En verdad, ese día de la semana todo dedicado al Señor fue establecido para que el pueblo lo viviese en función de Él. La alianza firmada por Dios con Israel, al entregarle las tablas de piedra con el decálogo, así como las promesas hechas antes a los patriarcas, concernían al hombre y no a la institución del sábado, y solamente vendrían a realizarse en su plenitud en Jesucristo y en la Iglesia Católica Apostólica Romana por Él fundada.

Jesús discute con los fariseos – Biblioteca del monasterio de Yuso, San Millán de la Cogolla (España)

De este modo, Jesús mostraba a los fariseos su divinidad y los invitaba a aceptarlo. «El reposo sabático —afirma el P. Tuya— es de institución divina (Gén 2, 23). Proclamarse “Señor del sábado” es proclamarse “dueño” de su legislación, de su institución; es proclamarse dueño del mismo. Moisés legisló esto en nombre de Dios. Pero Cristo no se pone en la línea de Moisés, sino en el mismo “señorío” de la legislación del sábado. Si Dios es el “dueño” del sábado, y Cristo es el “Señor” del sábado, Cristo se está proclamando, por lo mismo, Dios».9

Entonces, ¿quién violaba la ley del sábado? ¡Los fariseos! Sí, aquellos que recriminaban a los Apóstoles cometieron un verdadero delito: no quisieron adherirse al Señor, lo negaron y no comprendieron cómo deberían proceder el sábado. Su principal error fue haber sido ciegos ante los signos evidentes de que Él era el Mesías. No lo percibieron porque eran materialistas, naturalistas, relativistas y ególatras. Así, se excluyeron de la alianza y despreciaron las promesas…

Imposibilitado de actuar, pero confiando en Jesús

3,1 Entró otra vez en la sinagoga y había allí un hombre que tenía una mano paralizada. Lo estaban observando, para ver si lo curaba en sábado y acusarlo.

Los sábados los judíos llenaban la sinagoga y allí permanecían quietos, evitando cualquier esfuerzo que quebrantase la ley sabática. Cuando Jesús llegó, ciertamente se hizo un profundo silencio. Todos se preguntaban qué sucedería y Él se puso a enseñar (cf. Lc 6, 6a).

Estaba allí un hombre que tenía una mano paralizada, la derecha, según San Lucas (cf. Lc 6, 6b). La mano es un miembro muy importante, utilísimo, que le da a la criatura humana una superioridad de acción sobre los animales, aun sobre los más hábiles. Con las manos el hombre ejecuta tareas con extraordinaria precisión, es capaz de tocar instrumentos magníficos, como el arpa, el órgano, el violín, de producir bellas obras artísticas y de realizar los quehaceres cotidianos. Tener la mano paralizada significa, por lo tanto, inoperancia e inutilidad. Aquel hombre se sentía, sin duda, inferior, por no poder trabajar con desenvoltura para ganar el pan y sustentar a su familia. Sabiendo que Jesús era el Mesías y realizaba milagros, deseaba ardientemente ser curado, y poco le importaba que fuese un sábado o cualquier otro día de la semana. Sin embargo, no osó levantar la voz. Pero Jesús ya había visto desde toda la eternidad su voluntad llena de fe.

También se habían reunido allí los escribas y fariseos que, acariciándose la barba, observaban al divino Maestro para ver si de nuevo violaría el sábado. Tal vez ellos mismos habían llevado al lisiado a la sinagoga, convenciéndolo de que estuviese cerca de Jesús y de que moviese de vez en cuando el brazo, para propiciar que Él tomase la iniciativa de la curación.

Otra oportunidad de conversión rechazada por los fariseos

Entonces le dice al hombre que tenía la mano paralizada: «Levántate y ponte ahí en medio». Y a ellos les pregunta: «¿Qué está permitido en sábado?, ¿hacer lo bueno o lo malo?, ¿salvarle la vida a un hombre o dejarlo morir?». Ellos callaban.

¿Por qué el Señor colocó al enfermo en medio de ellos? Primero quería llamar la atención de todos los presentes e incluso de sus enemigos. Éstos, sentados en los primeros puestos (cf. Mt 23, 6), al escuchar aquella orden, enseguida se miraron unos a otros, pensando que Jesús —¡por fin!— había caído en la trampa. Pero, aun conociendo las malas intenciones que albergaban en su interior, pretendía hacerles el bien y darles una oportunidad más, con el objetivo de salvarlos. Por ese motivo les planteó un problema que les facilitaba su conversión, y al mismo tiempo creaba la gracia para que admitiesen que habían errado y recibiesen lo que Él ofrecía.

Al preguntar si era lícito, en sábado, hacer el bien o el mal, proponía un asunto nunca antes abordado, pues es evidente que no existen vacaciones para la virtud. Mientras el mal debe ser rechazado siempre, el bien debe ser practicado todos los días de la semana, y más especialmente los sábados, porque era el día del Señor. Los fariseos, por el contrario, siempre procuraban evitar el bien, despreciando «la justicia, la misericordia y la fidelidad» (Mt 23, 23), y por dentro estaban repletos «de robo y desenfreno […], de hipocresía y crueldad» (Mt 23, 25.28).

Conociendo las malas intenciones que albergaban en su interior, el Señor pretendía hacer el bien y darles otra oportunidad, con el objetivo de salvarlos

Además, socorrer a un animal que se hubiese caído en un pozo o salvar una vida humana en peligro estaba autorizado por el reglamento de los maestros,10 y muchos de los que se encontraban allí ya habían pasado por situaciones de ese tipo, tranquilizando a continuación su conciencia, a veces por medio de algún donativo, que luego llenaría el bolsillo de los sumos sacerdotes… La expresión «dejarlo morir» hace que el tema sea todavía más desgarrador, pues significaba preguntar: «¿Se debe conceder la vida a alguien o matarlo? ¿Se puede contribuir con un homicidio o es obligatorio interrumpirlo?».

¿Quién se atrevería a pronunciar una palabra? Estaban entre la espada y la pared, y sólo era posible darle la razón al Salvador, pero «ellos callaban».

Ira y trist