El jardín de María, que nada puede destruir

De las brumas de lo inverosímil surgió en la «tierra del sol naciente» un bello jardín, fundado para dar a la Santísima Virgen, no flores de este mundo, sino almas para su Reino.

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Qué pensaría el superior de un convento franciscano de Polonia si uno de sus frailes le manifestara el deseo de partir en misión a Japón para predicar el Evangelio a los orientales? En principio, incluso podría tomar con naturalidad la propuesta. ¿Y si el subalterno añadiera el plan de publicar una revista católica en japonés —sin saber, hasta ese momento, ni una sola palabra de ese idioma ni tener a su disposición un traductor— y de fundar, no un simple convento, sino una verdadera ciudad consagrada a María Inmaculada, con el objeto de producir un movimiento de conversión en masa? ¿Y si, además, antes de evaluar las posibilidades para la realización de tal proyecto, el religioso declarara que no ha conocido a nadie en aquellas tierras ni posee medios materiales necesarios, únicamente el auxilio de Dios? «¡Sería una locura!», contestaría sin duda el superior.

Pero… ¿y si el fraile fuera San Maximiliano Kolbe? En ese caso, debería entonces arrodillarse y dar gracias a la Virgen, convencido de que fue Ella quien había suscitado tan noble anhelo en el alma de aquel varón.

De hecho, en 1917 el santo ya había creado en Polonia, su país natal, la Milicia de la Inmaculada, asociación cuyo objetivo era la conversión de los pecadores y la santificación de todos, así como, en 1922, la revista El caballero de la Inmaculada, una publicación con un comienzo sencillo, pero que llegó a alcanzar la tirada de un millón de ejemplares. También había fundado, en 1927, la Niepokalanów —Ciudad de la Inmaculada—, convento franciscano que no paraba de crecer.

Con el propósito de hacer lo mismo en la «tierra del sol naciente», lo trató con el padre providencial, fray Czupryk, quien lo llevó a consulta con otros superiores. El 17 de enero de 1930 el proyecto fue aprobado y San Maximiliano partió hacia Japón.

Empieza el apostolado en Japón

San Maximiliano con otros religiosos y sus alumnos japoneses

Habiendo pasado antes por Lourdes y por Lisieux, a fin de pedir el auxilio de la Virgen y de Santa Teresa del Niño Jesús, el 24 de abril de 1930 el P. Kolbe y otros dos frailes avistaron los cerezos en flor y las chozas de bambú de Nagasaki.

Se dirigieron entonces a la catedral para encontrarse con el obispo local, Mons. Hayasaka, que los recibió con mucha cordialidad. El prelado veía con muy buenos ojos la llegada de los misioneros, entre otros motivos, porque la cátedra de Filosofía del seminario estaba vacante y el P. Kolbe era doctor en esa disciplina. Se presentaba así la oportunidad perfecta: el obispo había conseguido suplir las necesidades de su profesorado, mientras que el santo franciscano encontraba auxiliares para la traducción de sus artículos al japonés.

El primer alojamiento de los tres frailes fue una precaria casucha cercana a la catedral, en la cual hallaron mosquitos y lluvia en verano, viento y nieve en invierno. A esto se sumaron otras muchas dificultades: la comida oriental les causaba náuseas; la salud del P. Kolbe, desde hacía tiempo debilitada por la tuberculosis, estaba peor que nunca; aún no sabían la lengua nipona ni conocían las costumbres del país; escasos eran sus recursos financieros.

Parecía imposible que sus proyectos llegaran a buen término, pero la realidad era bien diferente. En los fundamentos de las grandes obras sobrenaturales es preciso que haya muchos sufrimientos aceptados con resignación y los tres «caballeros de la Inmaculada» eran los hombres de fe llamados a sentar las sólidas bases de esa empresa.

Tras haber decidido publicar el primer número de la revista el mismo mayo —apenas un mes de su llegada a Nagasaki—, rezaron incesantemente y sus oraciones no tardaron en ser escuchadas: un católico adinerado de la ciudad les regaló una completa y moderna imprenta. Otras personas también les hicieron donaciones o se ofrecieron a ayudarles. Un japonés metodista se ofreció a traducir del latín a su idioma los artículos que San Maximiliano escribía; y hasta tal punto se encantó con ellos que llegó a convertirse a la Iglesia Católica e ingresó en la Milicia de la Inmaculada.

Una de las primeras ediciones de «El caballero de la Inmaculada» en japonés

De manera que en el mes previsto salió a la luz la primera edición del Mugenzai no Seibo no Kishi — El caballero de la Inmaculada—, con diez mil ejemplares de tirada y, a pesar de muchas dificultades, la revista fue creciendo a lo largo del año. San Maximiliano decidió entonces empezar la segunda parte de su plan.

El Jardín de la Inmaculada

Los recursos de los que disponía el P. Kolbe para comprar el terreno de la futura «Ciudad de la Inmaculada» no le permitían adquirir el que más le conviniera. Esto le obligó a dirigir su atención en los alrededores de Nagasaki, donde los precios eran más asequibles.

Su elección recayó sobre el suburbio de Hongochi, en la ladera del monte Hikosan, donde estaba a la venta una propiedad de cinco hectáreas. Pese a estar alejado, el lugar ofrecía una vista panorámica de Nagasaki que llegaba hasta el mar, pues se encontraban en un nivel más elevado.

La «ciudad» comenzó a ser construida: una casa de madera, una capilla, un pabellón para las máquinas de edición, una cabina eléctrica central y un gran salón, donde se hacían las reuniones y se impartían las clases de catecismo a los japoneses. Por fin, el 6 de mayo de 1931 los misioneros pudieron trasladarse definitivamente a la nueva Mugenzai no Sono, poética expresión que significa «Jardín de la Inmaculada». ¡Otro sueño realizado!

Despacho del prior del convento de Nagasaki

Enseguida se puso de manifiesto la eficacia apostólica del «loco de la Inmaculada»: en aquella época había en Japón cien mil católicos y la revista poseía una tirada mensual de cincuenta mil ejemplares, lo que lo convertía en el mayor periódico del país.

Se obraron numerosas conversiones. Cierto día, por ejemplo, llamó a las puertas de la Mugenzai no Sono el superior de un monasterio budista de Kyoto. Estaba impresionado con la vida de los misioneros e invitó a fray Maximiliano a que visitara su comunidad. El santo aceptó y llevó la luz de la fe a aquel sitio; antes de retirarse, su anfitrión le dijo que en adelante no aceptaría a nadie más en su monasterio que no estuviera dispuesto ¡a conocer y amar a María, la Madre de Dios!

Intacto en medio de la explosión atómica

Infelizmente, el P. Kolbe no pudo continuar más tiempo con su acción benéfica para con los orientales: en 1936 se vio obligado a dejar Japón para cuidar de su fundación en Polonia. Y ya no volvería a aquel país… En 1939 los nazis lo tuvieron preso durante tres meses y en febrero de 1941 fue nuevamente detenido; el 14 de agosto de este mismo año moría en el campo de concentración de Auschwitz, ofreciendo su vida para salvar a otro prisionero, padre de familia, y en holocausto a Dios para mayor éxito de su apostolado.

San Maximiliano falleció precisamente en la época en que un gran peligro amenazaba destruir todo lo que había realizado: la Segunda Guerra Mundial. Todos los miembros de la Milicia de la Inmaculada de Polonia tuvieron que dispersarse, para que los nazis no los apresaran. Algunos también fueron asesinados, uniéndose a su fundador en la gloria celestial.

La situación en Japón se volvió muy delicada: la Milicia no había tomado aún suficiente fuerza como para resistir a las dificultades ocasionadas por la guerra y, además, se veía huérfana sin el amparo del P. Kolbe. Sin embargo, los frailes no abandonaron la Mugenzai no Sono y siguieron haciendo apostolado tanto como les era posible.

El 9 de agosto de 1945, no obstante, sobrevino un desastre que parecía capaz de acabar con todas las esperanzas: la explosión de la bomba atómica en la ciudad de Nagasaki, donde los discípulos del P. Kolbe realizaban su labor evangelizadora…


La explosión de la bomba atómica en la ciudad de Nagasaki

La nube producida por la bomba atómica se cierne sobre Nagasaki
Momento de la explosión
Estado en que quedó la catedral de Nagasaki

¿Se había acabado todo? ¡De ninguna manera! Dios escribe recto en líneas torcidas, dice el proverbio. A menudo el Señor permite que ocurran hechos incomprensibles a los ojos de los hombres, los cuales, por algún designio misterioso, dan la impresión de ir contra sus planes. Pero los santos y los profetas consiguen discernir algo de esos arcanos divinos, aunque no les sea dado ver con claridad todas sus consecuencias.

Protegido de la onda expansiva de la explosión atómica no sólo a causa del monte Hikosan, sino sobre todo por su fundador, el Jardín de la Inmaculada quedó intacto: únicamente algunos cristales rotos, sin daño alguno a sus moradores.1 Se ve que la elección del terreno para la Mugenzai no Sono, catorce años antes, no constituía algo meramente natural: la mano de Dios providenció aquel lugar para que, incluso con la destrucción de Nagasaki, la obra del «loco de la Inmaculada» se mantuviera en pie, ¡hasta nuestros días!

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The Principal Codices

Codex Vaticanus — Kept in the Vatican Library from which it derives its name. It is perhaps the oldest codex—dating from the fourth century—and is also the most important and precious due to its high level of preservation and documental importance. It contains the entire Old Testament starting from Gn 46:28 and all of the New Testament, with the exception of Heb 9:15–13:25, the pastoral letters, Phil and Rev.
Codex Sinaiticus — While also dating from the fourth century, it was only found in the nineteenth century, in Saint Catherine’s Monastery on Mount Sinai—hence its name. It is preserved in the British Museum. It contains the Old Testament with the exception of several missing portions and the entire New Testament. It is the only codex that reproduces the whole New Testament.
Codex Alexandrinus — From the fifth century, it is also kept in the British Museum. Its name is most likely a reference to the city of Alexandria, an important centre of Scriptural studies in Antiquity. It contains the Old Testament with many portions missing, and the New Testament with lacunas in Mt, Jn and 2 Cor.
Codex Ephræmi Rescriptus — Some parchments containing texts from Sacred Scripture were scraped and reused (rescriptus); this particular one was reused for writings of a certain Ephrem (Epfræmi), from which its name is derived. Modern technological means have enabled the extraction of the biblical text, probably from the fifth century. It contains fragments of the Old Testament and the entire New Testament, also very fragmented. It is preserved in the Bibliotèque Nationale of Paris.

Extraído de la revista Heraldos del Evangelio, #218.


1 Cf. RICCIARDI, OFM Conv, Antonio. Beato Massimiliano Maria Kolbe. Roma: Edizioni Agiografiche, 1971, p. 188; LORIT, Sergio C. 16670 Quem era? São Paulo: Cidade Nova, 1966, p. 121.

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