¿Cómo ha llegado la Biblia hasta nosotros?

No se conservan los originales, ni muchas de las copias siguientes, de los setenta y tres libros de la Biblia. Entonces, ¿cómo puede haber llegado hasta nosotros intacta la Palabra de Dios contenida en ellos?

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En un artículo anterior discurrimos sobre la formación del canon de la Biblia, es decir, de la relación de los Libros Sagrados que contienen la Palabra de Dios, comunicada originariamente por vía de tradiciones orales. Conservadas, por la acción del Espíritu Santo, en la autenticidad e integridad de las divinas enseñanzas, esas tradiciones fueron puestas por escrito más tarde por hombres asistidos por el carisma de la inspiración: los hagiógrafos.

Al lector le interesará saber, ciertamente, cuándo y de qué modo se elaboraron dichos escritos y cómo llegaron hasta nosotros. Entonces, surge una primera cuestión: ¿se han conservado o no, los textos originales? En caso negativo, ¿cómo fueron transmitidos a las sucesivas generaciones y cuáles son hoy día las fuentes más importantes del texto bíblico que conocemos?

En la época en que los libros de la Sagrada Escritura se redactaron, los instrumentos de escritura eran muy precarios y el material usado para ello no podía resistir a los miles de años transcurridos entre aquellos tiempos y nuestros días. Así pues, es razonablemente explicable que los textos originales de la Biblia (autógrafos) e incluso muchas de sus copias posteriores se hayan perdido a excepción de algunos raros fragmentos.

¿Cuándo fue escrita la Biblia?

Actualmente se sabe que la Biblia fue escrita en un período de poco más de mil años.

Durante muchos siglos se pensó que el primero y uno de los mayores hagiógrafos fue Moisés, que habría escrito el Pentateuco. Por lo tanto, habría sido empezada a ser escrita alrededor del año 1200a.C. Esta creencia es contestada, hoy día, por la generalidad de los especialistas que, basados en posteriores descubrimientos científicos y minuciosos estudios, prefieren fechar los primeros escritos en el tiempo de Salomón, aproximadamente en el año 1000a.C.

El hecho de que el Nuevo Testamento algunas veces se refiera a Moisés como autor de esos libros1 no nos debe suponer un estorbo, ya que sabemos que la intención de los hagiógrafos —y sobre todo la del Espíritu Santo— no fue la de comunicarnos conocimientos científicos o históricos precisos a través de la Sagrada Escritura, sino las verdades que interesan a nuestra salvación. Los hagiógrafos, pues, se expresaban en esos asuntos según las concepciones comunes y corrientes de la época.

Del mismo modo hoy se cree, en general, que los primeros escritos del Antiguo Testamento no fueron los del Pentateuco, sino algunos libros históricos. Incluso muchos estudiosos sustentan que el primer texto escrito fue el canto de Débora, del Libro de los Jueces.

No es posible determinar con exactitud las fechas en que los libros sagrados del Antiguo Testamento fueron redactados, pero la cronología habitualmente aceptada es la que expondremos a continuación.

Hasta el reinado de David y Salomón (aproximadamente los años 1000 a 930a.C.) habrían aparecido el canto de Débora, los libros de Samuel y algunos episodios del Génesis. En el tiempo que va desde éste último hasta el exilio de Babilonia (930 a 586a.C.) habrían surgido algunos libros proféticos: Amós, Oseas Miqueas, Isaías (1–39), Jeremías, Sofonías, Nahúm, Habacuc y el Deuteronomio. Serían del período del exilio (586 a 538 a.C.) los libros de Ezequiel, la segunda parte de Isaías, el llamado deutero Isaías (40–55), Josué, Jueces y Reyes.

En la primera época post exilio (583 a 300 a.C.) habrían surgido los libros de Ageo, Zacarías, la tercera parte de Isaías —el trito Isaías— (56–66), Malaquías, Job, Jonás y el Cantar de los Cantares; también habrían sido concluidos los Salmos, ampliados los Proverbios y habrían aparecido Esdras y Números. Sólo en esa época se habría completado el Pentateuco.

En la segunda etapa después del destierro del pueblo hebreo (300 a 50a.C.), que es la época de los Macabeos, habrían aparecido los libros de Tobías, Eclesiastés, Eclesiástico y Sabiduría. Y finalmente, en el siglo que antecedió al nacimiento de Jesús, los últimos libros: Joel, Daniel Judit, primer y segundo Macabeos.

En cuanto al Nuevo Testamento, sus libros fueron redactados, probablemente, entre los años 50 y 100 de la era cristiana. Y los primeros no fueron los Evangelios, sino algunas cartas paulinas.

Página del Código Áureo de Estocolmo (siglo VIII) y fragmento de los
Papiros de Oxirrinco, que contienen versículos del Éxodo.
Freer & Sacler Gallery, Smithsonian Institution, Washington (EE. UU.)

Papiros y pergaminos

En la época de los reyes de Israel, cuando presumiblemente fue elaborada la mayor parte de los libros del Antiguo Testamento, y en los tiempos apostólicos, en los que lo fueron casi todos los del Nuevo, no se conocía la máquina de escribir y mucho menos los modernos ordenadores. Ni siquiera el papel y el lápiz. Entonces, ¿cómo se escribieron esos textos?

Nos asombra saber que en cierto período de la Antigüedad se escribía con frecuencia en piedra, placas de metal o cerámica. Éstas últimas eran tablas de arcilla sobre las que se imprimían, con el auxilio de un estilete, los caracteres adecuados que componían los textos. Esas placas se llevaban enseguida a un horno para que se cocieran y se conservaran.

Cuando los libros bíblicos empezaron a ser escritos, no obstante, ya habían aparecido medios más sencillos de escribir, usando tinta sobre papiro o pergamino, materiales precursores del papel.

El primero proviene de un vegetal, abundante en las márgenes del Nilo, cuyo tallo prensado ofrecía algo a manera de una hoja de papel. Los israelitas lo conocían muy bien del tiempo en que habían estado en Egipto y los egipcios lo comercializaban ampliamente. Con él se producían también embarcaciones2 y otros objetos. El canasto en el que Moisés fue colocado entre los juncos del río para huir de la ira del faraón era de papiro.3El pergamino tiene su origen en la ciudad de Pérgamo, capital de Misia e importante ciudad de Asia Menor, de donde obtuvo su nombre. Es la piel de carnero curtida de la que resulta una hoja consistente y relativamente fina. Mucho más resistente y duradero, aunque más costoso que el papiro, empezó a ser ampliamente usado en los principales documentos.

Los libros escritos en papiro eran por lo general conservados en rollos, guardados en el templo y en las sinagogas, para ser leídos en las ceremonias litúrgicas. Los pergaminos, más rígidos y que ofrecían dificultad para ser conservados en rollos, propiciaron la importante invención de los cuadernos o códices. Se formaban doblando en cuatro las hojas de pergamino y componiendo así volúmenes semejantes a nuestros actuales libros. Tal vez se deba a los cristianos este gran descubrimiento, porque los códices ya eran usados en los primeros siglos del cristianismo.

Los hoy llamados Códices —las copias más antiguas de la Biblia existentes entre nosotros— datan, sin embargo, de los primeros siglos del cristianismo. Algunos de ellos contienen versiones casi completas de las Escrituras. Los principales se encuentran en la Biblioteca Vaticana, en la Biblioteca Británica y en otros grandes museos del mundo. De esos “originales” han sido hechas las diversas traducciones modernas de las Sagradas Letras.

De la Edad Media, por el meritorio trabajo de los monjes copistas, una gran cantidad de copias de las Escrituras han llegado hasta nosotros. Y los descubrimientos arqueológicos más recientes vienen a atestiguar la admirable fidelidad de los manuscritos medievales a las más antiguas versiones.

Los idiomas de la Biblia

En las épocas y lugares en los que fueron escritos los textos bíblicos, predominaban los idiomas hebreo, arameo y griego. Y en estas lenguas fueron redactadas las Escrituras.

No obstante, el hebreo, idioma de origen cananeo, se identificó con los israelitas en la historia de la salvación, convirtiéndose en la lengua sagrada del pueblo elegido.

Con la expansión del poder asirio y sus numerosas incursiones en Palestina, culminando con el cautiverio babilónico, el arameo se fue haciendo cada vez más conocido. Como los arameos formaban un tipo de emporio natural entre asirios e israelitas, se usaba su idioma en las relaciones diplomáticas entre unos y otros. En el tiempo de la hegemonía persa, el arameo ya constituía la lengua común en Palestina y el hebreo quedó reducido casi exclusivamente al uso litúrgico.

Las posteriores conquistas de Alejandro Magno trajeron el predominio de la cultura helénica. Con ello, el griego reemplazó poco a poco al arameo como idioma común, convirtiéndose en idioma universal ya en los primeros tiempos del cristianismo.

El hecho de que, tras el destierro en Babilonia, muchos israelitas habían permanecido en el extranjero (diáspora), donde predominaba el griego, y la atención que, en esa ocasión, numerosos gentiles empezaron a darle a las Escrituras judías, hicieron necesaria una traducción de las mismas al griego.

Según una antigua concepción, tal empresa la habrían iniciado en Alejandría cerca de setenta sabios judíos. Trabajando por separado, habrían llegado a idénticos resultados. Razón por la cual esa traducción es conocida como la Septuaginta, o de los Setenta.

En tiempos de Jesús, entre el pueblo ya casi no se hablaba más el hebreo, y el arameo fue el idioma más usado por el divino Maestro en sus predicaciones.

En los primeros tiempos de la era cristiana, en el área de civilización donde se desarrolló el cristianismo, predominaba una versión popular del griego llamada koiné. Precisamente éste fue el dialecto usado para la elaboración de casi todos los primeros escritos cristianos.

El Antiguo Testamento fue escrito en hebreo y en arameo, excepto el Libro de la Sabiduría, Macabeos II y algunos fragmentos de Daniel y de Ester, que lo fueron en griego.

El Nuevo Testamento ya fue escrito en griego (koiné). Según algunos —una opinión muy desacreditada hoy día—, el Evangelio de San Mateo habría sido escrito en arameo (o hebreo), pero sólo se conocen copias en griego.

Libros antiguos y códices manuscritos conservados en la biblioteca del convento de San Francisco, Lima (Perú)

La Vulgata y las traducciones modernas

A petición del Papa San Dámaso (366384), San Jerónimo emprendió en el siglo IV una traducción de la Sagrada Escritura al latín. Conocida con el nombre de Vulgata (la divulgada), durante muchos siglos fue el texto oficial de la Biblia y sirvió como base para las traducciones hechas, entonces, a las diversas lenguas vernáculas.

Recientemente, muchos especialistas se entregaron a la tarea de traducir los Libros Sagrados directamente de las fuentes “originales”, es decir, de las copias más antiguas conservadas en hebreo, arameo y griego. De esas copias antiguas, o sea, de los grandes códices medievales, proceden las diversas versiones modernas de la Biblia.

De ese modo —además de la Vulgata y de su edición revisada y corregida, conocida como Nova Vulgata—, existen otras muchas traducciones. Es inevitable, pues, que haya entre ellas variaciones de lenguaje, incluso entre ediciones católicas aprobadas por la Iglesia. Por ejemplo, en Brasil existe la Biblia de Jerusalén, la versión de la editorial Ave Maria, la Biblia Pastoral de la Conferencia Episcopal brasileña y otras muchas. De hecho, son traducciones con pequeñas variaciones de lenguaje, que reflejan la preocupación de los traductores de presentar el sentido original de los textos sagrados de modo asequible o adecuado al público que tienen en vista.

El pensamiento fundamental, sin embargo, de todas las versiones autorizadas —es decir, revisadas y aprobadas por la autoridad eclesiástica competente— es el mismo y es siempre la misma Palabra de Dios, expresada con los recursos del lenguaje humano.

Códices y fragmentos

Veamos ahora algo sobre la transmisión de los textos de la Sagrada Escritura a lo largo de los siglos.

Si el lector lleva en consideración que los fragmentos conocidos más antiguos de manuscritos relacionados con el Antiguo Testamento datan del siglo II a.C., y que los libros veterotestamentarios empezaron a ser escritos probablemente en el reinado de Salomón, alrededor del siglo X a.C., tenemos un período de 800 años entre esos primeros escritos y los fragmentos más antiguos conservados. Esto significa que las Escrituras llegaron hasta nosotros a través de una larga sucesión de copias de copias manuscritas, hoy perdidas.

En lo que respecta al Nuevo Testamento, es más pequeño el tiempo transcurrido entre la redacción de los autógrafos y los primeros textos parciales conservados. Existen fragmentos, por ejemplo, del Evangelio de San Juan hasta el siglo II; por lo tanto, con menos de 100 años de intervalo. Textos más amplios y casi completos, no obstante, se conocen únicamente a partir del siglo IV.

Descubrimientos arqueológicos del siglo XIX y, sobre todo, los manuscritos del mar Muerto, encontrados en 1947, vinieron a enriquecer de modo extraordinario el acervo de documentos relativos al Antiguo Testamento.

El largo recorrido de los textos sagrados hasta llegar a nosotros es un campo amplio y fértil de pesquisas para los estudiosos. Sin embargo, el que se dedica a esa clase de estudios ha de entender que de ellos nunca pueden estar ausentes los datos de la fe. El especialista que a tales estudios se entrega con preocupaciones meramente científicas, amputa la realidad de una dimensión fundamental. En efecto, ¿cómo puede estudiar una persona, por ejemplo, la caminata de Tobías hasta Ragués de Media a casa de Gabael, los obstáculos del trayecto y las soluciones halladas, sin considerar a Rafael, el ángel que lo guiaba? El “ángel” conductor de la Palabra de Dios es el Espíritu Santo.4 Su acción en la historia de la salvación no puede ser olvidada o menospreciada nunca.

Los manuscritos del mar Muerto

Documentos veterotestamentarios anteriores a la era cristiana son relativamente raros y muy fragmentarios, razón por la cual dirigiremos nuestra especial atención a los textos bíblicos de los primeros siglos del cristianismo. De ellos, los textos más antiguos que poseemos proceden de los siglos III a.C.: el principal es el pequeño papiro de Nash, descubierto en el 1002 en Fayum, Egipto, que contiene citas del Éxodo y del Deuteronomio; y los documentos de Qumrán.

Corría el año de 1947 cuando algunos comerciantes de antigüedades encontraron a la venta, en los mercados de Belén, antiguos manuscritos en papiro, que contenían textos bíblicos y comentarios de los libros sagrados. Destacaban los textos de Isaías. Se descubrió entonces que dichos manuscritos procedían de las cuevas de Qumrán, en las proximidades del mar Muerto. La atención de los especialistas se dirigió hacia este descubrimiento, y las investigaciones y excavaciones se multiplicaron. Entonces se constató que había sido hallado un tesoro arqueológico de inestimable valor.

Ese material se conservó a lo largo de tantos siglos gracias a las condiciones climáticas del lugar donde fue descubierto, porque el papiro se deteriora fácilmente.

“Los textos descubiertos en las cuevas de Qumrán al parecer constituían propiamente la biblioteca de una comunidad que solía denominarse como monjes de Qumrán, oriundos de la secta de los esenios —sacerdotes inconformes con la situación del Templo de Jerusalén—, descritos por Flavio Josefo en [su obra] ‘Antigüedades de los judíos’”.5Esos manuscritos depositados en las cuevas de Qumrán un poco antes de la caída de Jerusalén, en el año 70 de nuestra era, fueron probablemente escondidos por el resto de la comunidad religiosa referida anteriormente, de cara al asedio siempre creciente de los romanos. Se presume que hayan sido copiados entre el siglo III a.C. y el sigloId.C.6 En Qumrán fueron encontradas copias parciales, a veces sólo fragmentos, de todos los libros bíblicos a excepción del Libro de Ester.

La importancia de los manuscritos de Qumrán está, sobre todo, en el hecho de que proporcionan un panorama nuevo a los estudios bíblicos. De hecho, los documentos bíblicos anteriores a los grandes manuscritos medievales eran muy escasos y el texto más antiguo conocido antes de 1947 es el referido papiro de Nash, que no contenía propiamente un texto bíblico completo, sino fragmentos del Pentateuco.7 Se puede calcular el valor documental del acervo arqueológico de Qumrán considerándose que sus documentos son un milenio más antiguos que los grandes manuscritos medievales conservados.

El período de las unciales y el de la escritura cursiva

Trataremos ahora de la escritura de esos libros antiguos, especialmente de los grandes manuscritos medievales a través de los cuales la Biblia ha llegado hasta nosotros. Podemos dividir la historia de los textos antiguos de la Sagrada Escritura en dos períodos: el de la escritura en mayúsculas o uncial, y el de la escritura cursiva.

Al principio, hasta aproximadamente el siglo IX d.C., los textos de las Escrituras eran copiados en caracteres mayúsculos, dibujados por separado, llamados unciales, lo que hacía la escritura demasiado trabajosa. A partir de entonces, se pasó a usar la caligrafía cursiva, con caracteres minúsculos interconectados, como lo hacemos hoy. Este proceso facilitó mucho la tarea de los copistas y nos legó una riquísima colección de miles de textos bíblicos.

El diácono porta el libro de los Evangelios en una Misa solemne en la basílica de Nuestra Señora del Rosario, en Caieiras (Brasil)

Por el momento, nos interesa más el estudio de los unciales por su antigüedad y valor documental y su carácter de fuente de las traducciones modernas de la Sagrada Escritura. Hasta nosotros han llegado alrededor de 30 manuscritos unciales con contenidos más o menos amplios de escritos del Antiguo y del Nuevo Testamento, y en diferentes grados de conservación.

Antes de describir los principales códices unciales, digamos unas palabras sobre la forma de los volúmenes que contienen tales escritos.

Como ya hemos visto antes, en la Antigüedad, los escritos eran guardados en rollos. Con la divulgación más amplia de los pergaminos, difíciles de ser conservados de ese modo, debido a su mayor espesor, sobrevino el descubrimiento de los códices o cuadernos. Como dijimos, este método consistía en doblar en cuatro hojas de papiro o pergamino, formando cuadernos y permitiendo escribir en los dos lados de la hoja, cosa imposible de hacer con los rollos.

Dicho descubrimiento propició gran facilidad en guardar y manipular los libros, y es considerada para esa época como una invención no muy inferior a la de la imprenta en el sigloXV.8El uso del códice también favoreció la evangelización, porque les daba la posibilidad a los misioneros de llevar fácilmente en su equipaje los libros sagrados en un solo volumen, en vez de decenas de rollos.

La Palabra de Dios atravesó los milenios

Esperamos haber ofrecido al lector, interesado por los estudios bíblicos, una breve síntesis del rico y amplio panorama relativo a la historia literaria de la Biblia. En él se revelan con claridad la fe y la fidelidad de tantos hombres que se dedicaron a la sublime tarea de transmitir a las generaciones futuras la Sagrada Escritura.

Se evidencia igualmente el esfuerzo meritorio, a veces heroico, de los copistas entregados a esta labor. Pero, sobre todo, se destaca la acción de la Divina Providencia que ha propiciado misteriosamente que la Palabra de Dios atraviese los milenios y llegue hasta nosotros intacta.

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Los principales códices

El Codex Vaticanus– Se conserva en la Biblioteca Vaticana, lugar del que recibe su nombre. Es quizá el más antiguo de los códices —fechado en el siglo IV—, también es el más importante y precioso por su estado de conservación y valor documental. Contiene todo el Antiguo Testamento a partir de Gn 46, 28 y todo el Nuevo menos Hb 9, 15–13, 25, las cartas pastorales, Flp y Ap.

El Códice Sinaítico– Aunque también está fechado en el siglo IV, sólo fue hallado en el XIX, en el convento de Santa Catalina, en el monte Sinaí, de donde proviene su nombre. Se conserva en la Biblioteca Británica. Contiene todo el Antiguo Testamento con varias lagunas y todo el Nuevo. Es el único que reproduce íntegramente el Nuevo Testamento.

El Códice Alejandrino– Del siglo V, se conserva igualmente en la Biblioteca Británica. Su nombre, probablemente, es una referencia a la ciudad de Alejandría, importante centro de estudios de las Escrituras en la Antigüedad. Contiene todo el Antiguo Testamento con numerosas lagunas, y todo el Nuevo con lagunas en Mt, Jn y 2 Co.

El Codex Ephræmi Rescriptus– Algunos pergaminos que contienen textos de la Sagrada Escritura fueron raspados o reutilizados (rescriptus) para otras finalidades, y este en concreto fue reutilizado con escritos de un cierto Efrén (Ephræmi), de aquí el nombre recibido. Recursos técnicos modernos han permitido extraer el texto bíblico, probablemente del siglo V. Contiene fragmentos del Antiguo Testamento y todo el Nuevo Testamento también muy fragmentado. Se conserva en la Biblioteca Nacional de
París.

Extraído de la revista Heraldos del Evangelio, #127.


1 Por ejemplo, en Rm10, 5.

2 Cf. Is18, 12.

3 Cf. Ex2, 3.

4 Así se expresa el Concilio Vaticano II: “Las verdades reveladas por Dios, que se contienen y manifiestan en la Sagrada Escritura, se consignaron por inspiración del Espíritu Santo” (Dei verbum, n.º11).

5 KONINGS, Johan. A Bíblia nas suas Origens e Hoje. Petrópolis: 2002, Vozes, p.125. Flavio Josefo, historiador israelita del siglo I, autor de la famosa Historia de los Hebreos, cuya primera parte se titula Antigüedades de los judíos.

6 BARRERA, Julio Trebolle. A Bíblia judaica e a Bíblia cristã. 2.ªed. Petrópolis: 1999, Vozes, p.305.

7 Ídem, p.331.

8 Cf. VAN DEN BORN, A., Dicionário Enciclopédico da Bíblia. Petrópolis: 1992, Vozes, v.códice.

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