Aún estoy formándome en la recta doctrina, por eso le estaría muy agradecido si diera respuesta a estas preguntas:

David Cebrián Romero – Vía correo electrónico

«Todo fue creado por y para Jesucristo». Pero leyendo a San Antonio el Grande, he hallado la siguiente frase: «Todo lo que Dios hace, lo hace para el hombre, porque Él es bueno». ¿Cómo se armonizan estas afirmaciones? Parecen contradictorias.

No hay contradicción entre la cita de la Sagrada Escritura y la afirmación de San Antonio, porque los textos se encuentran en contextos diferentes.

Cuando el Apóstol afirma que todo fue creado por Cristo y para Cristo (cf. Col 1, 16), presenta al Verbo encarnado como modelo de la creación y su meta última, la respuesta de amor del Padre a la glorificación que el Hijo le rinde: «El Padre ama al Hijo y todo lo ha puesto en su mano» (Jn 3, 35). Y una vez que la segunda persona de la Santísima Trinidad tomó nuestra carne, la propia humanidad, en su conjunto, fue elevada a un plano superior. San Antonio, por su parte, al parecer desea destacar esa misma bondad de Dios para con el hombre, la cual lleva al salmista a preguntarse: «¿Qué es el hombre para que te acuerdes de él, el ser humano, para mirar por él?» (Sal 8, 5).

En efecto, el Creador confió al hombre toda la tierra, encomendándole la misión de cultivarla (cf. Gén 1, 28-30), como colaborador suyo. Sin embargo, por el misterio de la Redención, fue asociado a la obra divina de manera admirable, como afirma San Pablo: «Completo en mi carne lo que falta a los padecimientos de Cristo, en favor de su cuerpo que es la Iglesia» (Col 1, 24). Así, el cristiano redimido se une por participación a la misión salvífica del Hijo de Dios.

En el catecismo de San Pío X se afirma: «Para que la confesión de pecados veniales sea más segura, es muy prudente acusarse además, con verdadero dolor, de algún pecado más grave de la vida pasada, aunque otras veces se haya confesado». Sin embargo, he leído que el P. Pío reprendía a sus penitentes cuando hacían eso.

El piadoso consejo del catecismo es una sugerencia pastoral, que no se aplica a todos los casos. El confesor puede discernir circunstancias concretas en las que no conviene recordar pecados ya absueltos. Por ejemplo, cuando existe cierta neurosis de culpa o escrúpulo desequilibrado. El escrúpulo, comentaba San Ignacio de Loyola (cf. Ejercicios Espirituales, n.º 348), puede ser útil para principiantes, pero sin duda es perjudicial para los más avanzados en la vida espiritual.

Por otro lado, hay determinados casos en los que conviene repetir confesiones anteriores para mayor humillación de la propia alma, para purgar aún más los vestigios del pecadoreliquiæ peccati—, porque en el alma permanecen ciertas inclinaciones generadas por el pecado, incluso después de la confesión; o también cuando uno se da cuenta de que no ha confesado con total sinceridad, por ejemplo, ocultando alguna circunstancia agravante.

El escrúpulo excesivo no es bueno, y era contra esto que advertía San Pío de Pietrelcina; sin embargo, tampoco se puede caer en la falta de escrúpulos o en el laxismo, que causan graves daños al alma y pueden conducir a la tibieza moral e incluso a la impenitencia final.

Cabe recordar también que la virtud moral se halla entre dos extremos. Por ejemplo, entre la gula y el hastío se encuentra el equilibrio de quien se alimenta con templanza. ◊