7 de junio – X Domingo del Tiempo Ordinario
(en México y República Dominicana)

Los evangelios sinópticos describen con objetividad la conversión de Mateo. San Lucas y San Marcos, por deferencia, se refieren a Leví, mientras que el propio Mateo escribe sobre sí mismo: «Jesús vio a un hombre llamado Mateo sentado al mostrador de los impuestos» (9, 9). ¿Por qué «un hombre»? Porque, al ser verdaderamente hombre, era verdaderamente pecador, comenta Santo Tomás de Aquino.1 Ahora bien, este recurso literario fue utilizado por el evangelista para manifestar que nadie debe desesperar de la salvación.2

Además, el evangelio de Mateo deja entrever, por la contigüidad de los episodios, que su autor se levantó y siguió a Cristo porque antes había sido preparado por la gracia al presenciar la curación del paralítico (cf. Mt 9, 1-8), cuya narración precede al texto de la liturgia de hoy. La gracia es misteriosa por naturaleza, y el Espíritu sopla cuando y donde quiere… El divino Escultor espera el momento preciso para moldear las almas.

Con ocasión de aquel milagro, Jesús cruzó el mar en barca y «fue a su ciudad» (Mt 9, 1), es decir, Cafarnaúm, donde residía desde que había salido de Nazaret (cf. Mt 4, 13). Ahora bien, en esos lugares junto a la orilla había puestos aduaneros y es posible que Leví estuviera allí cuando le llevaron un paralítico al Señor para que lo curara.

El evangelista menciona que, en atención a la fe de los circunstantes, el Redentor perdonó los pecados del paralítico y le concedió la curación: «Ponte en pie, coge tu camilla y vete a tu casa» (Mt 9, 6).

La multitud «quedó sobrecogida y alababa a Dios» (Mt 9, 8). ¡Cuánta admiración debió haber suscitado en el alma de Mateo ese episodio, hasta entonces oprimida por el rechazo de la sociedad judía para con su oficio! De hecho, ¡qué maravilla observar la munificencia de Jesús al perdonar al paralítico, incluso antes de que este le suplicara el perdón!

Libre de toda envidia por la gracia fraterna e embriagado por el anhelo de acercarse al Señor para ser también perdonado, aquel recaudador de impuestos sin duda se sorprendió al advertir que el Maestro caminaba hacia él. Cuando oyó salir de los divinos labios el mandato: «Sígueme», fue llevado por una gracia eficaz a dejarlo todo de inmediato, como añade San Lucas (cf. Lc 5, 28).

Al observar los beneficios divinos en relación con los demás, el alma humana se vuelve más capaz de abrirse a otras dádivas que vienen de lo alto. Es habitual, en el orden de la gracia, que haya conversiones previas imperfectas que preparen el corazón para una perfecta conversión.3 Así ocurrió con el publicano Leví, llamado después de otros apóstoles y tras varias señales; era necesario esperar el momento propicio para que obedeciera sin reservas la voz de Cristo.

Siguiendo el ejemplo de San Mateo, debemos estar atentos a las manifestaciones de la gracia en el alma del prójimo, seguros de que ese mismo torrente de maravillas puede descender sobre nosotros para suscitar una nueva conversión. Que también nosotros lo dejemos todo y sigamos al divino Maestro cuando Él nos llame. ◊

Notas


1 Cf. Santo Tomás de Aquino. In Matthaeum, c. ix, lect. 2, n.º 756.

2 Cf. San Jerónimo. Commentariorum in Matheum. L. I, c. 9: CCL 77, 55.

3 Cf. Santo Tomás de Aquino. Suma Teológica. I-II, q. 114, a. 10.